Los precedentes de la operación de Trump en Venezuela
La captura de Maduro debilita la posición internacional de Washington y abre una senda para una (todavía reversible) escalada del autoritarismo en EE UU


Estados Unidos sacó a Nicolás Maduro de Venezuela y lo tiene detenido en Nueva York; el presidente Donald Trump declara que Estados Unidos “dirigirá” el país. Aunque resulte impactante, nada de esta calamidad es nuevo: hay cuatro precedentes que pueden ayudarnos a ver elementos del presente que, de otro modo, podrían perderse de vista entre la propaganda o el sentimentalismo.
Para empezar, hay una larga historia de intervenciones estadounidenses en América Latina, sobre la base de un derecho implícito (cuando no autoproclamado) a elegir a los líderes de la región. Durante la Guerra Fría, la instalación de líderes o gobiernos aprobados por los Estados Unidos solía disfrazarse de cruzada a favor de la democracia, con el argumento de que el motivo principal de Estados Unidos era poner freno al comunismo (que era antidemocrático).
Esta vez no hay ninguna pretensión de que el objetivo sea la democracia. Maduro y sus aliados defraudaron las elecciones presidenciales de 2024 en Venezuela. Pero, en vez de castigarlo por ese delito muy real, la administración Trump prefiere la acusación (esencialmente ficticia) de “narcoterrorismo”. Y aunque Venezuela tiene un presidente legítimamente elegido (Edmundo González), nada indica que él (o la oposición en general) esté en los planes del Gobierno estadounidense.
Basta recordar que tras la captura de Maduro, Trump desestimó a la valiente líder de la oposición y ganadora del Premio Nobel de la Paz 2025, María Corina Machado, a quien calificó de “mujer agradable” pero carente de apoyo y respeto en Venezuela. De modo que vale la pena volver sobre la operación respaldada por Estados Unidos que el mes pasado sacó a Machado de Venezuela, donde vivía escondida desde la elección de 2024. En ese momento, muchos pensaron que la administración Trump la estaba ayudando a asistir a la ceremonia del Premio Nobel en Oslo. Ahora parece más bien un intento de neutralizar a una política popular y allanar el camino para la imposición de una forma de imperialismo estadounidense contra los venezolanos.
Pero este proyecto imperialista en particular está incluso peor planeado que la mayoría. Parece que Trump está ofreciendo el petróleo de Venezuela a las empresas estadounidenses del sector (así como en otros tiempos Estados Unidos elegía líderes latinoamericanos que apoyaran sus intereses comerciales), y explica toda la operación en términos de ganancias disponibles. Pero el petróleo venezolano es poco rentable en lo inmediato; para aprovechar su potencial se necesitarían enormes inversiones a largo plazo, algo que a su vez depende de la estabilidad política.
Otro precedente obvio es la invasión de Irak en 2003, que fue un punto de inflexión para el poder estadounidense. La idea era que derrotar a un ejército, derrocar a un mal gobernante y desmantelar instituciones corruptas crearía las condiciones para un gobierno mejor y más democrático; por eso el Gobierno del presidente George Bush (hijo) apenas hizo planes para el futuro político del país, y los ocupantes estadounidenses terminaron teniendo que cooperar con los mismos a los que decían haber derrocado. Cuando terminó la ocupación estadounidense de Irak, habían muerto cientos de miles de iraquíes y unos 4.500 estadounidenses, y la credibilidad de Estados Unidos estaba destruida.
En el caso de Venezuela, existe una creencia similar en que el mero hecho de derrocar a un dictador bastará para lograr el resultado deseado. Pero los militares venezolanos no están derrotados, y el Gobierno de Maduro sigue en el poder. Si la administración Trump tiene algún plan, se reduce a que la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez pueda manejar el país en nombre de Estados Unidos (aunque la violencia estadounidense no le confiere más legitimidad). Por su parte, Rodríguez denunció el secuestro de Maduro como ilegal y sostuvo que tenía “connotaciones sionistas”.
El tercer precedente es más reciente: la invasión rusa de Ucrania. Resultó chocante oír a Trump describir el secuestro de Maduro como una “operación militar extraordinaria”, porque el presidente ruso Vladímir Putin usó términos espeluznantemente similares en el discurso en el que anunció la invasión a gran escala de Ucrania el 24 de febrero de 2022.
Putin se apropió del derecho internacional y lo ridiculizó, al sostener que la Carta de las Naciones Unidas justificaba la agresión rusa. Moscú ha hecho todo lo posible por crear un mundo en el que cualquier país pueda burlarse de la Carta de las Naciones Unidas; de modo que el hecho de que la administración Trump no haya intentado justificar sus acciones en Venezuela al amparo del derecho internacional es una victoria para el Kremlin (aunque este caso en particular no sea de su agrado).
Cabe señalar que la intervención estadounidense (sin dejar de ser un claro acto de guerra) parece un plan de la CIA a largo plazo ejecutado con el apoyo del ejército. La descripción que hace Trump de esta operación de inteligencia como “un asalto como no se ha visto desde la Segunda Guerra Mundial” es absurda. Además, nos lleva al último precedente: las guerras usadas por los regímenes fascistas para legitimarse antes de su derrota en 1945.
En Alemania, Italia y Rumania, los fascistas justificaron sus dictaduras con el argumento de que sus opositores actuaban al servicio de enemigos extranjeros y conspiraciones internacionales. Además, estos regímenes libraron guerras para poner al enemigo interno en un plano de igualdad con el enemigo externo: con una población en guerra, era mucho más fácil oprimir a los disidentes.
Acusando a Maduro de delitos relacionados con las drogas, en vez de otros más graves y mucho más fáciles de probar (como ejecuciones extrajudiciales y torturas), la administración Trump también reúne al enemigo externo y al interno. Como el tráfico de drogas involucra a actores dentro y fuera del país, Trump puede inventar que quienes se le oponen son peones de una conspiración internacional. Una “guerra contra las drogas” trumpiana se podría usar para crear un aparato de seguridad interna más amplio, así como la explotación del miedo a los migrantes se usó para implementar una expansión a gran escala del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas).
Trump quiere los beneficios políticos de una guerra sin tener que pelear una guerra real. En su relato, el ejército estadounidense hizo magia en Venezuela, y punto.
Pero mientras Putin entiende que el fascismo requiere combate real, Trump al parecer no quiere o no puede llegar tan lejos (sobre todo porque dentro de Estados Unidos, su posición es precaria). Los estadounidenses pueden actuar para evitar que la “operación militar extraordinaria” de Trump (que apunta más a un cambio de régimen en Estados Unidos que en Venezuela) acelere la caída de su país en el autoritarismo, siempre que reconozcan la lógica política interna que se esconde detrás de la intervención de Trump en el extranjero.
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