Von der Leyen y la muerte de Europa
El mal, en política, rara vez se presenta con la máscara del villano. Más a menudo adopta la forma de una conclusión prudente


Europa escucha hoy una frase que pretende ser realista: “La UE ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial”. Lo dijo Ursula von der Leyen, arrogándose unas competencias que no son suyas y un liderazgo que está muy lejos de poder ejercer. Lo dijo como una constatación, como quien lee el parte meteorológico. Las metáforas de inevitabilidad, frecuentes en la retórica política, tienen su función precisa: disolver la propia responsabilidad en el clima de la Historia. El orden mundial está cambiando, de acuerdo, pero lo inquietante es la tranquilidad con la que aceptamos que ciertas líneas éticas y normativas, hasta ayer consideradas fundamentales, pasan a ser obstáculos prácticos. El mal, en política, rara vez se presenta con la máscara del villano. Mucho más a menudo adopta la forma de una conclusión prudente. La diferencia entre Trump y Von der Leyen no es solo el contenido de sus posiciones, sino la estética moral con la que narran su necesidad: Trump exhibe la ruptura como voluntad; Von der Leyen la presenta como realidad.
La realpolitik funciona como un dispositivo retórico que convierte casi cualquier acción en justificable mediante la apelación a la necesidad. El argumento es siempre igual: ante circunstancias excepcionales, los principios ordinarios no se aplican, la responsabilidad exige realismo y a quien no lo acepta se le relega al papel de ingenuo. Von der Leyen no ha dicho “abandonemos el derecho internacional porque es malo”, sino algo mucho más eficaz: “las circunstancias nos obligan a ser realistas”. Es la forma más clásica ―y más peligrosa― del entreguismo anticipado: se enmascara una elección política como una simple rendición ante los hechos. Es una lógica sin ningún freno interno. Una vez que se acepta que la necesidad suspende las normas, ya no hay un punto claro donde detenerse: es una pendiente.
El peligro está en el político que deja de percibir que sus manos están sucias. Von der Leyen no dijo “sé que esto tiene un coste enorme, pero las circunstancias me obligan”. Al menos, habría sido honesto. Dijo algo peor: no hay coste, es pragmatismo. Pero cuando abandonar los principios no es una dramática excepción y se presenta como mero sentido común, el daño ya no necesita justificarse porque se vuelve invisible. En uno de los momentos más reveladores del discurso Von der Leyen pidió que no se debatiera si la guerra de Irán es “elegida o necesaria” porque perdíamos “el punto esencial”. Setenta años de derecho internacional dirían exactamente lo contrario: ese es el único punto. Distinguir entre guerra elegida y guerra necesaria no es un debate filosófico: es la diferencia entre agresión y legítima defensa, entre un crimen y una respuesta. Descartarla no es pragmatismo. Es decir que la legalidad es irrelevante cuando los fines son convenientes.
Lo que se nos presenta como realismo es, en realidad, la pérdida del juicio político: la capacidad de ver los hechos sin rendirse ante ellos, de entender el mundo sin confundirlo con el único mundo posible. Necesitamos líderes que mantengan viva la tensión entre el mundo que existe y el mundo que debe existir. Porque esa tensión no es ingenuidad. Es la política misma. Trump destruye el orden internacional desde fuera, con voluntad y como acto de fuerza. Pero para que el colapso sea completo necesita que los agentes que deberían defender ese orden lo abandonen antes de que llegue el ataque. Von der Leyen le ha proporcionado esta semana exactamente eso. Ni siquiera por complicidad consciente, sino por algo más profundo y difícil de combatir: asumir que la única política posible es la que acepta las condiciones del adversario. Europa no muere en directo por el empuje de sus enemigos. Lo hace por la incompetencia de quienes creen que la salvan.
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