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Tribuna

El mantra de la ‘tercermundización’ de España

Se está produciendo la ruptura del contrato entre el Estado y quienes ya no esperan que funcione y es un mal que corre el riesgo de extenderse

Cada vez que ocurre una tragedia en nuestro país, hay un mensaje que recorre las redes sociales: “España va camino de la tercermundización”. Y cabría ir a la raíz de ese mantra, que se extiende como la pólvora entre algunos jóvenes, y no tanto. Va más allá de llorar cualquier pérdida humana o de protestar con dolor e indignación como el resto de los ciudadanos. Consiste en que la conclusión que sacan ante cualquier desgracia —ya sea una dana que arrasa cientos de vidas, un mortífero accidente ferroviario o un apagón inédito— parece escrita de antemano: sostienen que España transita inevitablemente el camino de la degradación.

Algunos creerán que ese marco mental es causa de la aparición de partidos como Vox, que es de los más insistentes al hablar de ruina nacional. La realidad es que la formación de Santiago Abascal solo está capitalizando la existencia de esa sensación preexistente. Precisamente, el discurso de la “tercermundizacion” está tan escindido de la ultraderecha oficial que, aunque Abascal dé a entender que todo se solucionará echando a la izquierda del poder, muchos siguen pensando que ya no hay vuelta atrás. La tesis, pues, es síntoma de algo más profundo.

Primero, asistimos a un momento antipolítico de decepción con el sistema. Cabe recordar que en los años posteriores al 15-M existió un período de ilusión: allá por 2015 parecía que la entrada de nuevos partidos en el Congreso serviría para reformar los males profundos de nuestro país; falta de transparencia, asunción de responsabilidades políticas, sentimiento de impunidad ante los casos de corrupción, etc. En cambio, hoy muchos ciudadanos, que entonces eran jóvenes, han vivido lo suficiente como para caer en la cuenta de que varios vicios estructurales de nuestra democracia no se han corregido. La mayor diferencia es que ahora tenemos más partidos en las instituciones, más jaleo o declaraciones constantes. Por tanto, si revolotea una especie de decepción sutil sobre el cambio político es porque antes hubo expectativas de mejoría democrática.

Sin embargo, hay algo que no es generacional en ese diagnóstico, sino sustantivo. Por ejemplo, el expresidente Carlos Mazón tardó un año en dimitir tras la gestión de la Generalitat durante la dana, y es la justicia la que está arrojando algo de luz al respecto. Por su parte, el Gobierno sigue pasando por encima sobre las causas del apagón, pero optó en los meses posteriores por un mayor uso del gas, sin prodigarse en demasiadas explicaciones. Vuelve aquella sensación que tuvieron en su momento los indignados de 2011 de que, ante cualquier hecho, nunca se acababan de rendir cuentas políticas. Eso alimenta ahora el imaginario del retroceso: si hace diez años aún existía la sensación de que las cosas podían reformarse a mejor —como los vicios de la clase política—, en la actualidad, el nihilismo subyacente parte de la certeza de que probablemente no. Por esa regla de tres, muchos ciudadanos ya están a la defensiva sobre cuándo sabremos las causas definitivas del accidente ferroviario.

Segundo, ya hay una generación de jóvenes que se está socializando en la desesperanza. El hecho de estar creciendo sin expectativas de tener una vivienda digna o buenos salarios hace lógico que sean el nicho más proclive a creer que el Estado es fallido; porque a ellos les falla. Fabricar juventud sin aspiraciones de un mañana mejor no solo es un problema de sus asuntos particulares, sino que crea imaginario, construye una visión sólida, por décadas, sobre qué esperar de la cosa pública. Allí donde sus dramas no obtienen solución, la tendencia de muchos será a pensar que tampoco los de la nación.

Tercero, las infraestructuras son algo paradigmático para cualquier país porque plantean una visión a largo plazo. Aún están por esclarecerse las causas del accidente de Adamuz, algo ineludible, porque lo contrario solo puede que alimentar la desconfianza colectiva. Al margen de ello, entre los profesionales existía una advertencia que era previa al hecho concreto: pese a la inyección del Gobierno en 2023, los expertos advierten de que la inversión en mantenimiento sigue siendo insuficiente para los próximos años, especialmente a la hora de afrontar el aumento de pasajeros y la liberalización del sector, en un contexto de intensificación del uso de la red.

En definitiva, la idea de la “tercermundización” es una señal de alarma democrática. No anuncia el colapso de España —hay muchos indicadores que hacen de ello una exageración— pero sí habla de algo más sutil: la ruptura del contrato psicológico entre el Estado y quienes ya no esperan que funcione según sus expectativas o con la rendición de cuentas necesaria. Corre el riesgo de extenderse a otros ámbitos, como la sanidad pública —cuya percepción social no atraviesa el mejor momento— o la educación —hay voces anunciando la avería del ascensor social—. La pregunta es si ese pronóstico se volverá estructural —como es el estancamiento de la clase media desde hace dos décadas — o si todavía pueden sostenerse cambios políticos a futuro. Los marcos mentales solo se combaten cuando dejan de encontrar elementos para reafirmase en el mismo mantra.

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