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Las Otras Vidas
Tribuna
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Patriotas, gente de orden

Yo creía de joven que los conservadores eran los adversarios contra los que me rebelaba; ahora son los sucesores de aquella gente los que quieren arrasarlo todo

En las imágenes de la segunda toma de posesión de Donald Trump, va a hacer justo un año, cuesta mucho distinguir a uno de los pocos invitados extranjeros. En la primera fila está su propia familia, alineada con la misma prominencia orgullosa que la familia de don Corleone en El Padrino; en la segunda fila, siguiendo una jerarquía visual parecida a la de un friso bizantino, se agrupan los oligarcas de las compañías tecnológicas, satisfechos y dóciles, pues el nuevo déspota va a desvivirse por asegurarles una primacía mundial que ningún gobierno extranjero se atreverá a resistir; hay que llegar a la tercera fila para encontrar a los miembros del gabinete, o consejo de ministros, que en un país tan presidencialista como Estados Unidos son poco más que comparsas, destinados a rendirle una pleitesía nunca suficiente, transmitida en directo por la televisión, sin que haya noticias que a ninguno de ellos se le caiga la cara de vergüenza, ni tenga límites siquiera de verosimilitud en una bajeza no inferior a la de un cortesano del líder supremo de Corea del Norte. Así es el mundo ahora. Muy al fondo, relegada a un espacio estrecho contra la pared, y más difícil de ver por su baja estatura, está la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, ávida de visibilidad en la corte de Trump pero casi invisible, como una azafata o camarera que intentara abrirse paso entre una compacta multitud de gente poderosa, dotada de esa facultad de los muy ricos para no ver a sus inferiores, aunque estén a un paso de ellos. La gran adalid de la patria italiana, la defensora de una soberanía nacional amenazada por inmigrantes de piel oscura y burócratas europeos de traje azul, está dispuesta a aceptar cualquier postergación con tal de aparecer en una foto en la que apenas se la ve, aunque se ponga de puntillas para lograr que al menos una parte de su cabeza rubia pueda verse entre los pectorales y los hombros de levantadores de pesas de magnates del petróleo o agentes del servicio secreto sobrealimentados de carne roja y anabolizantes.

La sorpresa de los patriotas más extremos es que celebren con tanto fervor la invasión de un país desgobernado pero soberano, y que muestren una admiración sin reservas por un bárbaro emperador borracho de poder que está dispuesto a pisotear la independencia de cualquier país que no sea el suyo o que no sea una dictadura. Pero aún más indigna que la sumisión de la extrema derecha es el nerviosismo, el desconcierto, la confusión de la otra derecha que hasta hace poco hacía algún esfuerzo para alejarse de la extrema, aunque ahora se desviva en contorsiones y guiños para atraer a sus fieles y comprar de un modo u otro a sus dirigentes. Las derechas españolas han querido apropiarse de los símbolos del Estado y de la exclusiva del patriotismo, lamentablemente en colaboración con esa parte de la izquierda que no pronuncia la palabra España para no parecer centralista, o incluso fascista, y que lleva medio siglo adorando cualquier forma de separatismo. La derecha que hace no tantos años colgaba en todos los balcones la bandera de España, con o sin el escudo constitucional, y con una agresividad no inferior a quienes la quemaban en público, ahora aplaude cuando bajo las banderas enfáticas de Estados Unidos se impone el poder imperial en Venezuela, y se amenaza sin el menor reparo no ya a países de América Latina, a los que es fácil considerar inferiores, sino a la misma Europa, y por lo tanto a España. El líder del PP incurre en una extraña falta de elocuencia cuando le toca decir algo que no sea denostar a Pedro Sánchez, a su familia y a su Gobierno. Aparte de eso, no se sabe lo que piensa de nada, menos aún en asuntos internacionales, quizás porque el hombre sigue concentrado en aprender inglés. Pero los jóvenes de su partido, con la irreverencia creativa propia de la edad, han difundido por los vertederos de las redes sociales una foto manipulada en la que se ve a Rodríguez Zapatero esposado y con los ojos cubiertos con un antifaz, como Nicolás Maduro en el helicóptero donde lo llevaban secuestrado. Siendo tan patriotas, ¿están proponiendo que a un conciudadano suyo lo rapte un poder extranjero, vulnerando nuestra soberanía nacional, nuestras leyes, nuestra pertenencia a la Unión Europea?

A ver si va a resultar que los patriotas son otros. La siniestra edad de oro de los nacionalismos llenó Europa de partidos y gobiernos enajenados por la mitología de las patrias, la sangre y el suelo, el irredentismo de los pueblos siempre aplastados por otros, amenazados por enemigos interiores y exteriores, pero sobre todo interiores, judíos, comunistas, refugiados que huían de otras patrias. Todos y cada uno de aquellos campeones sanguinarios del patriotismo —en Francia, en Flandes, en Eslovaquia, en Hungría, en Rumania, en Croacia, en Ucrania, en la Italia de la república de Salò— se sometieron voluntariosamente a Hitler y colaboraron en sus políticas de exterminio, con una saña hacia sus compatriotas que llegaba a sorprender a los invasores alemanes. En España, el ejército y los poderes reaccionarios, con la piadosa ayuda de la Iglesia, se sublevaron en defensa de la pureza de la patria y de la sangre, frente a lo que en mi niñez se llamaba todavía la anti-España. Pero a aquellos grandes patriotas no les importó que aviadores alemanes e italianos masacraran a gente inerme que eran tan española como ellos. En su propaganda, la República identificaba su lucha con la resistencia del pueblo frente a los invasores franceses en 1808. En plena guerra, Rafael Alberti dirigió un montaje de la Numancia de Cervantes: era el sueño antiguo de la Constitución de Cádiz de 1812, la nación no como bloque identitario, sino como la expresión política de una soberanía colectiva cifrada en los derechos civiles y la igualdad ante la ley. Se llamaba patriotas, como recuerda Galdós en las primeras series de los Episodios, a los defensores de la nueva legalidad emancipatoria: serviles, servilones, eran los partidarios de Fernando VII, es decir, de la monarquía absoluta y de la religión inquisitorial.

La resistencia en Europa la lideraron comunistas, cristianos progresistas, judíos, gente a la que se le había negado el derecho a tener una patria. Como la bandera portuguesa en el 25 de Abril, la tricolor italiana era el símbolo alegre de una liberación nacional que congregaba a la inmensa mayoría después del referéndum que estableció la república, aboliendo una monarquía envilecida por la sumisión al fascismo, banderas cívicas y no embestidoras ni arrojadizas.

Va a pasar con el patriotismo algo semejante que con el conservadurismo, y con la defensa de la ley y el orden. Revolucionarios son ahora los que asaltaron a mano armada el Congreso de Estados Unidos, los que invaden países con una insolencia de potencias coloniales, saltándose una legalidad internacional que costó tanto construir, y que en realidad nunca fue muy sólida; revolucionarios son los plutócratas de la tecnología que no tienen ningún miedo de destruir las mentes humanas y los derechos de los trabajadores, en nombre de un utopismo delirante de ciencia ficción. La ley y el orden los defendemos nosotros: la ley que incluye la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y la del ordenamiento europeo y español; y el orden que nace no de la miseria y el terror, sino de la garantía razonable de que cada uno podrá vivir su vida en libertad, sin quedarse inerme frente a la enfermedad, la pobreza y el miedo. Yo creía de joven que los patriotas, los conservadores y las personas de orden eran los adversarios contra los que me rebelaba. Ahora son los sucesores de aquella gente los que quieren arrasarlo todo, con una furia de bolcheviques o camisas pardas. Nosotros somos tan conservadores que estamos empeñados en conservar la integridad de la condición humana, la supervivencia digna de la especie humana en la tierra.

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