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Un interruptor del dolor en el cerebro: un experimento logra acabar con el sufrimiento sin efectos secundarios

Un estudio en ratones prueba que es posible eliminar la sensación de dolor a la vez que se evita el riesgo de adicción de los opioides

Dolores

En 2006, la revista Nature publicó un estudio sobre algunas familias en Pakistán que no sufrían dolor por una mutación en el gen SCN9A. Una de esas personas, un adolescente que se ganaba la vida como faquir, murió al saltar desde un tejado con solo 13 años. El dolor es algo que evitamos continuamente, pero no sentirlo es un defecto catastrófico porque deja ciegos ante el peligro. Pero esa señal imprescindible también se puede convertir en la fuente de sufrimiento más inútil. Hasta una de cada cinco personas viven con dolor crónico, un padecimiento que, muchas veces, continúa años después de la curación de una herida.

Para gestionar este dolor, una de las herramientas más útiles son los opiáceos, fármacos de la familia de la morfina o la codeína que se unen a los receptores opioides del sistema nervioso central. Pese a su eficacia, tienen un efecto muy general, y además de quitar el dolor, activan todo tipo de neuronas que no están implicadas, pueden provocar asfixia y, para mucha gente, son tremendamente adictivos. La revista Nature publicó el miércoles un estudio con ratones con el que un grupo de investigadores logró algo parecido a un interruptor preciso y más o menos inocuo del dolor, apagando la experiencia emocional que hace sufrir sin eliminar la sensación, que es protectora.

Se sabe que no todos los receptores opioides hacen lo mismo, ni todas las neuronas que los expresan cumplen la misma función. Los investigadores se centraron en un grupo de neuronas específico de la corteza cingulada anterior, una región del cerebro implicada en la evaluación emocional del dolor y el sufrimiento. Ahora, hay algunos casos muy graves de dolo crónico, sobre todo en cáncer, que se tratan con una cingulotomía, una cirugía que extrae la corteza cingulada anterior completamente o en parte. Cuando tiene éxito, los pacientes dejan de sufrir por su dolor, aunque mantienen los estímulos dolorosos.

El equipo de científicos, de varias instituciones estadounidenses, identificó las neuronas que se activan con el dolor y poseen receptores de opioides. Después, utilizando ingeniería genética, insertaron en esas neuronas un interruptor diseñado en laboratorio que no responde a los neurotransmisores naturales y se podía activar para silenciar temporalmente solo ese grupo de neuronas tomando un fármaco inocuo. El efecto beneficioso era parecido al de la morfina pero sin su poder adictivo. De una forma similar a los pacientes que reciben una cingulotomía, los ratones mantuvieron la función sensorial protectora del estímulo doloroso sin la angustia asociada.

El resultado se consiguió sin una cirugía invasiva y los resultados duraron, al menos, una semana sin que se viesen signos de tolerancia, ofreciendo una prueba de concepto de lo que podría ser una forma de tratar el dolor crónico de una forma precisa, reversible y sin los riesgos de adicción o de muerte por depresión respiratoria que acompañan a los opioides convencionales. Los animales seguían detectando los estímulos dolorosos, retirando la pata cuando les hacían daño y conservando ese reflejo protector, pero sin cambios en el comportamiento exagerados y no justificados por la amenaza real, como el que afecta a las personas con dolor crónico. “Hasta donde sabemos, esto representa la primera terapia génica del mundo dirigida al sistema nervioso central para el dolor, y un plan concreto para crear medicamentos analgésicos no adictivos y específicos para circuitos neuronales”, ha dicho Gregory Corder, investigador de la Universidad de Pensilvania (EE UU) y uno de los autores principales del trabajo.

Aunque los autores del estudio aspiran a que la tecnología empleada se convierta en un tratamiento del dolor crónico, su objetivo más cercano es comprender mejor algo tan inseparable de la existencia humana y tan desconocido como primer paso para poder tratarlo de manera más precisa. En este sentido, una de las aportaciones más importantes de este equipo científico es la creación de LUPE (Evaluador Automático de Dolor por Luz, de sus siglas en inglés), una plataforma de aprendizaje profundo que analiza comportamientos de dolor espontáneos en animales, mejorando su valor como modelo para acelerar el descubrimiento de fármacos y su llegada a los humanos.

En un artículo que también publica Nature, Nicolas Massaly de la Universidad de California en Los Ángeles y Monique Smith, de la Universidad de California en San Diego, destacan que este estudio “refuerza la visión creciente en neurociencia de que el dolor no es solo una señal sensorial, sino un estado dinámico del cerebro moldeado por la percepción, la memoria y la emoción”.

Esta comprensión profunda del dolor podría permitir encontrar mejores soluciones para trastornos psiquiátricos derivados del dolor crónico, como la depresión o las adicciones, que pueden arrastrar a los pacientes a un círculo vicioso. Además, conocer las neuronas implicadas en determinadas facetas del dolor, puede ser útil para aplicar técnicas menos invasivas y caras que la terapia génica. “Por ejemplo, ya se usa el ultrasonido focalizado de alta intensidad (no invasivo) para tratar temblores en la enfermedad de Parkinson”, escriben Massaly y Smith.

Aunque el dolor siempre parezca algo detestable, los autores advierten frente a la expectativa de eliminarlo del todo. Para el futuro, consideran que más que una píldora que borre todo el dolor, se desarrollen terapias que traten el dolor como una sensación pura en lugar de una amenaza. Que se evite la carga afectiva del dolor crónico sin que se nos olviden los riesgos de saltar de un tejado.

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Sobre la firma

Daniel Mediavilla
Daniel Mediavilla es cofundador de Materia, la sección de Ciencia de EL PAÍS. Antes trabajó en ABC y en Público. Para descansar del periodismo, ha escrito discursos. Le interesa el poder de la ciencia y, cada vez más, sus límites.
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