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columna

Quedar en la Wikipedia

Sánchez ha elegido enfrentarse a las fuerzas digitales más temibles. Y no me refiero a Elon Musk o a las plataformas, sino a los niños y adolescentes

Wikipedia vs ChatGPT

Veo a Pedro Sánchez defender la prohibición de las redes sociales a los menores de 16 años y pienso en cierto niño que conozco y que tardaría menos en saltársela que en comerse la merienda. A los 11 años, encontró la forma de chatear sin permiso con sus compañeros de clase. No les dejaban usar los ordenadores del aula, así que cuando localizó un error en Wikipedia y su padre le explicó que eso ocurría porque cualquiera puede escribirla y editarla, ató cabos. Organizó al resto: se encontrarían todos en la página de un mineral poco conocido y allí podrían hablar tranquilamente hasta que alguien se diera cuenta. También usó otra página para comunicarse a dos con un amigo. Durante un tiempo, la Wikipedia en español del —es un decir— wolframio fue el chat de los chavales de un cole riojano. En minutos y de forma pública y oculta a la vez, a la vista de todo el mundo y sin que nadie lo supiera, la Wikipedia había sido convertida en una red social.

El presidente del Gobierno ha elegido enfrentarse a los instintos de las fuerzas digitales más temibles. Y no me refiero a Elon Musk o a las plataformas (“más ricas y más poderosas que muchos países, incluyendo el mío”, dijo), sino a los niños y adolescentes. Es decir, unos seres humanos caracterizados por su espíritu desafiante, por su gran capacidad de aprendizaje y por priorizar la relación con sus congéneres ante todas las cosas.

La medida se enmarca en un plan más amplio contra los abusos de las plataformas que tiene todo el sentido en un nuevo orden mundial donde los antiguos aliados ya no lo son, y está tramitándose en el Congreso dentro del proyecto de ley para la protección de los menores en entornos digitales. Sigue los pasos de Portugal, Francia o Reino Unido. Australia fue el primer país del mundo en impedir, desde el pasado diciembre, el acceso a las redes a millones de menores. No hay, por tanto, demasiada experiencia previa sobre un experimento similar. Ni siquiera existe consenso científico sobre si los móviles son buenos o malos a esa edad (o a cualquier otra). Un estudio publicado este mes por la Universidad de Mánchester siguió la evolución de 25.000 niños y niñas de entre 11 y 14 años a lo largo de tres años, y concluyó que ni las redes ni los videojuegos se relacionan con el empeoramiento de su salud mental. El debate se suele centrar en los efectos psicológicos de la tecnología, pero puede generar otro tipo de problemas. Y dejando aparte los informes, sobre lo que sí existen evidencias es de la mala fe de las plataformas, que fomentan la violencia, el acoso, la sexualización, la polarización, el engaño y la adicción de los menores por el bien del negocio.

La discusión sobre las puertas y el campo es tan vieja como internet, y viene acompañada por la hipervigilancia ante una potencial pérdida de libertades. Porque, ¿quién decide qué es una red social?, ¿qué órgano la supervisa?, ¿cómo garantizar que actúa de forma efectiva, pero sin extralimitarse? También hay que preguntarse cómo podemos impedir que caigan en otras tecnologías inseguras para acceder a lugares aún más peligrosos y ocultos de internet. Y, sobre todo, de qué manera proteger su derecho a aprender, crear, relacionarse, informarse, expresarse y divertirse. Muchas cuestiones complicadas pueden ser ciertas a la vez: hay verdad en que las redes son atroces, pero también en la cuestión que plantea Ezra Scholl, un quinceañero australiano cuadrapléjico, en The Guardian: “¿Qué pasa con quienes estamos aislados?”.

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