Los santos inocentes
Liberar a los menores de ese experimento social fallido que son las redes debe ser prioritario para la próxima década

Aquellos que no participan en las actividades de las redes sociales padecen el espejismo de una cierta exclusión. La presión es tal para adherirse al negocio de unos pocos, muy pocos, que no es raro que te hagan sentir marginal y apartado tan solo por negarte a formar parte de algo que es a ratos cierto y a ratos una fantasía, pero que, sobre todo, debería ser siempre voluntario. Es precisamente la voluntad de los menores lo que está en entredicho, pues en una edad en la que debería primarse la afectividad y la diversión se les ha conducido obligatoriamente a la sobreexposición y a la pérdida de la inocencia. Liberar a los menores de este experimento social fallido que ha machacado ya a un par de generaciones de jóvenes es una prioridad muy necesaria para la próxima década. La actividad básica de las redes sociales para adultos acaba por ser la autopromoción, un ejercicio grotesco, pero en los jóvenes está bordeando los límites de la autolesión. Hasta ahora, los medios han pasado de puntillas por el grado de culpabilidad de un sistema de tratamiento del tráfico forzado en las redes que en ocasiones ha llevado a jóvenes directamente al abismo. Suicidio, dependencia, adicción no son derivadas que toleraríamos en otras industrias; sin embargo, en la hipercomunicación nos han rendido a la pasividad gracias a las presiones desregulatorias que defienden los tecnocaciques armados con sus grandes fortunas.
El presidente Sánchez decidió hace tiempo que si los enemigos te surgen como setas, lo que más te conviene es seleccionar con alta precisión a quién eliges tú como enemigo. Es una estrategia defensiva como otra cualquiera. Al involucrarse en el conflicto de los jóvenes y las redes sociales, ha vuelto a poner en marcha su sistema selectivo de enemigos. Los tecnocaciques han salido en tromba contra él, pues ya se han acostumbrado a poner y quitar gobiernos, volcados como están en la financiación de partidos que lleven en el programa no regular nada que afecte a sus lucrativos negocios. A raíz del anuncio de la posibilidad de sumarnos a Australia en el veto de las redes sociales para menores de 16 años, los falsos libertarios de Silicon Valley han tronado con furia. Los cuatro jinetes que cabalgan este apocalipsis son desafiantes, pero mal haría el presidente Sánchez en querer enfrentarse a ellos como una especie de superhéroe. Es precisamente la cultura individualista del superhéroe la que ha nutrido la formación de estos oligarcas. Su incultura enciclopédica suele venir compensada por una enorme habilidad en el manejo de las sabidurías prácticas, en especial del algoritmo para la manipulación social. Esta disciplina no estaba en el currículum de ningún sabio antiguo, pero define la potencia interventora de los caciques modernos.
Si queremos proteger a las futuras generaciones, es conveniente hacerlo con un batallón de aliados. Los psiquiatras infantiles están empezando a catalogar el desastre que la temprana exposición al móvil, y las conclusiones analíticas delatan mecanismos adictivos, conductismo autoritario y fabricación de desamparos precoces. Pero no corramos a prohibir sin reflexionar antes, porque todos los problemas de nuestra sociedad nacen del mismo lugar: la decadencia educativa al asumir unos valores que priman el dinero fácil, la fama inmediata y una tosca idea del éxito por encima de toda aspiración noble. El fracaso emocional que ha arrastrado consigo esta nueva vinculación al vacío como si fuera la plenitud es dramático. Como en los antiguos cortijos, el interés de los señoritos pisotea cada día la dignidad de los santos inocentes.
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