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RED DE REDES
Columna

¿Este vídeo de Netanyahu es real? Nunca lo sabremos

Con la IA corremos el peligro de creernos imágenes falsas, pero también de desconfiar de las auténticas

Benjamín Netanyahu muestra los dedos de su mano derecha en una cafetería en Jerusalén, en un video grabado para desmentir los rumores de su muerte.

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, está vivo. O eso parece, a pesar de los rumores. Todo comenzó la semana pasada con un vídeo en el que alguno creyó ver dedos de más, uno de los errores clásicos de la inteligencia artificial (IA), lo que dio pie a pensar que Netanyahu había muerto o había resultado herido durante un ataque iraní. El primer ministro publicó otros vídeos con el objetivo de desmentir dichos rumores, pero consiguió justo lo contrario: avivarlos. El más comentado fue uno del pasado domingo en una cafetería: varios detalles (la espuma del café, el bolsillo de la chaqueta) se interpretaron como indicios de que estábamos ante imágenes falsas.

Los análisis forenses aficionados han continuado con las nuevas publicaciones de Netanyhau de estos días. Cualquier sombra o detalle borroso se ha interpretado como prueba de que es otro vídeo falso con el que se quiere ocultar el fallecimiento del mandatario. Además y para probar lo fácil que es inventarse vídeos (o solo para añadir más confusión), muchos usuarios de X han modificado estas publicaciones con ayuda de la IA para que el hombre aparezca rodeado de dobles, en bikini o arrestado.

Lo que queda claro es que por culpa de esta tecnología podemos cometer dos errores igual de peligrosos: tragarnos los vídeos falsos y desconfiar de los reales. Seguimos siendo víctimas de nuestros sesgos, como ocurría con los bulos clásicos, los que se difundían con fotos borrosas y texto incoherente. Si el vídeo cuenta una historia que encaja con nuestras ideas, nos lo creemos con facilidad, pero si muestra algo que no nos gusta, vemos pruebas de falsedad en cualquier detalle.

La teoría de que estos vídeos son inventados también es una evolución de las leyendas urbanas clásicas sobre los dobles de políticos y dictadores. Como de costumbre, estas historias tienen su parte de verdad. Por ejemplo, uno de los dobles de Stalin, Felix Dadaev, contó su experiencia hace unos años. En cuestiones de seguridad es habitual el uso de señuelos: comitivas presidenciales en las que no viaja el presidente o escoltas que se adelantan para despistar a posibles magnicidas.

Pero estas historias reales han dado lugar a teorías conspiranoicas. Por ejemplo, cuando Rusia invadió Ucrania, comenzaron a circular rumores de que Vladímir Putin estaba gravemente enfermo y que a quien veíamos era a un actor. Aún más extravagante es la conocida teoría de que al final de la Segunda Guerra Mundial quien se suicidó en el búnker (o murió asesinado) fue uno de los dobles de Adolf Hitler, y que el verdadero dictador huyó a Argentina.

Hablando de nazis, los vídeos de IA no son la primera innovación que se añade a estas historias: recordemos Los niños del Brasil, novela en la que Ira Levin imagina al doctor Mengele fabricando clones de Hitler. En este relato de terror político, los clones actúan como dobles que ayudan al nazismo (y a Hitler) a perpetuarse.

Todo esto también muestra que gran parte del trabajo de los líderes políticos consiste en aparecer, en que se les vea, aunque sea en las redes sociales. Parece que necesitamos ese poder simbólico y no nos basta con el trabajo, digamos, de verdad: no es suficiente que el Ayuntamiento financie un parque; queremos ver al alcalde inaugurándolo. Si cualquier presidente o primer ministro apareciera tras días de ausencia y dijese que había tenido mucho lío preparando un par de decretos, nos sonaría sospechoso. ¿Por qué ha pasado tanto tiempo lejos de una cámara? Eso no es normal.

Pero como ese trabajo lo podría hacer cualquiera, nos resulta también fácil imaginar justamente eso, que lo hace cualquiera. La IA ayuda a construir esas realidades paralelas. Ya ni siquiera necesitamos pensar que al líder de turno lo suplanta un actor, sino que basta con un vídeo generado con unas pocas instrucciones para crear imágenes de la nada. Y no nos cuesta ningún trabajo convencernos de que todo es siempre un montaje y que a Netanyahu (o a quien sea) le ha ocurrido lo peor que nos podíamos imaginar. O lo mejor, según a quién preguntemos.

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