Lo de Trump es para hartarse de reír
Podemos ser actores pasivos ante el dominio de las redes y su lenguaje por el trumpismo o explorar las formas de proteger nuestro espíritu crítico


La mejor comunicación de la Casa Blanca sobre la captura de Maduro en Venezuela se encuentra en una publicación de X que ha superado los once millones de visualizaciones. Se trata de un montaje de vídeo —apenas cuarenta segundos— en el que Donald Trump aparece asumiendo la presidencia de Venezuela. En el clip, generado con inteligencia artificial, el cabello color panocha del presidente se ha transformado en un pelazo moreno. El personaje luce, además, un notable bigote. El resultado es un híbrido entre Trump y Maduro que sonríe a la cámara y declara en un español chapucero: “¡Vamos a hacer a Venezuela grande de nuevo! Vamos a tener una gran fiesta, con todo, los tacos que quieran, mucho mariachi y mamacitas”. Resulta francamente complicado evitar la carcajada.
OK, WHO DID THIS???🤣🤣🤣 pic.twitter.com/wbfEhKwe0V
— il Donaldo Trumpo (@PapiTrumpo) January 4, 2026
En X proliferan cuentas que se han especializado en este registro. Algunas se presentan abiertamente como parodias y otras se mueven en un terreno ambiguo entre el humor, la propaganda y la desinformación. Es el caso de “Il Donaldo Trumpo”, del que partió la difusión del vídeo del Trump convertido en Maduro. Se trata de un perfil de X que nació en 2021, cuando Trump fue expulsado de Twitter. Desde entonces, ha sido su mejor embajador gracias a una mezcla de sátira, spanglish caricaturesco y el culto al presidente. Sabe ridiculizar a los rivales de Trump y difunde imágenes manipuladas o fuera de contexto que refuerzan las narrativas trumpistas. Lo que empezó como una sucesión de chistes ha terminado por consolidar a un actor de la comunicación política que tiene ahora peso propio.
Al margen de las grandes estrellas del troleo en las redes sociales, la inteligencia artificial ha multiplicado hasta el infinito la posibilidad de que cualquier usuario genere contenidos hilarantes. Las bromas son, a menudo, la primera reacción que encontramos en las redes cuando se producen crisis como la actual, que nos ponen los pelos de punta. Ahora el humor siempre está cerca. Los episodios históricos producen escenas para el sainete global. Quizás nunca sepamos exactamente cuántas personas murieron en el asalto a Caracas, pero no olvidaremos el chándal gris de Maduro, convertido casi en un objeto de culto. En el espectáculo político, los acontecimientos no necesitan explicación, sino entretener al personal.
No tendríamos periódico suficiente para describir todos los memes y vídeos que han circulado estos días en las redes con el objeto de hacernos reír. Como el de Trump bailando en la habitación de un Maduro durmiente, el numerito del dictador venezolano junto a sus captores en el hangar de uno de los aeropuertos neoyorquinos o el álbum de las falsas fotos de Trump y Elon Musk que invitan a Maduro a una barbacoa en la Casa Blanca. Cuanto más divertido resulta el contexto que rodea a un hecho grave como el acaecido en Venezuela, más fácil resulta aceptarlo. Cuando reímos, bajamos la guardia. La información parece entrar por otra vía y se procesa como algo más ligero. Los conflictos parecen suavizarse y no resultan tan trascendentales.
Wicked Game pic.twitter.com/n8CEJlWjyW
— Stoned🍄Ape (@StonedApe) January 5, 2026
Trump, el gran personaje cómico del sistema, ha aprendido a sacar toda la rentabilidad de este paradigma y del entorno que lo favorece: las redes sociales, ahora también bajo su control. Como señala acertadamente Charlie Warzel en The Atlantic, Trump ha consolidado la gobernanza del contenido. Cuando le vemos exagerar, amenazar, insultar sin complejos o gesticular ridículamente, ha sacado al personaje para acaparar la atención del mundo. Trump lanza el humor como carnaza a una constelación de cuentas que amplifican su figura y lo mantienen siempre en el escenario.
Este contexto nos obliga a tomar algunas decisiones como ciudadanos. Podemos ser actores pasivos o explorar las formas de proteger nuestro espíritu crítico. No se trata de refugiarse en una supuesta pureza informativa, sino de diversificar y acudir a otras fuentes o plataformas donde el algoritmo no condicione de forma tan intensa nuestro pensamiento.
Tampoco se trata de demonizar la risa ni de renunciar al humor político. Reírnos forma parte de nuestra manera de procesar la realidad y nos ayuda a sobrevivir en este mundo al revés. Pero no convendría olvidar que, a veces, también nos enseña a aceptarlo sin hacer demasiadas preguntas.
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