Pakistán y el nuevo Oriente Próximo
Un compromiso de paz consolidaría la posición del país asiático como potencia bisagra, capaz de hablar con Washington y Teherán, con Riad y Pekín, sin pertenecer del todo a ningún bando


Arabia Saudí ha invocado el Acuerdo Estratégico de Defensa Mutua (SMDA por sus siglas en inglés) ratificado con Islamabad en septiembre del año pasado, y en consecuencia un contingente de 13.000 soldados y aviones cazas paquistaníes han llegado al Golfo Pérsico, estacionados a 60 kilómetros del terminal petrolífero de Ras Tanura, dentro del radio de alcance de los misiles iraníes. Es el primer despliegue bajo el nuevo pacto, y sitúa a Pakistán en el centro de la crisis.
En las pasadas semanas, Pakistán ha emergido como protagonista inesperado y mediador en los intentos de alcanzar un compromiso de paz entre Estados Unidos e Irán. Ante esta grave coyuntura, el establishment paquistaní ha demostrado, una vez más, su capacidad para maniobrar y aprovechar las oportunidades que brindan las turbulencias internacionales, en una suerte de reinvención perpetua que le permite remontar el vuelo cuando todo apuntaba a su declive. Ocurrió en 2001, cuando los atentados del 11-S lo posicionaron como aliado indispensable en la Guerra contra el Terror. Ocurrió el año pasado, con la victoria de Trump. El año 2025 fue, en ese sentido, un buen año.
Este giro de la fortuna comenzó con el acercamiento a Washington. Islamabad leyó con precisión el carácter transaccional de la Administración de Trump y se alineó con sus intereses, ofreciendo lisonjas, minerales estratégicos, cooperación contra el ISIS-K e inversiones ligadas a las criptomonedas, activo predilecto del entorno familiar del presidente. En un gesto de contorsionismo geopolítico llegó incluso a ofrecer un puerto en el Mar Arábigo, en Baluchistán, próximo al enclave chino de Gwadar y a la frontera iraní. La retribución no se hizo esperar: una rebaja arancelaria al 19% —la menos gravosa del sur de Asia— y la designación del Ejército de Liberación de Baluchistán como organización terrorista extranjera.
Otro éxito fue la firma del tratado de seguridad con Arabia Saudí. El comunicado conjunto estipula que “cualquier agresión contra cualquiera de los dos países será considerada una agresión contra ambos”, haciéndose eco del artículo 5 de la OTAN, lo que ha generado toda clase de especulaciones, empezando por el hecho de que Pakistán es el único país del mundo islámico con capacidad nuclear militar. La declaración es deliberadamente ambigua: no menciona armas nucleares ni transferencia de tecnología, lo que no descarta que Pakistán extienda su paraguas nuclear a Arabia Saudí. Durante los años 80, el reino saudí financió el incipiente programa nuclear paquistaní, en parte como respuesta a las ambiciones atómicas de Irán. El SMDA actual consolida, más que inaugura, una asociación estratégica que viene fraguándose desde esa década. Un ejército de más de 600.000 efectivos puede ofrecer a Riad lo que necesita: potencial demográfico.
El convenio revela que Riad ha emprendido una diversificación de sus alianzas, reduciendo su dependencia histórica de Washington y apuntando a una arquitectura de disuasión colectiva al margen de la tutela norteamericana. Sin embargo, adolece de una asimetría de base: mientras Pakistán adquiere obligaciones de despliegue militar, Arabia Saudí no contrae ningún compromiso equivalente. Su reciprocidad opera en los términos que más necesita su socio: oxígeno para una economía maltrecha. No es la primera vez que Pakistán intercambia seguridad por recursos económicos. Con anterioridad se ha beneficiado del patrocinio de las grandes potencias —aliado de Washington durante la Guerra Fría, actor en primera línea de la yihad antisoviética de los 80 y, a día de hoy, dependiente de Pekín—. Una capacidad de adaptación que constituye un valioso capital y, a la vez, su principal vulnerabilidad.
Este dinamismo internacional contrasta con un panorama interior convulso. El país profundiza en la deriva autoritaria, signo de los tiempos que corren. Una enmienda constitucional ha concedido inmunidad legal de por vida al Jefe del Ejército, el Mariscal Munir, que acumula poder como ningún militar paquistaní antes que él. En paralelo se estrecha el control de las redes sociales, y el poder judicial pierde independencia.
Islamabad debe gestionar simultáneamente su alianza con Riad y su vecindad con Teherán, su amistad con Washington y su dependencia de Pekín. La habilidad paquistaní para navegar entre potencias rivales ha sido hasta ahora un atributo importante. No siempre, sin embargo, le ha salido bien la jugada. El mayor fracaso de su política exterior sigue siendo Afganistán: el país gobernado por los talibanes no es el vecino manejable que Islamabad creyó poder moldear, sino una fuente sostenida de inestabilidad que escapa a su control.
De ahí que la apuesta por la mediación en la guerra de Irán sea algo más que una maniobra diplomática: es una necesidad existencial. Un compromiso de paz consolidaría la posición de Pakistán como potencia bisagra, capaz de hablar con Washington y Teherán, con Riad y Pekín, sin pertenecer del todo a ninguno de los bandos. Si la mediación fracasa, Islamabad se encontrará atrapado entre sus compromisos con Arabia Saudí y su frontera de 900 kilómetros con Irán. El Mariscal Munir habrá desplegado tropas en el radio de alcance de los misiles iraníes sin haber logrado detenerlos. Y Pakistán se arriesgará a estar más expuesto que antes de la guerra.
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