Rapacidad sin tapujos
EE UU revela que no le interesa la democracia en Venezuela al permitir la continuidad del chavismo y despreciar a la oposición


Con el paso de las horas, empieza a estar claro que la captura de Nicolás Maduro en una operación militar ilegal de Estados Unidos no inaugura una nueva era para Venezuela; desnuda, más bien, una vieja lógica que Washington ha decidido ejercer sin pudor bajo el mando de Donald Trump. El mensaje que emana de las declaraciones de Marco Rubio y del propio Trump sobre la operación es brutalmente simple: entramos porque podemos, nos quedamos lo que nos convenga y decidimos quién manda según nuestros intereses. No hay defensa de la democracia, no hay relatos humanitarios, no hay siquiera el esfuerzo retórico de otras épocas. La violación de la soberanía venezolana para la explotación de sus recursos ya no se disfraza de excepción ni de mal menor. Se ejerce a cara descubierta.
Es la materialización del llamado corolario Trump a la Doctrina Monroe, una versión desacomplejada y autoritaria del viejo principio de tutela de América Latina por parte de Washington. El último documento de la Estrategia de Seguridad Nacional ya lo anticipaba, cuando apuntaba que Estados Unidos se reservaba el derecho de actuar unilateralmente cuando sus intereses estratégicos, que con Trump tienen que ver más con el petróleo que con el tráfico de drogas, lo exijan. Venezuela ha sido el escenario elegido para demostrar al mundo que ese giro no era retórico.
En ese marco se explica una de las decisiones más inquietantes: la continuidad de la vicepresidenta Delcy Rodríguez en la cúpula del poder. No responde a ninguna lógica política coherente con una transición democrática, sino a una lógica puramente pragmática. Rodríguez es útil porque controla resortes clave del Estado y ofrece estabilidad a corto plazo. No hay razones éticas ni democráticas que sostengan esta elección. Si Maduro era inaceptable por autoritario e ilegítimo, ¿qué argumento convierte a su vicepresidenta y mano derecha en una opción tolerable?
La respuesta es incómoda pero evidente: la transición hacia la democracia no forma parte del plan de Trump en el corto plazo. El criterio no es quién representa a los venezolanos, sino quién sirve mejor a Washington. Por eso la exclusión de Edmundo González y de María Corina Machado no es una cuestión de prudencia temporal. Machado no es una figura marginal ni impopular, como vino a decir Trump: González ganó unas elecciones con su apoyo y conserva un respaldo social real. La prudencia aconseja evitar una toma inmediata del poder por parte de la oposición en un contexto tan volátil. Pero una cosa es el calendario y otra la negación. Excluir a quienes encarnan la voluntad popular revela que no existe una intención sincera de democratizar Venezuela, solo la voluntad de controlarla.
La comunidad internacional, desde la ONU a la Unión Europea y los países de la región no puede fingir normalidad. No pueden aceptar la ecuación cínica que se les plantea: Maduro no, pero Delcy sí; petróleo sí, democracia no; la oposición ganó, pero ahora estorba.
A corto plazo, la prioridad debe ser clara y compartida: evitar el enfrentamiento civil y el derramamiento de sangre. Todos los actores, internos y externos, deben llamar a la calma y a la contención. Venezuela no puede convertirse, una vez más, en un tablero donde las potencias miden fuerzas sin pagar el costo humano. La calma, sin embargo, no puede confundirse con el silencio. Denunciar el descaro de esta operación, la rapacidad sin complejos y la farsa de una transición sin demócratas es una obligación política y moral. Si esta situación se consolida, Venezuela no habrá salido del autoritarismo, solo habrá cambiado de tutor.
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