Al menos una buena noticia
Las lectoras y los lectores escriben sobre la investigación sobre el dolor, la comercialización de la vida diaria, los presidentes de EE UU y el deterioro de Madrid

Me ha llamado mucho la atención, entre las funestas noticias publicadas en este periódico este viernes, el descubrimiento por parte de un grupo de investigadores de una especie de interruptor del dolor; una compleja y genial operación mediante la cual se silencia a un grupo de neuronas que se activan con el dolor. Es de lo más oportuno y consolador que entre tanta ocupación, invasión, bombardeo, vulneración del derecho internacional, del derecho humanitario, de la justicia en suma, el ser humano haya logrado acabar con el dolor. Un signo más de progreso.
Manuel Domínguez Ferro. Pontedeume (A Coruña)
Cansada de que me vendan
Cansada de que me vendan la crema antiedad milagrosa, del restaurante que no me puedo perder, del curso imprescindible para aprender a gestionar mis emociones bajo estrés, el libro que me cambiará la vida. Cansada de que, detrás de cada recomendación aparentemente sincera, haya una marca, una estrategia, una publicidad —a veces visible, otras cuidadosamente camuflada—. Estoy cansada de vivir en alerta permanente, leyendo entre líneas, preguntándome qué hay detrás para “que no me la cuelen”.
Ana Rosario Moreno Robles. Murcia
Los buenos presidentes
Estados Unidos ha tenido presidentes chapeau. Dwight Eisenhower advirtió del complejo militar-industrial. John Fitzgerald Kennedy lanzó el Cuerpo de Paz. Jimmy Carter mantuvo su integridad hasta el punto de resultar políticamente ineficaz. Barack Obama escuchaba antes de decidir. Conocían el peso de la responsabilidad histórica y entendían que el cargo les obligaba a algo más grande que ellos mismos. Donald Trump elimina incluso esa aspiración. Reduce todo a transacción y espectáculo narcisista. No es que revele una verdad oculta sobre Estados Unidos, es que abandona conscientemente lo mejor que ese país ha producido: su capacidad de construir instituciones internacionales y de sentir responsabilidad hacia el orden mundial.
Andrés Magaña García. Valdemoro (Madrid)
Qué triste, Madrid
Qué triste es comenzar poco a poco a detestar la ciudad que te ha criado. La misma que te empujó entre los columpios de los parques ahora cumple la misma función arrinconándote hacia la esquina más recóndita del punto de la letra “i” de periferia. Qué triste es salir de casa para ir a trabajar con 22 años antes de lo que sale tu padre. Tu padre, que cuando eras pequeña sentías que era quien encendía las luces de la calle. Qué triste que la vida se reduzca a una radio, un estómago vacío durante las dos primeras horas de la mañana y ahora, además, frío. Cada vez más frío. Madrid, yo no quería, pero ya no te aguanto. Y ahora cada mañana suspiro al pensar en consultar mi vida laboral, en la ironía que supone haber crecido entre cemento y hormigón, y mantener un solo deseo. Jubilarse frente al mar o, al menos, jubilarse.
Yaiza Rubio. Alcorcón (Madrid)
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