La filtración
Muchos niños repiten los lemas xenófobos que han oído en casa, en familias donde se ha reciclado el resentimiento en autoindulgencia


La sociedad de los adultos filtra todas sus obsesiones y conductas a la sociedad de los menores. Un colegio cualquiera recibe desde el Parlamento nacional una guía de conducta, una forma de uso de la palabra y, finalmente, un calco de la moralidad imperante. Escuchamos en los últimos meses repetidas historias que suceden en los colegios españoles con un mismo patrón. Un grupo de niños, formados en áspera manada, increpan a chicos y chicas por su origen extranjero. Les insultan y les gritan que se vuelvan a sus países. Muchos de estos niños convertidos en víctimas del acoso han nacido en España y ni tan siquiera conocen más que por postal los lugares de origen de sus padres o sus abuelos. Y sin embargo reciben esa dosis de odio cafre y ventajista. Los agresores repiten los lemas que han oído en casa, en familias donde se ha reciclado el resentimiento en autoindulgencia. Pero más grave aún, les llega un clarísimo permiso de todo vale desde el voto electoral en crecimiento para las opciones excluyentes.
La tiranía sin tiranos siempre consistió en votar por dictadores que desmontan, gesto a gesto, los controles democráticos, aduciendo que las garantías de protección son un obstáculo y cualquier forma de acuerdo o pacto una debilidad. Para estos caudillos, tras un proceso fundacional en el que festejaron la lealtad fraternal, pronto llega la hora de sustituir a los que les rodean a través de dimisiones, ceses, procesos sumarios para no dejar cabeza asomando a la altura de su mando. Más que partidos, acaban por parecerse a columnas de predicadores en un desierto. Una de las claves de estos discursos esencialistas consiste en eludir la responsabilidad de gobierno. Y más aún en un tiempo en el que se tiende a buscar culpables ajenos por cada tropezón, sin querer desentrañar la causa original, que permanece inalterada desde décadas, como un gotera que se disimula con pintura cada primavera y vuelve a salir en invierno. Si alguien confiaba en que los niños no copiaran a los mayores ya puede ir desperezándose. A una generación de padres que han dado como chupete a sus hijos un teléfono móvil no puede sorprenderles luego la dependencia enfermiza durante su formación de ese aparato que es refugio y prisión a un mismo tiempo.
Hace pocos días hemos asistido al oportunismo estéril de un debate sobre el burka en la sociedad española. Resulta ridículo discutir de ello en un entorno en el que su presencia es mínima. Esa batalla la están dando, y la tienen que dar, las mujeres en lugares como Irán y en las petrodictaduras del Golfo. Ellas resolverán un conflicto en el que nosotros si acaso deberíamos reflexionar sobre la permanencia de símbolos religiosos en nuestro ámbito de vida civil. No podemos aspirar a resolver los conflictos ajenos cuando en nuestro país hemos asistido a una semana en la que cuatro mujeres han muerto asesinadas por sus exparejas. El discurso negacionista sobre la violencia machista avanza e incluso el comportamiento de la cúpula policial y sus chats entre compañeros han aventado problemas fundamentales. Esos debates-distracción ayudan a que los adultos se dejen seducir por la resolución simple de problemas complejos. Pero la filtración a los niños de esa animadversión por el diferente desbarata el clima de acogida generosa que todo colegio precisa. Se puede entender a los profesores que se estremecen al ver en casa los debates del Parlamento y el Senado porque saben que a la mañana siguiente se reproducirá la versión infantil en sus aula.
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