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Estamos viviendo el ocaso del Estado nación

Convivimos con una nueva forma de totalitarismo más insidioso y escurridizo, escribe en ‘Tecnofascismo’ la filósofa italiana Donatella Di Cesare, del que ‘Ideas’ adelanta un extracto. Denuncia que redes transnacionales sofisticadas gobiernan sin necesidad de aparatos estatales

Reunión de gobernadores de bancos centrales y de ministros del G7, en Banff, Canadá, el 21 de mayo de 2025. Kay Nietfeld ( dpa Picture Alliance / Contacto )

De acuerdo con el relato acerca del nuevo choque de civilizaciones que se viene promoviendo en los últimos tiempos, las democracias están siendo víctimas de un violento ataque. Igual que en el modelo anterior, en el que se confrontaban dos bloques monolíticos (Occidente y el Islam), una profunda brecha vuelve a dividir el mundo en dos bandos: los países democráticos y los regímenes autocráticos. Así pues, aquí no estaríamos hablando ni de una rivalidad en lo geopolítico ni de una competencia en lo económico, sino de la “civilización”. El enfrentamiento adquiere dimensiones temporales indeterminadas y contornos espaciales cósmicos: a un lado, el Bien; al otro, el Mal.

Los teóricos de este nuevo choque consideran que todo esfuerzo por exportar la democracia occidental, como se intentó llevar a cabo en el pasado, es en vano. Lo que hay que hacer, más bien, es prepararse para defenderla con las armas. Dentro de esta categoría entrarían los autócratas, herederos e imitadores de los regímenes totalitarios —desde Hitler hasta Stalin—, los únicos y verdaderos culpables de la crisis que atenaza a la democracia. La madre de todas las autocracias sería la Rusia de Putin, pero el área afectada se extiende desde China hasta Venezuela y abarca unos treinta Estados canallas. En cambio, se hace la vista gorda ante esos regímenes híbridos que, desde Turquía hasta Hungría, se engloban en el bloque occidental. De una manera más o menos tácita, se transmite la idea de que todo depende de una ofensiva externa.

Se habla de un asedio permanente, en el que las amenazas proceden única y exclusivamente de fuera y están ligadas, según los casos, a autócratas, a enemigos de la patria, a extranjeros, a migrantes o a terroristas. De ese modo se alimenta una profunda sensación de inseguridad y se alienta a exigir una protección absoluta e incondicional para los ciudadanos que residen dentro de las fronteras. Cueste lo que cueste.

El problema es que la realidad es muy distinta. Las fuerzas que socavan la democracia se encuentran también, y sobre todo, dentro de ella. Los protagonistas del nuevo totalitarismo hacia el que el mundo parece dirigirse son precisamente las élites occidentales, y lo son por infinidad de motivos. Estas élites, incapaces de asumir la responsabilidad por lo ocurrido en el pasado —desde el saqueo colonialista hasta las dos guerras mundiales—, se muestran incluso decididas a reivindicar su hegemonía reclamando más recursos y atribuyéndose más derechos. Sin preocuparse por el empobrecimiento en el que hunden al resto del planeta, agravan las desigualdades, cada vez más hondas en todas partes. Sin inmutarse ante las vidas sacrificadas en las fronteras, están dispuestas a fomentar el odio contra esos “superfluos” que, huyendo de un destino de privaciones y de muerte, se amontonan alrededor de la “zona de confort”. Todo con tal de mantenerse al mando. Es así como ejercen el poder, casi como si lo hicieran a su pesar, fingiendo que no se percatan de que están vaciando sistemáticamente la democracia.

La guerra entre Rusia y Ucrania, que estalló el 24 de febrero de 2022 y que se ha narrado como la primera fase del nuevo choque de civilizaciones, constituye un giro histórico, en sentido literal: hemos entrado en una época histórica inédita y desconocida. Ya no cabe considerarla como un mero episodio de la “tercera guerra mundial por entregas”, debido a su derivada política: la aparición —cien años después del advenimiento del fascismo— de una forma de totalitarismo que, a diferencia de lo que ocurría en el siglo XX, ahora se muestra más insidioso y taimado, más difuso y escurridizo. Este conflicto europeo, que no es la consecuencia de un desencuentro entre las civilizaciones, sino de un encuentro sumamente útil, es un detonante capaz de arrojar luz sobre una serie de nexos explosivos. La alianza entre los directores de las grandes empresas armamentísticas, los representantes de las jerarquías militares y la clase política no es más que el aspecto más traicionero de un capitalismo que compromete, consume y devasta las democracias, a las que empuja a convertirse en las principales accionistas del mercado de la guerra, convenciéndolas de que eso les permitirá asegurar su bienestar y hacerse, además, con unos beneficios adicionales. A la manera de los monarcas absolutistas del pasado, aunque disponiendo ahora de una nueva concentración de medios tecnológicos y financieros, así como de devastadoras armas nucleares, las élites occidentales han decidido declarar la guerra sin solicitar permiso en ningún momento a los ciudadanos y pisoteando incluso sus anhelos de paz.

La deslocalización de los centros del poder

En las últimas décadas, la globalización neoliberal y la financiarización del capital han deslocalizado los centros del poder real hacia lugares que ya no están al alcance de los ciudadanos ni de las comunidades históricamente constituidas. De ese modo se han formado redes transnacionales cada vez más sofisticadas y fluidas, que gobiernan sin necesidad de aparatos estatales e institucionales. De hecho, esta es la causa del ocaso del Estado nación, anunciado desde hace tiempo y que a estas alturas parece ya irreversible.

Dentro de esas redes que ciñen el mundo, incluso en el plano simbólico, ha surgido una élite de las élites —para entenderlo, basta con que mencionemos el nombre de Elon Musk— que concentra en sus manos una cantidad cada vez mayor de recursos que, según defiende, tiene pleno derecho a utilizar en su propio beneficio. La ceremonia de la toma de posesión del nuevo presidente estadounidense, en la que los líderes de las empresas tecnológicas internacionales, como Amazon, Apple, OpenAI, Google o Meta (o Facebook en su momento), ocuparon la primera fila desempeñando un ambiguo papel, ilustra de una manera nítida el poderío de esta nueva élite tecnocrática.

Sin embargo, esta élite que destituye gobiernos representativos mientras ejerce un amplio poder a través de múltiples formas de gobernanza de los administradores y los técnicos, es tan solo una de las caras del nuevo totalitarismo. Si la observamos con detenimiento, nos daremos cuenta de que es un Jano bifronte. Por eso seríamos unos miopes y unos reduccionistas si no contemplásemos el otro rostro o, mejor dicho, si no considerásemos ambas caras en su sinergia. De hecho, esta élite muestra una peculiar capacidad para conciliar la dimensión global y la dimensión local del poder. Las grandes redes, asépticas y anónimas, solo pueden mantenerse firmes si se apoyan en un imaginario arcaico.

La gestión de los pueblos, despojados de todo kratos y sumidos en el resentimiento y en el miedo, se basa en criterios de consanguinidad, de parentesco, aunque sea de carácter ilusorio. Lo que sirve aquí de aglutinante es el nacionalismo, que ahora adopta nuevas formas y que, como siempre, pue de jactarse de poseer sólidas raíces populares. La nación se presenta así como una gran familia que puede proporcionar a sus miembros la protección que necesitan y garantizarles la inmunidad. Hay quienes afirman que estamos volviendo al feudalismo, pero lo cierto es que este concepto no recoge del todo lo novedoso de esta gestión. Para referirnos a los grupos locales de soberanía que mitigan los efectos generados por el torbellino de las redes globales podríamos emplear más bien la palabra clan, aunque este término, por adecuado que sea, parece demasiado ligado al ámbito del crimen organizado (donde se habla a menudo de “clanes familiares”), un ámbito que, por cierto, estableció en su momento un modelo que se adelantó a su tiempo. La tendencia tecnocrática y la tendencia etnocrática, aparentemente antitéticas, se combinan a la perfección en un inquietante proceso

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