Olof Palme, militante humanitario
La lejanía de Suecia de toda guerra y carecer de colonias facilitaron la batalla del político sueco, asesinado hace 40 años, por la paz y la libre determinación de los pueblos

Suecia no se ha embarcado en guerra alguna desde 1815. La última vez que lo hizo fue con ocasión de un conflicto escandinavo local entre ella y Noruega. En una alocución en el congreso de 1974 de sus rivales políticos, los cristianodemócratas, Olof Palme lo recordaba en un ambiente de satisfacción compartida: “Este año, Suecia celebra un aniversario único. Hemos tenido paz durante 160 años. Nuestro pueblo se ha ahorrado así los terribles sufrimientos de la guerra y ha sido capaz de construir una sociedad en paz”. A diferencia de muchos países europeos y a pesar del decidido apoyo a las Naciones Unidas, a sus valores y principios, Estocolmo no tenía por qué sentirse aludido por el primer párrafo de la Carta: “Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles…”.
El consenso de la sociedad sueca en esta área es extensible al existente sobre el colonialismo. Durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Suecia resultó felizmente ajena al proceso que condujo a la descolonización e independencia de los numerosos territorios extraeuropeos, principalmente de África, hasta entonces sometidos a diversos Estados europeos. En esos años, los debates de la opinión pública y de los diversos partidos políticos se caracterizaron por un consenso firmemente anticolonial que consideraba el colonialismo una forma inmoral de dominación. A ese sentimiento no es ajeno el hecho de que Estocolmo nunca fue potencia colonial. Su tinte colonialista se redujo al peculiar caso de su presencia de apenas un siglo en la pequeña isla caribeña San Bartolomé, de 25 kilómetros cuadrados y unos 10.000 habitantes. A ella arribó en 1493 Cristóbal Colón, quien la bautizó en homenaje a su hermano. Años después, la isla pasó a manos de Francia, que en 1785 la cedió a Suecia a cambio del libre uso comercial del puerto de Gotemburgo. En 1877, Estocolmo la vende a París y hoy, aún francesa, es destino preferido de multimillonarios que poseen en ella suntuosas mansiones.
Esa secular lejanía de Suecia de toda guerra y no tener posesiones coloniales facilitaron la labor de Olof Palme en su batalla por la paz internacional y contra el colonialismo y por la libre determinación de los pueblos sujetos su yugo. Palme fue considerado un héroe internacionalista por muchos de esos pueblos. En los años setenta, los condenados de la Tierra a quienes aludía Frantz Fanon, olvidados de la Historia, los vulnerables despreciados por gran parte del mundo occidental, encontraron en él un aliado, un defensor de primer orden, un amigo que practicaba la solidaridad internacional y que exaltaba la dignidad humana, fuera del color que fuera. La parte pobre del planeta —que en los años en que luchaba por la independencia se había resistido a la sentencia despectiva de la potencia colonial denunciada por Fanon: “Si quieren la independencia, tómenla y muéranse”— sintió que en Olof Palme tenía un amigo. Oliver Tambo, durante años el principal dirigente sudafricano de la lucha contra el apartheid, dijo de Palme en la ceremonia fúnebre para despedir al amigo asesinado: “Era uno de los nuestros”. En el libro de condolencias de ese acto de marzo de 1986, un apunte anónimo reza: “Usted supo cómo luchar por nosotros. Gracias, de África”. En los archivos del sindicalismo sueco, de donde he extraído esta cita, se califica al dirigente socialdemócrata de incansable defensor de los trabajadores, insigne pacifista dedicado a eliminar la amenaza nuclear y actor humanitario volcado en el desarrollo global. El diario Svenska Dagbladet lo describió como “africano honorario”, lo que sin duda él acogió como un cumplido.
Para gran parte de África en los años sesenta y setenta, Olof Palme fue la conciencia moral de la comunidad internacional, honor que no todos podían atribuirse. Mientras el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, desarrollaba tan tarde como en los años ochenta su política de “compromiso constructivo” con la Sudáfrica racista, fortaleciendo los vínculos económicos con el apartheid, Suecia llevaba mucho tiempo suministrando ayuda al Congreso Nacional Africano (CNA), cuyo presidente, Oliver Tambo, manifestó en su país ya liberado que esa ayuda fue absolutamente imprescindible para la existencia del CNA.
La decisión histórica del Partido Socialdemócrata sueco de ayudar los movimientos de liberación nacional en el mundo, no solo en África, aunque principalmente allí, fue posible porque estaba apoyada por casi todos los sectores sociales. En 1969, el Parlamento aprobó la política de proporcionar ayuda directa a los movimientos de liberación del África austral: Sudáfrica, la Rodesia de Ian Smith, la antigua África del Suroeste alemana (hoy Namibia), cedida a Pretoria en 1919 por el tratado de Versalles, y las colonias portuguesas de Angola, Mozambique, Guinea-Bissau y Santo Tomé y Príncipe. Suecia se convirtió así, mucho antes de que otros siguieran su ejemplo, en el primer país en establecer relaciones con organizaciones que eran “comunistas” o “terroristas” para prácticamente casi todo el mundo occidental. Organizaciones que más adelante asumirían el poder estatal en los países liberados gracias a la asistencia propiciada por Olof Palme, persuadido de que los hombres y mujeres libres son más importantes que el libre movimiento de capitales que propiciaba Ronald Reagan.
Acaba de cumplirse el 40º aniversario del vil asesinato del militante humanista. Tuve el honor de gozar de la amistad de Olof Palme, a quien yo también consideré uno de los nuestros. Lo conocí en 1976, en el primer congreso del PSOE celebrado durante la transición democrática, al que acudieron numerosos dirigentes socialdemócratas, cuando los españoles comenzábamos a dejar de ser exiliados políticos en nuestro propio país. Fui encargado de ocuparme de Olof en sus ratos libres, lo que significó un privilegio. Lo paseé por Madrid en mi pequeño Seat 133 de la época. Cuando circulábamos por delante del Congreso de los Diputados, seguidos por un coche de la Policía Nacional, me comentó su satisfacción por el hecho de que la Policía de entonces no persiguiera ya a los demócratas. Inicié ese año mi largo proceso de aprendizaje de y con Olof Palme. En 1977, lo acompañé en un recorrido por África austral, en un ejercicio práctico de fomento simultáneo de las culturas de paz y de solidaridad. Y así, hasta mediados de los años ochenta. Fui testigo de su militancia humanitaria y política. Olof Palme fue ejemplo de cómo la política exterior de su país tenía su base en el impacto de unas ideas dignas de ser defendidas y propagadas. Olof estaba convencido de que esa política había de apoyarse en normas, valores y principios irrenunciables ante consideraciones políticas de naturaleza inasumible. Este es el Palme con el que traté.
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