Patriota regala soberanía
La amenaza es existencial: está en peligro todo aquello que creemos justo y necesario


Una creería que el hecho de compartir nacionalidad garantiza una lealtad que está por encima de diferencias ideológicas, pero no hay dar por sentado que la crítica al rival político se detenga donde está el límite de la defensa de la soberanía propia. Sorprende estos días que los mismos que se vienen llenando la boca de patriotismo y griten España con ese timbre añejo se muestren de repente tan genuflexos ante las amenazas exteriores. Se disponen a obedecer servilmente al matón de la Casa Blanca, aunque perjudique a su propio país y sus ciudadanos, aunque desprecie la ley y los acuerdos internacionales. No sorprende que la extrema derecha voxista, tan populista y cínica, que no tiene más principios que sus intereses particulares, se adhiera al nihilismo destructor del ya casi dictador americano porque aspira a ejercer el mismo despotismo nada ilustrado. Es lo que tiene el fascismo. Pero ¿y la derecha supuestamente más moderada, más centrada, más racional y de corte liberal? ¿Sería capaz de defendernos a todos ante las embestidas de ese neoimperialismo o regalaría España a cualquiera que criticara o atacara al Gobierno? ¿Serán leales a esa nación que tanto han venido defendiendo frente a supuestos enemigos interiores o se acobardarán ante la fuerza del gigante americano? Escuchando detenidamente lo expresado por Ayuso y Feijóo respecto a Venezuela, no veo muy claro su compromiso con la soberanía de la que formamos parte todos los españoles.
El panorama es inquietante, valga la descripción ya tópica del presente, pero la detención de Maduro y su espectacularización en vivo toca un nervio fundamental en la cultura democrática en la que vivimos. De repente no resulta tan descabellada la posibilidad de volver a un orden anterior en el que imperaba siempre la ley del más fuerte, sin derechos humanos, sin tratados internacionales, cuando se invadía y colonizaba otros pueblos por intereses económicos camuflados de acción civilizatoria, imperaba la ley de la selva y todo el pensamiento progresista, también el liberal, del último siglo y medio son arrojados a la basura. Puede que este gélido enero esté teniendo un efecto importante en mi estado de ánimo, pero siento que la amenaza es existencial, que está en peligro todo aquello que creemos justo y necesario: la libertad, el Estado de derecho, la importancia de los servicios públicos, la sociedad como un conjunto de individuos cohesionados por una fraternidad que va más allá de las diferencias de clase, de sexo, raza, creencia o ideología.
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