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Tribuna
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Palabras sin peso

Estamos tasando el lenguaje por su rentabilidad en relación con objetivos e intereses ajenos al mismo. Y si el exabrupto es útil… pues sea bienvenido

Son muchas las voces que expresan una bien fundamentada alarma por la banalización de múltiples formas de violencia verbal, con exabruptos que en otros tiempos hubieran resultado intolerables y provocado reacciones conformes a la dignidad de la persona a quien iban dirigidos. Aunque desde luego no exclusivamente, esta desmesura se da a menudo entre la clase política, contagiando a los seguidores y extendiéndose a los lemas esgrimidos en manifestaciones y otras formas de protesta. Es un síntoma lamentable la pasividad general ante estos hechos, aunque afortunadamente hay alguna excepción. Así, también entre adversarios del presidente del Gobierno hubo cierto revuelo cuando el pasado noviembre se gritó su nombre apelando directamente a la dialéctica de las pistolas, en una expresión que formaba una suerte de pareado (de arte bien menor) con otra alusiva a la condición de la madre del mismo político, expresión reiteradamente oída los pasados meses.

El problema no es exclusivo de nuestro país. Basta con recordar los términos soeces para calificar a sus adversarios, en boca de mandatarios, más o menos relevantes, de todos los continentes. Y la pregunta se impone: ¿qué ha ocurrido para que, tantas veces, no se dé reacción indignada, ni siquiera de la persona directamente concernida?

Que las palabras parezcan haber perdido su capacidad de ofender, y en consecuencia también la de honrar, es de entrada un síntoma de que se ha debilitado el sentimiento de la gravedad de las mismas, y por consiguiente el temor a las consecuencias de su uso en vano. Y no es ajeno a ello el hecho de que, en nuestras sociedades, los propios humanos minusvaloramos lo que nos hace tales, perdiendo peso tanto la idea de la singularidad absoluta del lenguaje, como su adscripción en exclusiva al ser humano.

Pese a ser objeto de reflexión crítica entre científicos, filósofos y lingüistas, se ha generalizado entre los ciudadanos la idea de que la modalidad de inteligencia que se atribuye a entidades artificiales tiene carácter lingüístico, que alguno de estos artefactos literalmente nos habla. Complementariamente, se asiste a una suerte de desacralización del lenguaje, al sentimiento (ni siquiera reflexionado) de que es algo homologable a los códigos de señales que caracterizan a otras especies animales, los cuales son esencialmente instrumentos al servicio de la subsistencia. Difícil saber qué influencia tiene el hecho (señalado por Norbert Bilbeny) de que en nuestras sociedades el concepto de familia se haya extendido hasta el punto de integrar como miembros a individuos de otras especies, y pronto a robots. En cualquier caso, por un lado, se diluye la vinculación de exclusividad, que parecía inviolable, entre la condición humana y la condición lingüística, y, por otro lado, se piensa en las palabras como se piensa, por ejemplo, en la llamada de alarma de un animal a sus congéneres por la presencia de un depredador.

La consecuencia es que pierde sentido considerar el valor en sí de las palabras, tasándolas por su rentabilidad en relación con objetivos e intereses ajenos a las mismas. Y si para tales intereses el exabrupto es útil… pues sea bienvenido. El exabrupto, o formas más sutiles, que tienen la misma función, siendo amplio el espectro de personajes conscientes del enorme potencial del lenguaje para causas en las que el respeto al mismo es variable o despreciable. De ahí esa profusión de oradores subidos de tono, cuyas expresiones malsonantes no son resultado de una predisposición, sino de un cálculo. Y entre perplejos y admirados, escuchamos a un mandatario, o aspirante a serlo, que, tras explorar como un agrimensor la topología social del foro al que se dirige, con frialdad y rigor sopesa la oportunidad de tal término por la mera capacidad que este tiene de desubicar a su interlocutor, que no de ofenderlo, pues da por supuesto que, al otro, las palabras tampoco le hieren.

Cuando el propósito subjetivo del ser humano es la actualización de la enorme riqueza potencial del lenguaje, entonces, el lenguaje moldea la exigencia de verdad cognoscitiva del científico, la disposición de quien busca principios imperativos de moralidad, y la exigencia creativa del artista. Pero, reducido a instrumento, ese mismo lenguaje configura el proyecto de enturbiar toda verdad, o de rapiñar al indefenso. El sentimiento de la primacía de esta segunda vertiente del lenguaje, preludia el arranque del juicio nihilista respecto al ser humano, el gesto de hastío en el cual se considera que, efectivamente, las palabras en sí mismas solo ‘‘son palabras’’.

Pero cuando las palabras dejan de medirse, desaparecido el temor a su uso en vano, cuando la condición de ser hablante no singulariza, cuando nadie se siente ofendido por las palabras, la divergencia o la oposición al proceder del otro se dirimirá en un terreno no simbólico: dialéctica, sin duda, de las pistolas. Contradictoria expresión, pues designa la antítesis de la dialéctica, que significa precisamente recepción y devolución de la palabra. En ausencia de mediación de las querellas humanas por este relevo iterado, de hecho, la dialéctica ha dejado lugar a la barbarie.

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