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tribuna

La inhumanidad: el invento más perdurable del ser humano

Al final, privar al otro de su condición implica privarse también a uno mismo

Varias personas caminan entre los escombros de edificios destruidos, esta semana en Beirut. Edgar Gutiérrez (EFE)

La inhumanidad, ese viejo fantasma que la filosofía ha tratado de exorcizar desde Platón, sigue ahí, tan viva como siempre, quizá más humana que el propio hombre y hasta podría considerarse su invento más perdurable. Lo inhumano no procede de las bestias ni de las máquinas: es la conciencia refinada que ha aprendido a justificarse. Los filósofos lo sabían, cada uno a su manera: lo inhumano no es lo otro del hombre, sino su verdad más íntima y de la que prefiere apartar los ojos.

Nietzsche no los apartó, si bien a condición de afirmar que la inhumanidad es una forma superior de higiene espiritual. La compasión, esa invención de los débiles, debía ser purgada del alma moderna, decía tras arrojar a Dios por la ventana y redecorar el universo con estrellas recién creadas por él mismo. Lo inhumano, en Nietzsche, no es monstruoso: es una especie de frescura. El superhombre no odia al otro, simplemente no lo necesita. El dolor ajeno no lo conmueve porque ha aprendido a admirar el suyo propio. Lo verdaderamente inhumano, para Nietzsche, sería seguir gimiendo bajo el peso de una moral enferma y espectral. En su mundo no hay víctimas, sólo jugadores que apuestan fuerte en la ruleta de la historia. Lo inquietante de ese juego de casino cósmico es que desaparece el otro y sólo queda el eco de una risa resonando en el abismo.

Heidegger, más sombrío, cambia el júbilo por la meditación. Él no canta la inhumanidad, la piensa. Según su diagnóstico, el hombre moderno ya no es el centro del mundo, sino su gerente de recursos. La técnica lo ha convertido en algo perfectamente reemplazable: un instrumento entre instrumentos. Es la era del “fondo disponible”, donde todo: montañas, animales, personas, se mide en términos de utilidad. Pero Heidegger no se alarma demasiado: lo inhumano, dice, también pertenece al Ser y en los Cuadernos negros sugiere que hemos de pensar el Ser fuera de lo humano. Lo importante para él sería escuchar al Ser y habitar con él poéticamente la tierra. Una tarea que se presenta cada vez más improbable con el futuro que nos espera.

Lévinas irrumpe más tarde como un profeta moral. Donde Nietzsche quiere destruir la compasión y Heidegger contemplar el abismo, Lévinas exige responsabilidad. No metafísica, no estética: responsabilidad inmediata, incómoda, visceral. Su idea del rostro del otro es contundente y explícita. El rostro del otro me dice “no matarás”, incluso cuando no he pensado hacerlo. Es la presencia del otro la que me constituye, me limita, me acusa. Lo inhumano no es la crueldad sino la indiferencia. Basta con mirar al otro y no verlo. El infierno ya no son los demás, como decía un Sartre mal citado; el infierno es la comodidad con la que dejamos de verlos.

Buber, más conciliador, intenta salvar algo de humanidad a través del diálogo. En su célebre Yo y Tú, propone que el hombre sólo se vuelve humano cuando dice “Tú”. La inhumanidad no es una crueldad activa, es una distracción. El hombre moderno no mata al otro; simplemente lo convierte en información vacía. Frente a la soledad cósmica de Nietzsche y Heidegger, Buber insiste en que la salvación está en abordar con dignidad al otro.

Derrida, por su parte, desconfía incluso de esa relación binaria y sospecha que la humanidad necesita la inhumanidad tanto como la razón necesita sus errores. Toda definición de “lo humano” implica una frontera: dentro, nosotros; fuera, los otros: los animales, los bárbaros, los autómatas. Frente a ese proceder, Derrida formula su moral de la imposibilidad, basada en perdonar lo imperdonable, ejercer una hospitalidad sin garantías y disolver la frontera entre hombres, animales y máquinas.

Más próximo a Buber que a otros, José Antonio Marina, nos recuerda que la inhumanidad tiene un expediente histórico y un comportamiento documentado, que muestra cómo el hombre ha perfeccionado el arte de olvidar el dolor ajeno. La inhumanidad no nace de la maldad, sino de la pereza ética. No somos monstruos, asegura, sólo distraídos, como decía también Buber. La inteligencia humana se vuelve inhumana cuando se divorcia de la compasión.

Antes que algunos de los filósofos citados, Ortega y Gasset había dicho que “el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, pero que el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse”, y por lo tanto en riego permanente de caer en la inhumanidad. También Marina dedica páginas excelentes al concepto de deshumanización. Y es que si bien la inhumanidad sería la ausencia de sensibilidad hacia el otro, se llega a ella a través de la deshumanización de uno mismo y del otro.

Al final, privar al otro de su condición humana implica privarse también a uno mismo de humanidad. De esa manera, un mundo que tiende a deshumanizarse como el actual sería el campo más abonado para instaurar la inhumanidad, que ahora tendería a ser global: el planeta convertido en un infierno donde todos se regodearían en una orgía incesante de estupidez, trivialidad, deshumanización e inhumanidad.

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