Despiste en Venezuela
Los que esperaban el cambio se han encontrado de pronto habitando una caricatura: Donald Trump es hoy quien pilota la revolución bolivariana


La intervención militar orquestada por Estados Unidos para secuestrar a Nicolás Maduro ha tenido la impronta de una gran producción televisiva en la que los guionistas han construido un relato heroico en la que no ha habido sangre por ninguna parte. Las explosiones de fondo, los disparos, el barullo de los aviones y los helicópteros, y de inmediato la transición hacia la figura de un líder esposado y humillado: el chándal gris, las gafas oscuras, los cascos, la botella de agua. Los muertos solo aparecen como un detalle menor, una cifra en letra menuda. Donald Trump, el artífice de la maniobra, la presentó como si se tratara de un gran espectáculo —otro más de los suyos—, una aparatosa exhibición del apabullante poderío estadounidense. Y ha tenido, además, el formato de un sofisticado juego de ordenador trasladado al mundo real, en el que el presidente depuesto felicita el Año Nuevo a sus carceleros y posa después con los pulgares hacia arriba como si el vencedor de la partida fuera él.
Al otro lado de la trinchera, el chavismo, que llamó inmediatamente a la lucha armada para frenar el golpe: “Todo el país debe activarse para derrotar esta agresión imperialista”. Los bravos constructores del socialismo del siglo XXI se disponían a demostrar su coraje y su determinación frente al enemigo de siempre, pero la cosa quedó en nada. Un poco de ruido de las motocicletas de sus partidarios, y unas cuantas horas después las cámaras enfocaban a Delcy Rodríguez en el momento de jurar como presidenta encargada de Venezuela, vestida con un elegante traje de color verde con un broche dorado, y sus pendientes y sus pulseras y sus manos juntas como si fuera a rezar a las alturas agradeciendo que se le otorgara la dicha de conducir a su pueblo. Nadie sabe exactamente hacia qué lugar.
La oposición se quedó pasmada al constatar que ni Edmundo González Urrutia, el vencedor no proclamado de las últimas elecciones que Maduro ninguneó para conservar el poder, ni María Corina Machado, cuya capacidad de resistencia es el espejo en el que se miran los que anhelan un país distinto, no contaban en los planes de Trump. Fueron discretamente apartados a los márgenes y colocados en una suerte de modo espera, vaya usted a saber hasta cuando. Así que el despiste de los venezolanos es mayúsculo. No saben si al celebrar la caída del líder de una dictadura no estarán celebrando en realidad la llegada de unos empresarios extranjeros que van a llevarse sus barriles de petróleo y sus riquezas en tierras raras. Es como si la Casa Blanca les hubiera arrancado de cuajo la sonrisa. Llevan esperando cambios desde que Chávez llegó al poder en 1999, pero tendrán que contener para otro rato sus anhelos y su voluntad de construir un país distinto. Se han encontrado de pronto habitando una caricatura: Donald Trump es hoy quien pilota la revolución bolivariana.
Lo más complicado de lo que ha ocurrido en los últimos días es utilizar las palabras porque carecen ya de significado. Es muy posible que los venezolanos no sepan a qué se refieren cuando hablan de libertad. ¿A la intervención de un grupo militar de operaciones especiales encargado de misiones de alto riesgo que llegó de Washington para quitarles de encima al tirano? ¿O al nuevo rumbo que va a imprimir al chavismo Delcy Rodríguez bajo la atenta mirada de Washington? En ese contexto, hablar de democracia tiene casi un componente de mal gusto, de atrevimiento innecesario, de mentar una antigualla que ya no sirve.
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