Frío
Es el cine quien nos educa cuando buscamos refugio


Frío y lluvia fuera. La chimenea de un bar, un amigo y un partido del Madrid. Suena el móvil y naturalmente lo pongo en silencio. “¿Quién osa?”, pregunto en alto haciendo el ademán de tirar el teléfono. Al descanso devuelvo la llamada. Me pregunta cuándo nos vamos a ver. Le digo que se acercan fechas difíciles. Nos separan kilómetros, le digo, y yo ya me estreso cuando me separan de una calle. Para que lo soporte mejor le digo que el frío es elegante. Los tres cuartos, las bufandas atadas al cuello como una soga o caídas hasta la cintura, como el pelo de la Pantoja. Los botines, incluso. Hasta los labios cortados tienen encanto. Y los ojos un poco enrojecidos. El escalofrío tan tierno, en soledad, mientras esperas a sacar algo del cajero. Casi todo es sorpresa en el frío, le digo. Los paisajes nevados del interior de Galicia. Recemunde, en Pobra de Brollón, bajo una gran manta blanca inacabable, como si aquello fuera el cielo. No se inventa un amor en Nueva York sin nieve, como no se entiende matar sin guantes de cuero negro, bien ajustados a los dedos, ya sea para empuñar una pistola o quebrar un cuello. Es el cine quien nos educa cuando buscamos refugio. Piensa en una temperatura bajo cero, la que tú quieras, y un salón con fuego mientras los animales restriegan el hocico contra la ventana, como avisando. Bateman al salir de cualquier pub agitando un billete de cien dólares delante de un mendigo, ese desastre tan de moda, y volviéndoselo a meter en el bolsillo, casi impasible. Las medias de lana de la prima pequeña, y la abuela pasando la tarde delante de una estufa como si estuviese echada en el solarium. Los gorritos de lana. Y esos guantes tan elegantes, esos guantes a los que se les descapullan los dedos para coger el móvil y contestar a un correo cualquiera, el primero que se te venga a la cabeza.
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