Muere el lingüista José Martínez de Sousa, autor de diccionarios y manuales de referencia
Fallecido a los 93 años, fue una voz con rigor, por su valentía para señalar errores y ofrecer soluciones alternativas

“Míralo en el Sousa" es la frase propia de los profesionales del lenguaje, la redacción, la corrección, la traducción, la lexicografía o de las artes del libro. Don José Martínez de Sousa se convirtió en epónimo (si no sabe lo que es, “míralo en el Sousa“), como el Moliner o el Seco. Ese es un cielo reservado que no se consigue ni opositando ni buscándolo: te lo ganas a pulso, aupado con el reconocimiento de miles de profesionales que ven en ti, en tus razones, tu experiencia y sabiduría, un apoyo firme para avanzar. Porque “mirar el Sousa", consultar su Diccionario de dudas o el MELE (Manual de estilo de la lengua española) es conseguir certezas ante las dudas: cursivas o comillas, mayúscula o minúscula, arábigos o letras.
José Martínez de Sousa, nacido en O Rosal (Pontevedra) en 1933 y fallecido el 27 de enero en Barcelona a los 93 años, fue el joven que salió de Galicia, aprendió las artes de la impresión en Sevilla y demostró su valor en Barcelona. Del trabajo humilde de recopilar dudas en fichas, pasó a razonarlas, a ordenarlas, a dar explicaciones que salían de la norma académica. Con el tiempo, sus textos fijaron los criterios que, aún hoy, orientan la edición y la corrección en español. Sus manuales son normas de grupos editoriales y de comunicación de ambos lados del charco. Pepe —como quería que lo llamáramos— fue, ante todo, un artesano del lenguaje, con autoridad propia y coraje.
Fue una voz con rigor, por su valentía para señalar errores y ofrecer soluciones alternativas —basadas en su experiencia y en la tradición del mundo del libro—. Esa independencia y tono crítico frente a las instituciones no le ganaron favores: la RAE no consideró ofrecerle un sillón académico, a pesar de ser una autoridad de su altura, con el reconocimiento unánime de los profesionales del libro y del lenguaje
Fue un maestro generoso, compañero de conversación, feroz y agudo en sus debates y en su humor, el corazón de la lista de expertos —y amigos al fin y al cabo— Apuntes. Por eso, celebro habérselo podido agradecer en vida, cuando en el 2007, lo propuse como el candidato más idóneo para que el Ateneo de Madrid le rindiera el homenaje que merecía con su medalla al mérito cultural.

Se nos fue el maestro; quedan su legado y la estela de quienes aprendimos de él. Nos quedan cientos de páginas gastadas, marcadas y garabateadas como solo ocurre con los libros que de verdad necesitas y te siguen acompañando, con la impronta de su figura.
Adiós, Pepe. Tu nombre ya está con Caramuel, Blasi, Martínez Sicluna o Sigüenza y Vera. Esa sensación de orfandad que nos queda a los correctores —clan en el que me reconozco—, hoy quedará resuelta cuando alguien nos pregunte por la palabra “epónimo”, y ante la duda, tras mirar en sus libros, responderemos «lo que diga Sousa», porque sigue a nuestro lado.
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