Ir al contenido
_
_
_
_
tribuna

Claudia Sheinbaum no es ‘presirvienta’, es tu patrona

Los ataques machistas contra la presidenta de México nos recuerdan que no todos los insultos son equivalentes: algunos humillan, otros ordenan el mundo

México tiene, por primera vez en su historia, una mujer presidenta. Claudia Sheinbaum llegó al cargo tras décadas de exclusión femenina del máximo poder ejecutivo en un país profundamente atravesado por el machismo, el clasismo y la herencia colonial. Es una presidenta de izquierda, con aciertos y desaciertos, que, como cualquier jefa de Gobierno en una democracia, enfrenta críticas legítimas a sus decisiones políticas, a su proyecto político y a su gestión. Pero, además de ese escrutinio normal y sano en cualquier democracia, enfrenta otro tipo de ataque: violencia política de género.

Conviene aclararlo desde el inicio: no toda crítica dura hacia una mujer tomadora de decisiones es violencia política de género. Las servidoras públicas y especialmente quienes gobiernan tienen la obligación de escuchar cuestionamientos severos y reflexionar de manera critica respecto a ellos. Como decimos en el barrio mexicano: si te subes (a la política), te paseas (aguantas la crítica con dignidad). Sin embargo, la violencia política de género aparece cuando los ataques no buscan discutir decisiones sino deslegitimar a una mujer utilizando estereotipos, jerarquías históricas y mandatos de género para anular su autoridad.

En esta columna quiero detenerme en un insulto específico que se ha usado de forma recurrente para referirse a Sheinbaum: presirvienta. No es posible rastrear con precisión quién fue la primera persona que lo pronunció o escribió. Como ocurre con muchos epítetos políticos, su origen es difuso y se pierde en redes sociales, comentarios mediáticos y conversaciones digitales. Lo que sí puede afirmarse con certeza es que se ha instalado como una forma reiterada de nombrarla, y que su uso no es anecdótico ni inocente. Presirvienta no es una grosería cualquiera: es un dispositivo de violencia política de género interseccionada con el clasismo.

Sheinbaum ha tenido aciertos y errores. Ha tomado decisiones discutibles como cualquier jefa de Gobierno en una democracia. Hasta ahí, nada extraordinario. Lo extraordinario es cómo se le castiga por mandar. Pareciera que en México cuando una mujer manda, el lenguaje se vuelve un arma. Se afila, se carga de sexismo, se dispara con precisión.

En México, la violencia política de género no siempre llega en forma de amenaza directa o agresión física impulsada por el machismo. Muchas veces llega en palabras. Y no en cualquier palabra, sino en aquellas que cargan siglos de jerarquía. La violencia política de género ocurre cuando una mujer es atacada no por lo que decide, sino por el hecho mismo de ejercer poder siendo mujer. Cuando el objetivo no es discutir políticas públicas, sino negar autoridad, despojar agencia, recordar el lugar.

El término presirvienta no cuestiona una política pública ni una estrategia de gobierno. Lo que hace es negar agencia. Dice que la presidenta no gobierna, que obedece. No decide, ejecuta. No manda, sirve. Y sirve, además, como han servido históricamente las mujeres pobres y feminizadas en América Latina: desde abajo, sin voz, sin autonomía. No es casual que el insulto no sea presiempleada o presisubordinada. Es sirvienta. Una palabra cargada de desprecio clasista, asociada al trabajo doméstico, a la obediencia, a la subordinación femenina.

Desde la definición misma de violencia política de género, reconocida en marcos internacionales y en la legislación latinoamericana, estamos frente a un caso claro: una acción simbólica dirigida contra una mujer impulsada por el machismo, con el objetivo de dañar el ejercicio de su cargo y su legitimidad como autoridad política.

Pero el análisis no se agota ahí. Presirvienta también es violencia interseccional: en el insulto se cruzan misoginia, clasismo y una lógica colonial que asocia el poder con lo masculino, lo blanco y lo patronal y el servicio con lo femenino y lo subalterno.

Este cruce es clave porque el insulto presirvienta no es gratuito: se apoya en el desprecio histórico hacia el trabajo feminizante y subordinado para usarlo como arma política y restarle autoridad a una mujer en el poder. Incluso una presidenta con formación académica, trayectoria científica y un respaldo electoral inédito puede ser “simbólicamente reducida” a través del lenguaje, no llamándola presidenta, sino recordándole de manera clasista y misógina que su mando es puesto en duda, que su autoridad se considera frágil, condicional y fácilmente revocable. La violencia no está en el trabajo al que alude el insulto, sino en su uso para disciplinar a una mujer y sugerir que, aunque gobierne y presida, no se le reconoce plenamente el derecho a mandar.

Como ha señalado Ochy Curiel, todos los hombres están socializados en el machismo, pero no todos se benefician del poder patriarcal. El patriarcado no es una suma de individuos, sino una estructura que distribuye jerarquías, privilegios y desposesiones de manera desigual.

En el caso de las mujeres, esa estructura opera, a veces, de forma inversa: incluso cuando llegan al poder, no se les concede plena legitimidad. Su autoridad no se da por sentada, se pone a prueba constantemente. El insulto machista funciona entonces como una corrección social: no sanciona una decisión política concreta, sino una posición de poder. La violencia no busca necesariamente expulsarla del cargo, sino “degradar” simbólicamente su lugar, bajarla del mando a “la servidumbre”, del gobierno a la obediencia.

Aquí aparece otro rasgo central de la violencia política de género: el doble rasero. Muchas de las decisiones que se le reprochan hoy a Sheinbaum no son inéditas en la política mexicana. Continuidades con gobiernos previos, centralización del poder, estilo técnico, cercanía con un liderazgo anterior. Todo eso y con sus matices en presidentes hombres fue leído como gobernabilidad o ejercicio legítimo del poder. En ella, lo mismo se interpreta como servilismo, incapacidad o falta de carácter propio. El acto es el mismo pero la lectura cambia porque el cuerpo que gobierna es femenino.

Vale la pena detenerse en la comparación. A Enrique Peña Nieto se le llamó pendejo, ignorante, inepto, si nos ponemos generosas y autocriticas vivió acoso porque constantemente era “piropeado” con dichos como “Peña, bombón, te quiero en mi colchón”. A Felipe Calderón se le acusó de autoritario, de criminal, de irresponsable, de borracho, o en mexicano, pedote. Esos insultos son duros, incluso feroces, pero no son violencia política de género. Pendejo no activa una jerarquía histórica de subordinación. No le dice a un hombre que está en el poder “por error” o que su lugar natural es servir. No lo devuelve a un rol social leído históricamente como inferior. En cambio, sirvienta sí lo hace. Por eso no todos los insultos son equivalentes. Algunos humillan, otros ordenan el mundo.

Este mecanismo no es exclusivo de México. A otras jefas de Estado les ocurrió antes en distintos países y con distintos lenguajes. A Angela Merkel se le redujo durante años a su vestimenta, a su peinado, a su supuesta falta de carisma. Su estilo sobrio fue leído como frialdad, como déficit emocional, como incapacidad de liderazgo. No porque gobernara mal, sino porque no “performaba” el poder como se esperaba de una mujer. Ahí es donde la teoría de Judith Butler deja de ser una cita académica y se vuelve una herramienta concreta: el liderazgo también es una performance regulada, y los cuerpos que no encajan en ese guion son castigados simbólicamente. Era la abuelita, no la poderosa canciller alemana.

A Michelle Bachelet se le cuestionó la maternidad y la emoción. A Dilma Rousseff se le patologizó el carácter. A Cristina Fernández de Kirchner se le sexualizó la autoridad y se usó su vida personal como arma política. A Jacinda Ardern se le reprochó gobernar con empatía, como si el cuidado fuera incompatible con la firmeza. Cambian los contextos, pero la estructura se repite: cuando una mujer gobierna, el debate se desplaza del terreno político al machismo, del programa de gobierno al cuerpo y la ropa, de la decisión política al cuestionamiento de la vida sexual.

En México, presirvienta cumple esa misma función. No busca convencer ni argumentar. Busca disciplinar. Como ha señalado Rita Laura Segato, la violencia no siempre pretende destruir, muchas veces pretende enseñar. Enseñar cuál es el lugar que corresponde a cada una. El mensaje no va dirigido solo a la presidenta, sino a todas las mujeres que observan el poder desde cerca: si llegan, serán vigiladas. Si mandan, serán castigadas. Si gobiernan como los hombres, serán juzgadas con una vara más cruel. Las palabras corrupta, inepta, militarista y autoritaria serán reemplazadas por puta, frígida, chichis de limón, ropa de abuelita o sirvienta. Porque el interés no es elevar el debate político y fortalecer la democracia, sino recordarnos a las mujeres que nuestro lugar está en la subordinación.

Responder a este tipo de violencia con “pero sí gobierna bien” o “pero sí toma decisiones” es insuficiente. El problema no es la gestión concreta, sino el marco simbólico desde el cual se la juzga. Presirvienta no discute políticas públicas: activa un imaginario clasista y colonial que asocia el mando con lo masculino y el servicio con lo femenino. El insulto no cuestiona una decisión, sino el derecho mismo de una mujer a ejercer autoridad, “reduciéndola simbólicamente” a una posición de servidumbre para sugerir que su poder no es propio, sino prestado, frágil y revocable.

El insulto no habla de Claudia Sheinbaum. Habla del orden social que todavía necesita recordarles a las mujeres cuál es su lugar. Y cuando ese lugar se desobedece, el lenguaje hace el trabajo sucio. No como exabrupto, sino como archivo histórico de dominación. Decir presirvienta no es hablar claro. Es hablar desde el amo blanco, el patriarca.

Y mientras no nombremos esa diferencia, vamos a seguir confundiendo crítica política con violencia política de género. Vamos a seguir creyendo que todo es debate, cuando en realidad se trata de disciplinar el poder femenino. Porque a los hombres se les discute. A las mujeres se les corrige.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_