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Columna

Trump va a robar las elecciones

El ICE, convertido ya en una milicia política, rodeará los centros de votación de las elecciones legislativas de noviembre

Elementos de la Patrulla Fronteriza en Chicago, en diciembre de 2025.

CNN le preguntó a Trump qué hacía Tulsi Gabbard el jueves pasado en Fulton County. Era el mismo lugar donde el secretario de Estado de Georgia, Brad Raffensperger, recibió una llamada de Trump pidiendo que “encontrara” 11.780 votos, para revertir el resultado electoral a su favor, pero seis años más tarde, cuando unos agentes del FBI se incautaban todas las cajas, documentos y materiales relacionados con esas elecciones de 2020, ejecutando un mandato por orden judicial. Trump respondió que la Directora de Inteligencia Nacional estaba “trabajando duro para asegurarse de que las elecciones se mantienen a salvo”. Después dijo que no sabía qué hacía allí, pero seguro que nada malo. De hecho, Gabbard estaba allí por orden del propio Trump. Claramente, ninguno de los dos sabe que la jefa de inteligencia tiene prohibido intervenir en la supervisión directa de operaciones de incautación en procesos electorales domésticos para no incurrir en abusos de poder.

“Van a pasar cosas interesantes”, añadió Trump en tono misterioso, “llevaban mucho tiempo tratando de meterse ahí”. Casi al mismo tiempo, Steve Bannon hizo la siguiente promesa delante de las cámaras: “Vamos a hacer que ICE rodee los centros de votación en noviembre. Podéis quejaros y llorar todo lo que queráis, pero nunca más permitiremos que nos roben unas elecciones”. Una coincidencia interesante, más cuando el mismo gobierno que se lleva los votos, ha convertido una agencia civil de gestión burocrática en un grupo paramilitar. Recordamos que Hitler llegó al poder ganando las elecciones. Olvidamos que lo hizo por una combinación de maniobras legales y violencia política, con las SS como instrumento de intimidación sistemática, violencia selectiva y control del discurso.

Las milicias no suelen ser parte de las fuerzas oficiales del Estado. Esto es porque su objetivo o razón de ser es actuar en papeles que el gobierno no puede ejecutar abiertamente, como la represión de opositores políticos, movimientos sociales, insurgencias o actividades ilícitas que benefician al Estado, como amedrantar a los ciudadanos de los Estados azules para que no salgan a la calle a votar. ICE nació como respuesta al 11-S, cuando EE UU reorganizó su aparato de seguridad interna y fundó el Departamento de Seguridad Nacional y unió dos agencias principalmente burocráticas: una dedicada a la inmigración propiamente dicha, incluyendo deportaciones y visados; otra al servicio de aduanas, contrabando y delitos transfronterizos. Entonces eran ratas de oficina que, para acciones no administrativas, colaboraban con la policía local. Obama aumentó su “eficiencia” administrativa con tecnologías de datos, pero no empezaron a salir a la calle con “equipamiento táctico” hasta 2016. Hoy podemos decir que han dejado de ser una agencia, si los juzgamos por sus tácticas y no por su origen.

Un aspecto que las diferencia de la policía es que no son imparciales. Persiguen objetivos políticos, económicos o estratégicos alineados con intereses del gobierno, en lugar de verdaderos criminales que suponen un peligro para la sociedad. Otro aspecto, posiblemente el más importante, es que lo hacen al margen de la ley. La novedad, en este caso, es que su relación con el gobierno suele ser ambigua o incluso negada oficialmente, porque el gobierno tiene que poder beneficiarse de sus acciones sin asumir la responsabilidad de sus actos. En ese sentido, ICE está aún transicionando. Lleva el uniforme de una agencia de los EE UU, pero se tapa la cara para las cacerías y no lleva identificación.

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