Lo común, a la mierda
Si la política fuera un espejo, debería devolvernos una imagen de nosotros, si no cómoda, reconocible


La política comenzó a divorciarse de la vida cuando aceptamos como inevitable la precariedad laboral, o los salarios insuficientes, o la imposibilidad de acceder a una vivienda digna. También cuando admitimos el hecho de que los hijos no se fueran de la casa de los padres (o de que volvieran a ella tras el intento fallido de independizarse). Tal vez cuando asumimos que la corrupción formaba parte de la naturaleza de las cosas. La política sigue produciendo grandes palabras, pero la existencia cotidiana transcurre por las vías de los cuidados domésticos, de los miedos discretos, de la sensación agobiante de empezar de cero cada día.
A medida que el divorcio se consolida, lo irregular se expande. La pobreza, en fin, deviene condición ordinaria. La falta de hogar, destino fatal. Y la política, en lugar de interrumpir esa deriva, la administra con un lenguaje cada vez más autorreferencial. En la Unión Soviética tardía, rica en discursos de carácter político, la existencia cotidiana se organizaba a base de colas, de favores, de enchufes, y de una ironía resignada. Los oficiantes de la cosa pública ni siquiera eran percibidos como enemigos, sino como seres de otro mundo. El sistema colapsó sin épica: nadie salió a defender una ficción que llevaba tiempo desconectada de la experiencia real. El divorcio se había consumado. La desafección, de la que tanto hablamos estos días, es una forma de agotamiento lúcido. La vida se refugia en lo privado porque lo público solo ofrece listas de espera, auténticas o metafóricas, en cualquiera de los ámbitos a los que volvamos la mirada. Y ese vacío es ocupado por supuestos patriotas que encuentran ahí un nicho de mercado del que sacar tajada (¡y a fe mía que se forran!).
Si la política fuera un espejo, debería devolvernos una imagen de nosotros, si no cómoda, reconocible. Al no hacerlo, lo que se va a la mierda es la idea de lo común, que no se reconstruye con retórica.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Sobre la firma































































