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EDITORIAL

Cada cinco minutos muere un niño de hambre

Las cifras de menores de cinco años muertos por causas perfectamente prevenibles deberían provocar un escándalo mundial

La trabajadora de salud comunitaria Daw San Yee vacunaba en 2004 a un niño contra la polio, en Kan Thar Yone (Myanmar), en una imagen difundida por Unicef.Shehzad Noorani

Las cifras de niños muertos en 2024, las últimas disponibles, por hambre extrema y otras causas derivadas de la pobreza, reveladas por Naciones Unidas, deberían por sí solas provocar un escándalo mundial y forzar la restauración inmediata de la ayuda al desarrollo por parte de todos los países que la han reducido o suprimido siguiendo el nefasto ejemplo de EE UU. Este auténtico fracaso mundial es la demostración de las consecuencias mortales que tiene la demagogia política aplicada contra los más indefensos. De acuerdo con el informe del Grupo Interinstitucional de la ONU para la Estimación de la Mortalidad en la Niñez, en 2024 unos 4,9 millones de niños menores de cinco años murieron en todo el mundo por causas perfectamente prevenibles. De ellos, casi la mitad fallecieron antes de cumplir los 28 días de vida. Hay al menos 100.000 casos anuales documentados de hambre aguda. Es decir, cada cinco minutos —poco más de lo que se tarda en leer este texto— un niño o niña menor de cinco años morirá de hambre. Para Unicef, se trata de una situación crítica para la infancia comparable a la de la Segunda Guerra Mundial.

La mayor parte de la ayuda al desarrollo está denigrada, estigmatizada y suspendida. No es casualidad que dos de las regiones más empobrecidas del planeta, África subsahariana y Asia meridional, concentren el 80% de los fallecimientos. Sin atisbo de esperanza alguno, los estudios advierten que, de continuar esta tendencia, más de 27 millones de niños morirán en los próximos cuatro años antes siquiera de cumplir un mes de vida. Lo verdaderamente escandaloso es que esto no sucede por una dinámica imposible de frenar. Al contrario. Los mayores avances en el mundo en la lucha contra la mortalidad infantil se dieron entre los años 2000 y 2015, cuando se realizó un gran esfuerzo, serio, coordinado, planificado y financiado para empezar el siglo XXI combatiendo esta situación inconcebible, en la que las víctimas no sobreviven a enfermedades y problemas sanitarios perfectamente superables.

¿Qué ha cambiado? Primero, una dinámica de recortes en la ayuda oficial al desarrollo en el mundo desarrollado escudándose en la crisis económica; la deriva, liderada por Trump, de convertir las relaciones internacionales en un mero negocio, y, finalmente, el empeoramiento de las causas objetivas en las zonas más vulnerable con problemas derivados del cambio climático y conflictos armados. El golpe de gracia ha sido el devastador el cierre de la agencia de cooperación estadounidense (USAID) ordenado por Trump en julio del año pasado con el argumento del ahorro, mientras multiplicaba el gasto en defensa.

El problema está, pues, perfectamente identificado, y la solución ha sido ensayada con éxito en el pasado. Sobre quienes tienen en su mano la ayuda al desarrollo y la niegan recae una gran parte de responsabilidad en esta tragedia silenciosa que asola el planeta.

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