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tribuna

Ante la eventualidad de que Vox llegue al Gobierno

La posibilidad de que el PSOE preste su apoyo a una investidura del PP en solitario merece debatirse

Eulogia Merle

En las tres últimas elecciones autonómicas (en Extremadura, Aragón y Castilla y León), los diputados de las derechas (PP y Vox) han sumado mayoría absoluta. Por supuesto, estos resultados no se pueden extrapolar mecánicamente a lo que podría suceder en unas elecciones generales. Pero debe recordarse que, desde hace un tiempo, todas las encuestas dan una cómoda mayoría absoluta a PP-Vox en el Congreso. Las cosas podrían cambiar, como de hecho cambiaron en la campaña electoral de 2023. No cabe descartar, pues, que se invierta la tendencia, sobre todo si las izquierdas alternativas consiguen movilizar a su electorado. En cualquier caso, sería absurdo negarse a contemplar la posibilidad de la mayoría de derechas.

Sobre esta posibilidad escribí hace unos meses, en septiembre de 2025, en el que seguramente haya sido el artículo que más desacuerdo e incomprensión ha suscitado de todos los que he escrito en los últimos años. En aquel texto, planteaba la necesidad de comenzar a debatir qué podría suceder si PP y Vox consiguiesen más de 175 diputados en las próximas elecciones generales. Sugerí que en esas circunstancias tendría sentido que los partidos progresistas, y especialmente el PSOE, por ser la fuerza mayoritaria, permitiera gobernar al PP sin tener que negociar el apoyo de Vox.

Como ha pasado tiempo y la eventualidad que entonces planteaba sigue siendo probable, me gustaría volver sobre este asunto. Conviene aclarar que lo que estoy planteando no tiene que ver con la situación de 2016, cuando el PSOE optó por abstenerse para facilitar la investidura de Mariano Rajoy. En 2016, había un bloque mayoritario muy similar al que votó a favor de Pedro Sánchez en 2023. El PSOE, sin embargo, prefirió permitir que Rajoy siguiera gobernando. A mi juicio, aquello fue un error político descomunal. Entre otras cosas, si hubiera habido un entendimiento entre las izquierdas y los nacionalismos en 2016, es muy probable que la crisis catalana de 2017 no hubiese llegado tan lejos. Lo que ahora pongo sobre la mesa es distinto, pues el análisis parte del supuesto de que las derechas obtienen una mayoría absoluta y no hay, por tanto, mayoría alternativa.

Mucha gente piensa que si, llegado el caso, el PSOE facilitara la formación de un Gobierno del PP en minoría sería una catástrofe electoral para los socialistas. Sus votantes no se lo perdonarían, y el partido volvería a entrar en la fase de depresión y desorientación que se vivió tras la expulsión de Sánchez como secretario general en 2016. Yo no estoy tan seguro de que esta interpretación sea correcta. Si el PSOE, con el apoyo de otros partidos, explicase a la ciudadanía que ha decidido dar un paso para proteger a los españoles y a su sistema democrático de los riesgos que supone que la extrema derecha llegue al Gobierno, mucha gente lo entendería. A diferencia de una gran coalición, en la que podría darse la impresión de que los dos grandes partidos se ponen de acuerdo para salvarse del desgaste que sufren, lo que aquí se plantea es que el PSOE, en un gesto de responsabilidad, ponga los medios para evitar que Vox llegue al Ejecutivo.

En este sentido, es útil repasar los datos del barómetro de marzo de 40dB. Preguntados los ciudadanos si el PSOE debería facilitar un Gobierno en solitario del PP en caso de que los populares y Vox obtuvieran mayoría absoluta, el 32% se mostró de acuerdo con la abstención del PSOE y el 25%, con un voto favorable. Lo curioso es que esos porcentajes son aún mayores entre los votantes de izquierdas: 37% a favor de la abstención y 29% a favor de votar sí. Se trata de una mayoría muy amplia, del 66% del electorado progresista.

En realidad, el problema no estriba en que la sociedad española no esté madura para esta posible solución, ni que sea electoralmente dañina para el PSOE. Más bien, la mayor dificultad consiste en que resulta extraordinariamente difícil propiciar las condiciones políticas para que un arreglo de esta naturaleza funcione. Se requiere un mínimo reconocimiento entre el PP y el PSOE si de verdad se busca cerrar el paso a Vox. Algo así no se puede improvisar sobre la marcha. Si se hace de forma sobrevenida, en el último momento, no tendrá eficacia.

El problema es que estamos cada vez más lejos de ese reconocimiento mutuo. Por un lado, el PP no ha querido desmarcarse de Vox. De hecho, parece sentirse bastante cómodo colaborando con un partido que niega el pluralismo político y pretende restringir derechos de minorías. Es Vox el que pone más pegas a la colaboración con los populares, no al revés. Supongo que el hecho de que los fundadores de Vox fueran antiguos dirigentes del PP pesa mucho. Y que los orígenes del PP se remonten a la Alianza Popular de Manuel Fraga, también. Por otro lado, las izquierdas parecen bastante cómodas tratando de movilizar a los suyos recurriendo a la amenaza de Vox. Es uno de sus principales reclamos electorales.

Puesto que el PP muestra una querencia natural por Vox y el PSOE tiene incentivos para explotar el miedo lógico a un Gobierno de las derechas, ninguno de los dos partidos realiza un mínimo esfuerzo para establecer un clima de entendimiento que posibilite un acuerdo como el apuntado. En mi opinión, la principal responsabilidad recae sobre el PP. Si el PP quisiera de verdad evitar a Vox, tendría que explicarlo y, sobre todo, debería rebajar la deslegitimación constante de su rival socialista. Lo que no tiene sentido es que el PP utilice un estilo apocalíptico de oposición y luego aspire a que el PSOE le saque las castañas del fuego. Además, el PP no puede pretender que el apoyo procedente de las izquierdas sea un cheque en blanco. Sería necesario fijar algunas prioridades y algunas líneas rojas y, sobre todo, que el PP ofreciera garantías de que, una vez en el Gobierno, no va a cambiar de criterio ventajistamente y girar hacia Vox.

Podría también suceder que el PSOE ofreciera su buena disposición a ayudar, y el PP hiciera oídos sordos. Incluso en ese caso, los socialistas podrían utilizar el desplante para mostrar a la ciudadanía la mala fe de los populares y la irresponsabilidad de echarse en brazos de la extrema derecha.

A la vista de la evolución de la política española en estos últimos años, no soy demasiado optimista. Se han perdido demasiadas oportunidades. Se podían haber ensayado mecanismos de cooperación a nivel municipal y autonómico para dejar a Vox fuera de los gobiernos locales y regionales, pero se ha hecho todo lo contrario. Algunos lo justifican alegando que la mejor manera de desactivar a Vox consiste en que pase por la experiencia de gobierno y se desgaste rápidamente. Podría ser, nadie puede tener certezas al respecto, pero es una apuesta arriesgada que no tiene en cuenta el daño que podría causar el partido ultra en los colectivos más vulnerables.

Quizá las izquierdas inicien la recuperación electoral ahora que nos vamos aproximando al fin de la legislatura y no se produzca al final la mayoría PP-Vox. Con todo, creo que, como sociedad, no podemos rehuir un debate abierto y franco sobre los beneficios e inconvenientes de que entre en el Gobierno de España un partido de corte autoritario.

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