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columna

Trump marea cerca de Irán

El despliegue por Estados Unidos de fuerzas colosales en Oriente Próximo puede tener el efecto corruptor de que el presidente se decida a utilizarlas

Simulación de aterrizaje forzoso de un caza en la cubierta del portaaviones 'Abraham Lincoln', el 28 de enero, en una imagen cedida por la Armada de Estados Unidos.

El Gobierno de Estados Unidos ha desplegado en el mar de Arabia una potente flota que amenaza al régimen de los ayatolás. En las aguas de Oriente Próximo navegan estos días el portaaviones Abraham Lincoln y tres destructores que le sirven de escolta equipados con misiles. El dispositivo incluye aviones de guerra F-35 y un montón de cazas especializados en distintas tareas. Están, también, los más de 40.000 soldados de las bases militares que Washington tiene en el golfo Pérsico. La atención está centrada en Donald Trump y sus bravuconadas, y el mundo entero espera su próxima ocurrencia. Semejante alarde de poder, sin embargo, no puede improvisarse fácilmente, así que no conviene olvidar que, más allá del actual inquilino de la Casa Blanca, una inmensa maquinaria donde confluyen diversos intereses económicos, militares y burocráticos llevaba operando antes de que este llegara al poder y seguirá haciéndolo cuando lo pierda. Dentro de esta maquinaria, una compleja trama de agentes es la que estudia, recomienda, sugiere, propone o, incluso, llega a imponer las líneas maestras por las que discurren las políticas de la gran potencia. El problema más inquietante en estos tiempos es que al frente de todo esto está un tipo imprevisible, narcisista, caprichoso.

La fulminante intervención en Venezuela, las amenazas de hacerse con Groenlandia, el desdén por la Unión Europea, ahora el despliegue cerca de Irán y etcétera: las cosas están cambiando, da la impresión de que unas fuerzas invisibles empezaran a operar guiando la gran nave hacia horizontes todavía desconocidos y, eso sí, bajo un mandato cada vez más explícito. Estados Unidos quiere ser grande de nuevo, signifique eso lo que signifique, pero conseguirlo no será cosa de días; es posible que el plan se prolongue durante unos cuantos mandatos de presidentes distintos (hasta la victoria o la ruina final). Con las urgencias propias de un mundo desquiciado, gobernado en términos de comunicación por unas redes sociales que exigen novedades a cada segundo, las audiencias están pendientes del último gruñido de Trump. Conviene acordarse de que cualquier cambio necesita tiempo.

Basta mirar hacia atrás para darse cuenta de cómo muchas historias empezaron de aquella manera y se complicaron después. Cuando John F. Kennedy inició su mandato en 1961, Vietnam todavía era un asunto marginal para su país. Se debatía entonces sobre si se debía simplemente asesorar y apoyar desde lejos al Gobierno de Saigón o convenía pensar en desplegar allí grandes unidades de combate. La maquinaria que opera detrás de cada presidente no quería entonces que Estados Unidos volviese a ser grande de nuevo —era y se creía grande—; su obsesión era derrotar al comunismo.

El historiador Max Hastings hace una observación sobre aquellos años en su libro La guerra de Vietnam (Crítica) que quizá venga hoy a cuento. “Disponer de fuerzas colosales puede tener un efecto corruptor: hace que los que ejercen la autoridad política sientan el deseo creciente de emplearlas”, escribe. “Las administraciones de Estados Unidos se han visto seducidas repetidamente por la prontitud con la que pueden ordenar un despliegue y comprobar que se ejecuta de inmediato”. Esa podría ser ahora la tentación de la Administración de Trump, rendirse a ese “efecto corruptor” y utilizar sus colosales fuerzas sin comprender a qué se enfrenta. Igual alguien debería recordarle al presidente lo que sucedió en Vietnam, y quién ganó aquella guerra.

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