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Columna
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Lo común, a la mierda

Si la política fuera un espejo, debería devolvernos una imagen de nosotros, si no cómoda, reconocible

La política comenzó a divorciarse de la vida cuando aceptamos como inevitable la precariedad laboral, o los salarios insuficientes, o la imposibilidad de acceder a una vivienda digna. También cuando admitimos el hecho de que los hijos no se fueran de la casa de los padres (o de que volvieran a ella tras el intento fallido de independizarse). Tal vez cuando asumimos que la corrupción formaba parte de la naturaleza de las cosas. La política sigue produciendo grandes palabras, pero la existencia cotidiana transcurre por las vías de los cuidados domésticos, de los miedos discretos, de la sensación agobiante de empezar de cero cada día.

A medida que el divorcio se consolida, lo irregular se expande. La pobreza, en fin, deviene condición ordinaria. La falta de hogar, destino fatal. Y la política, en lugar de interrumpir esa deriva, la administra con un lenguaje cada vez más autorreferencial. En la Unión Soviética tardía, rica en discursos de carácter político, la existencia cotidiana se organizaba a base de colas, de favores, de enchufes, y de una ironía resignada. Los oficiantes de la cosa pública ni siquiera eran percibidos como enemigos, sino como seres de otro mundo. El sistema colapsó sin épica: nadie salió a defender una ficción que llevaba tiempo desconectada de la experiencia real. El divorcio se había consumado. La desafección, de la que tanto hablamos estos días, es una forma de agotamiento lúcido. La vida se refugia en lo privado porque lo público solo ofrece listas de espera, auténticas o metafóricas, en cualquiera de los ámbitos a los que volvamos la mirada. Y ese vacío es ocupado por supuestos patriotas que encuentran ahí un nicho de mercado del que sacar tajada (¡y a fe mía que se forran!).

Si la política fuera un espejo, debería devolvernos una imagen de nosotros, si no cómoda, reconocible. Al no hacerlo, lo que se va a la mierda es la idea de lo común, que no se reconstruye con retórica.

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Sobre la firma

Juan José Millás
Escritor y periodista (1946). Su obra, traducida a 25 idiomas, ha obtenido, entre otros, el Premio Nadal, el Planeta y el Nacional de Narrativa, además del Miguel Delibes de periodismo. Destacan sus novelas El desorden de tu nombre, El mundo o Que nadie duerma. Colaborador de diversos medios escritos y del programa A vivir, de la Cadena SER.
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