La República como promesa
La intensa vida cultural de los años veinte del siglo pasado llenó de expectativas el futuro de España; hoy la sociedad parece mustia


Hace unos días, el 14 de abril, se cumplieron 95 años de la llegada de la Segunda República a España. Se suele contar la historia colocando aquel periodo que empezó entonces como la antesala de la Guerra Civil cuando acaso sea más importante entenderlo como la culminación de lo que se estaba cocinando en la década anterior y que el golpe de los militares y la dictadura posterior vino a interrumpir. La década de los veinte fue un tiempo de crisis profunda. En las dos direcciones que suele activar cualquier crisis. Como un momento de abatimiento y confusión y caos, pero también como una época en la que se produjeron deslumbrantes estallidos de creación cultural y científica y donde se desencadenó un enorme caudal de ideas, proyectos y descubrimientos. Todo podía irse al traste, y todo era posible. Al mismo tiempo.
Hubo tensiones, y una gran intensidad en la vida privada y en la pública. Nuevas maneras de relacionarse, nuevos mitos, la irrupción de inquietantes liderazgos, un agitado y permanente revuelo en las calles. En España y, a pesar de la dictadura de Primo de Rivera desde 1923, convivían tres generaciones de literatos y pensadores, la del 98, la del 14 y la del 27, y encontraron la manera de dar rienda suelta a sus obsesiones y propuestas. Por lo que toca a la sociedad, la atmósfera que impregnaba el día a día estaba contagiada de una fiebre por cambiar las cosas. Un hilo eléctrico la recorría con una indomable energía y sus descargas iluminaban un porvenir donde sería posible reducir las injusticias, tener una parcela de tierra para cultivar o encontrar un trabajo digno, salir del analfabetismo, acceder a una educación decente, poder tratar con un médico que te curara las dolencias, conquistar mayores libertades y que las mujeres pudieran emanciparse y votar, una mayor descentralización, librarse de la tutela del ejército, hablar tu propia lengua, etcétera. La República se convirtió así en una promesa y, cuando llegó, sus políticos se aplicaron a poner en marcha una catarata de reformas. Surgieron muchas resistencias.
En su autobiografía, Vida en claro —incluida en Memoria (El Colegio de México / Residencia de Estudiantes)—, el poeta y artista José Moreno Villa no esconde su fascinación al hablar de aquellos años, a esas dos décadas cuyos avances y logros fueron triturados tras la victoria de Franco, y escribe al tratar de sus amigos: “Hay un rumor renacentista que los mantiene en vilo”. Comenta que, en Madrid, “todo tenía un aire de juego”, y afirma: “Lo que más me interesa es dejar sentado que la nueva generación irrumpía sin miedo, en franca algarabía, y que la tensión de la vida literaria de entonces era muy fuerte”. Y señala que en esos días “surgió también el calificativo de putrefacto para todo personaje que comenzaba a oler a rancio”; fue lo que se impuso tras el 1 de abril de 1939, la putrefacción.
Los tiempos de hoy son también tiempos de crisis, como en los veinte. Algo está cambiando, hay una fractura radical con cuanto resultaba familiar hasta hace poco. Pero no se vislumbra ningún horizonte despejado tras estos momentos tormentosos, no hay ninguna promesa a la que agarrarse. Y tampoco hay tensión, las sociedades parecen mustias, nada las sacude. Mucho ruido, sí, declaraciones altisonantes que despiertan más sospechas que certidumbres; flota un vacío en el ambiente. Conviene, sin embargo, no ser pesimistas. Solo hace falta sacar el catalejo para descubrir a esas nuevas generaciones que volverán a pisar con fuerza contra tanta desidia y autoritarismo.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































