Morir de una errata
El fallecimiento de José Martínez de Sousa nos recuerda que los correctores son indispensables para la buena literatura


Ha muerto el experto en lexicografía y ortotipografía José Martínez de Sousa, el gran gurú de los correctores españoles. Los correctores son una de las especies más curiosas del ecosistema literario. Yo desempeñé esa tarea un tiempo, casi por azar. Hice una traducción para Prensas de la Universidad de Zaragoza y, cuando fui a devolver las galeradas, pasé un rato hablando de cuestiones ortotipográficas. Me dijeron: “¿Te gustaría corregir libros con nosotros?“. Siempre atento a posibilidades de hacerme rico, detecté una oferta que no podía rechazar.
Así fue como conocí a Fernando Baras, que era el jefe de corrección de Prensas y se jubila este mes de marzo. Enjuto, serio, culto, paciente, minucioso y amable, Baras me explicó las bases del oficio, me enseñó la terminología y me recomendó que comprara libros de Martínez de Sousa: era el guía. Durante años, Fernando me escribía ocasionalmente para ver si quería ayudar con algún texto. Corregí libros de antropología, arqueología e historia, un ensayo de Emilio Lledó o la genial Trilogía de Zabala, de José María Conget.
Veo manuscritos desde pequeño y he trabajado mucho con correctores: con Pilara Pinilla, en Xordica; con Carmen Carrión, Lourdes González, Oriol Roca o Álvaro Marcos, en Penguin; en Letras Libres, con Emmanuel Noyola, Zita Arenillas y Elvira Vicién, Tani. Me gustan las historias del gremio. Una de mis preferidas es la de un libro cuya portada llevaba mal escrito el nombre del autor, sin que se dieran cuenta los editores, los correctores ni —por supuesto— el autor. Mi frase favorita sobre el asunto, como persona que ha sufrido y producido fallos, es de Juan Ramón Jiménez: “Un día me moriré de una errata”. Las conversaciones con los correctores pueden ser talmúdicas: si hacemos esto aquí, debería ser igual en otro sitio, pero por esa regla de tres, aunque aquí, etcétera. “El autor dice que es estilístico”; “ya estamos con lo de siempre”. Es mejor tener una norma discutible que ninguna, decía Martínez de Sousa.
Como en medicina, lo principal es no hacer daño. Y todas las publicaciones que se precien tienen excentricidades. El corrector, cuando lo hace bien, no se entera de qué va su texto: la lectura es técnica y muy pautada. Por eso, Rodolfo Walsh creó un detective corrector que resolvía el asesinato de un colega a partir del conocimiento del oficio: la víctima había tenido tiempo de leer determinadas páginas y eso ayudaba a establecer el momento del crimen. El detective llevaba las iniciales del narrador Dashiell Hammett y se llamaba Daniel, porque, según Walsh, el profeta de la Biblia había sido el primer detective: eso es lo que son en el fondo todos los correctores.
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