Cuando la imaginación es ciega
Por increíble que parezca, una de cada 25 personas no puede generar imágenes dentro de su cabeza


Imagina un amanecer en un cielo neblinoso. ¿Cuán vívida es la escena en tu mente? ¿Tan clara como si lo estuvieras viendo de verdad? ¿No tanto? ¿Más bien vaga? ¿O no ves ninguna imagen en absoluto dentro de tu cabeza? Haz el mismo ejercicio con un cielo limpio y azul, o en plena tormenta con rayos y relámpagos, o con un arcoíris. Si no ves ninguna imagen, por más que sepas que estás pensando en esas cosas, tienes “afantasia”, un neologismo acuñado en 2015 por el neurólogo británico Adam Zeman, de la Universidad de Exeter. Por increíble que te parezca, afecta a un 4% de la población —habrá 2.000 afantásicos en un estadio de fútbol, y unos cuantos en tu bloque de pisos— y no se trata de ninguna enfermedad ni discapacidad, sino de una parte normal de la variabilidad humana.
La palabra imaginación es compleja, como el objeto que designa. Decimos “ni por imaginación” para negarnos en rotundo a cualquier cosa, por ejemplo, y alabamos la imaginación de un novelista o de una ingeniera por lo original de sus argumentos o de sus invenciones. Nada de eso tiene que ver con las imágenes, que es de donde viene la palabra, pero la primera acepción que recoge el diccionario es la “facultad del alma que representa las imágenes de las cosas reales o ideales”, y es exactamente a esto a lo que nos referimos aquí. La persona afantásica carece de imaginación en este sentido estricto, o etimológico. Lo que pasa es que eso suena fatal y resulta engañoso en el lenguaje común, así que haremos mejor en quedarnos con el neologismo de Zeman.
La afantasia ha suscitado en los últimos años la atención de los neurocientíficos, que quieren saber cómo influye en la percepción del mundo y en las emociones que nos suscita, en la atención y en la memoria. Han averiguado, por ejemplo, que la capacidad de imaginar en imágenes presenta varias modalidades. Algunas personas no solo carecen de ese ojo de la mente, sino también de un “oído de la mente”. Desde luego, este no es mi caso. Hay noches de sueño inquieto en que mi cerebro insomne repite una vez tras otra de manera machacona la misma melodía sin que parezca haber forma humana de darle al botón del stop. Muchos, aunque quizá no todos, sabemos que hay melodías particularmente pegajosas que te pueden amargar el día y la noche. Mi oído de la mente también incorpora la armonía de la pieza (los acordes que acompañan a la melodía), aunque sé que esto no le pasa a todo el mundo.
De forma poco sorprendente, la afantasia tiene un componente genético: si tienes un hermano afantásico, tu probabilidad de serlo también es diez veces mayor que la de cualquier persona al azar. Esto es una fuerte indicación de que la condición se debe a variaciones estructurales de la arquitectura neuronal. Por otro lado, la afantasia parece ser algo más común en los científicos que en los artistas. En ningún caso anula la creatividad, sin embargo; aunque quizá influya en ella de alguna manera, que dista de estar clara.
Un hecho bien curioso es su relación con la “rivalidad binocular”, un fenómeno muy bien conocido por el que, si presentas una imagen diferente a cada ojo de una persona, las dos imágenes no se mezclan, sino que saltan de la una a la otra en su consciencia. Pero si, antes de empezar, le pides al sujeto que imagine una de las dos imágenes, esa es la que verá después la mayor parte del tiempo. A menos que el sujeto sea afantásico, claro, puesto que no es capaz de imaginar ninguna de las dos imágenes previamente. La mente es fascinante, ¿no es cierto?
Y ahora basta de cháchara. Cierra los ojos y dime lo que ves.
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