Europalandia ante Americania
Hemos llenado de evocaciones esos formantes de palabras que significan territorio


Palombia no existe, pero suena a país. El creador de los tebeos de Spirou, necesitado de inventarse el nombre de un lugar sudamericano en el que ubicar una de las aventuras de su personaje, sumó los topónimos de Paraguay y Colombia e hizo nacer esta Palombia, que, sin extrañeza, creo que aceptaríamos como nombre de una nación. En una lengua, la formación de palabras se sostiene sobre el esquema de lo repetido y, en este caso, lo repetido son las numerosas denominaciones de países que acaban en –ia. Alemania, Grecia, Italia... han legitimado esta terminación en nuestro diccionario mental como marca típica de lugar. Y si la hemos naturalizado es porque antes la habíamos heredado de los mapas latinos, donde provincias del Imperio Romano o territorios asociados a una demarcación geográfica tenían ya esa ia en su final: desde Hispania a la Dacia, desde Germania a Arabia.
Somalilandia existe, pero, en cambio, no suena a país de verdad. Es un territorio que declaró hace años su independencia de Somalia y que no contaba con soberanía reconocida internacionalmente hasta que el mes pasado, por sorpresa, Israel decidió tratarla como nación con estatus soberano. Los motivos son, claro, de estrategia política y militar.
La Palombia de los tebeos de Spirou o la Sildavia que exploraba Tintín nos parecen más creíbles que un lugar real como Somalilandia. Y el motivo que explica esta contradicción está en Estados Unidos: es Disneyland, el parque temático inaugurado en California en 1955. En español, el Wonderland de Alicia (1865) fue el “País de las Maravillas” y el Neverland de Peter Pan (1904) se tradujo como “País de Nunca Jamás”. Podían haber sido Maravillalandia y Nuncalandia, pero sus versiones al español no pudieron aprovecharse de esa landia que a mediados del siglo XX empezó a adquirir en la lengua española connotaciones nuevas de espacio ideal, imaginario e infinito.
La terminación land es de ascendencia indoeuropea y tiene una gran historia de uso en la tradición anglogermánica. Significa terreno, estado, suelo, y lo que la precede suele ser el nombre de una zona o el gentilicio que se otorga a quien la habita. Es land lo que aparece en la lengua original de topónimos como Deutschland, England o Switzerland. En español, ese land se ha traducido como landa (Irlanda, Nueva Zelanda) pero, sobre todo, como landia, introduciendo en la terminación germánica el diptongo ia latinorromance. Lo vemos en topónimos de territorios del norte de Europa como Finlandia, Groenlandia o Islandia. Aparece también en países alejados de Europa pero vinculados por su historia a un nombre inglés: la vieja Siam es hoy Tailandia; naciones actuales como Lesoto o Esuatini fueron antes Basutolandia o Suazilandia, respectivamente.
Lo que en inglés se llama Somaliland se ha traducido en español como Somalilandia, un lugar que apenas había sido nombrado en los medios hispanohablantes hasta hace un mes y que en nuestros diccionarios mentales sufre una poderosa carga connotativa: aplicada a sitios que no nos resultan familiares, la terminación landia nos evoca fantasía e irrealidad, gracias a Disneylandia. Apoyados en el precedente de Disney, tiendas ochenteras con nombres del estilo Peluche’s o Bocata’s cambiaron sus toldos para llamarse Peluchelandia o Bocatalandia: los mismos influjos anglos con distintas terminaciones. Y aparecieron creaciones en landia para denominar con ironía a países citados como versiones ideales o desequilibradas de sí mismos: Mexicolandia o Peronlandia, por ejemplo, han sido nombres dados críticamente a México y Argentina. Españalandia no ha tenido mucho éxito como formación humorística porque en los últimos años se ha utilizado “Españistán”: otra terminación (-stán, del persa) que también significa lugar de y que circula sobre todo para países lejanos ubicados en Asia (los más desconocidos, los de Asia Central: Uzbekistán, Kazajistán, Tayikistán...) cuyas democracias vemos como inestables, recientes o fallidas. Cuando decimos humorísticamente Españistán queremos retratar aspectos mediocres de nuestra política interior o de nuestro comportamiento social.
Y esto es lo que concluyo: hemos llenado de evocaciones esos formantes de palabras que significan territorio, así que es hora de ser coherentes con el nuevo mapa de fuerzas que se deriva de la política internacional actual. Hagamos converger la connotación de estas terminaciones con su denotación, con la realidad de lo que el mundo empieza a ser. La vieja Europa se parece a una Europalandia ilusa que cree en su capacidad para controlar en algo la diplomacia internacional, y que apela a su influencia histórica y cultural para mantener su relevancia en un mundo que ya no es multipolar. Por su parte, para Estados Unidos ya no sirve el término Trumpland que usó en 2016 el cineasta Michael Moore al retratar el Estado de Ohio, cuando en un documental hizo campaña a favor del voto a Hillary Clinton. Estados Unidos parece estar buscando a las bravas su propia versión imperial con el océano Atlántico como nuevo Mare Nostrum: estamos ante una Americania expansionista que apunta al blanco de Groenlandia y proyecta sin rebozo sus ambiciones estratégicas sobre Venezuela. Mientras en Europalandia seguimos soñando con controlar algo, Americania se mueve sin que sepamos hasta dónde llegará. Los nombres nos sonarán a tebeo, pero esto empieza a dar escalofríos.
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