Irán recupera capacidad disuasiva
Aunque está contra las cuerdas, el régimen ha conseguido absorber el enorme revés del descabezamiento de su cúpula y la destrucción del armamento, instalaciones e infraestructuras militares y policiales


Esta guerra que iba a durar dos o tres días entra ahora en su cuarta semana. Arrancó con un ritmo impropio de una guerra corta. Como en Ucrania, una vez quedó claro que el primer y formidable golpe no obtenía la caída del régimen, empezó la escalada o ascenso a los extremos que caracteriza a toda guerra clásica. Cuando se llega a tal subasta violenta, la contienda se prolonga e intensifica hasta que uno de los bandos empieza a agotar su voluntad de combate y se propone alcanzar un alto el fuego.
La guerra tiene una dinámica propia. Nada tan difícil como pararla cuando rueda sola. De atender a las últimas declaraciones de Trump, dirigidas a calmar los mercados energéticos, ahora podría ser el momento. Con el bloqueo de Ormuz y los ataques a los yacimientos e instalaciones petrolíferas y gasísticas, la intensidad de la guerra económica global se ha convertido en insoportable, también para Estados Unidos. Lo era ya para todos sus aliados, excepto Israel, y especialmente para las monarquías petrolíferas del Golfo, pero Trump seguía en sus trece, en busca de la victoria rápida, hasta asustarse ante las nefastas consecuencias que se esperan para la economía de su país en año electoral.
Está por ver que ahora consiga tomar el control político de una contienda que Netanyahu ha desencadenado y conducido a su gusto desde el primer día, cuando arrastró a Estados Unidos al ataque para descabezar al régimen, luego cuando liquidó a dirigentes iraníes con capacidad de interlocución como Ali Lariyaní y finalmente cuando ha abierto la caja de los truenos de la energía con el ataque a los campos gasísticos iraníes. De las abundantes y contradictorias declaraciones de Trump puede deducirse cualquier cosa y la contraria: que está a punto de cantar victoria o que los marines van a desembarcar en las islas de la costa iraní para abrir Ormuz al tráfico marítimo.
Esta guerra contra Irán es una hija legítima de Netanyahu, concebida desde hace al menos tres décadas. A su acción como primer ministro se debe la obturación de todas las aperturas diplomáticas hacia el país persa, especialmente el acuerdo de limitación nuclear promovido por Obama en 2015 y roto por Trump en 2018. Ambos países se reconocen mutuamente como una amenaza existencial, pero nadie como Netanyahu ha trabajado con tanta eficacia para llegar a la guerra abierta, incomprensible sin el auxilio proporcionado por Trump.
Israel es el “aliado modelo” según la Estrategia Nacional de Defensa trumpista y Trump el “presidente más pro Israel de la historia moderna de Estados Unidos” según Netanyahu. A pesar de tanta compenetración, sus intereses difieren en cuanto a duración de la guerra y objetivos. Trump nunca ha conseguido fijar un propósito político comprensible para los ciudadanos, carece del apoyo de su opinión pública y desea pasar página para dedicarse a otras cosas, probablemente Cuba. Netanyahu, en cambio, contando con la opinión a favor de los israelíes, quiere alargarla hasta conseguir la caída del régimen y ensanchar su hegemonía militar sobre la región.
Netanyahu comparte su radicalismo belicista con los halcones iraníes, dispuestos a seguir la guerra hasta alcanzar un alto el fuego y la supervivencia que les permita cantar victoria. Es una ironía, o quizás un guiño de complicidad motivado por las turbulencias en las bolsas y los mercados de la energía, que Trump haya relajado las sanciones sobre el petróleo ruso e iraní, como si ya estuviera adelantando el tipo de paz que tiene en mente para ambos regímenes.
Con el bloqueo de Ormuz y la escalada de la guerra energética, Irán demuestra que mantiene una cierta capacidad disuasiva. Aunque está contra las cuerdas, ha conseguido absorber el enorme revés del descabezamiento de su cúpula y la destrucción del armamento, instalaciones e infraestructuras militares y policiales. No ha perdido el control del país, como ha demostrado con los salvajes ahorcamientos en grúas de tres manifestantes, ni la capacidad intimidatoria que le daba su programa nuclear, pues con pocos misiles dirigidos a objetivos escogidos consigue sembrar el pánico entre los países vecinos, desencadena una crisis energética y enarbola el espantajo de la recesión global.
La desescalada que sugieren las palabras de Trump ni siquiera ha empezado. La guerra pinta para largo. Vista la correlación de fuerzas, que no son tan solo militares y tecnológicas, nadie puede cantar victoria antes de hora en la contienda más asimétrica que hayamos conocido. De todas las salidas, la más probable es el mantenimiento del régimen, endurecido pero debilitado, todavía con capacidad disuasiva y preparado para negociar a cara de perro; y la que menos, su caída y sustitución tras una revuelta estimulada desde el exterior. Incluso esta última difícilmente desembocará en una transición hacia la democracia. Como siempre, quienes van a sufrir en cualquiera de los casos son los civiles iraníes.
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