Un putero representa todos los errores de la historia
La guerra, el imperialismo, el robo más sucio y la emergencia climática guardan un nexo común: la misoginia


“Está escrito que el significado de la mujer es ser insignificante”, afirmó Susan Griffin en 1978 dentro del libro que habría de convertirse en la biblia del ecofeminismo en Estados Unidos: Woman and Nature. Somos, reflexiona la autora, el cuerpo que fue relegado a la marginalidad a favor de un raciocinio exclusivamente masculino; la masa equiparada a una planta o a una vaca, siempre listas para ser dominadas; somos la cara oscura de una modernidad donde el hombre blanco ostentaba el derecho a controlarlo todo, y así quedó sellado por la filosofía, la historia y la política.
Pienso en Griffin mientras caen misiles en Oriente Próximo, y en España la corrupción daña a un partido cuyos exdirigentes alimentaban la prostitución. No hay mayor alarde de poder que someter a distintas mujeres a las viscosas manos de quien paga por el acto sexual y ansía consolidar un estatus, alineándose a un patrón hegemónico que ha destrozado pueblos enteros y sigue provocando un dolor insoportable. Porque robar implica un hecho deshonesto e inmoral, un engaño a una ciudadanía que ya soporta el peso de sus biografías precarias y se despierta cada día desencantada. Pero robar y encima comprar putas te sitúa directamente en la lógica histórica que ha convertido el mundo en un lodazal de iniquidad y amenaza con privarnos de la supervivencia. Es la confabulación entre el dinero y la apropiación de cuerpos ajenos asimilados a la naturaleza —por sus capacidades reproductivas o su supuesta inferioridad racial— la que ha configurado el progreso como un proyecto fallido, y la que se repite de izquierda a derecha, a nivel nacional y global, y nos recuerda constantemente nuestro carácter ínfimo, desechable, el apéndice sin el cual, no obstante, ellos tampoco serían nada.
Hace más de un siglo, los documentos en los que Estados Unidos revelaba sus intenciones de conquistar Cuba se referían al país como she, ella. Tomarla sin permiso, forzarla, constituía un objetivo militar donde el lenguaje colonial se asemejaba peligrosamente a la descripción de una violación. Hoy en día, ecos de esos discursos continúan permeando las estrategias bélicas; se normaliza que el presidente de Estados Unidos haya estado involucrado en diversos escándalos sexuales; y hasta las discusiones sobre el consentimiento atribuyen cierta falta de agencia a la mujer: si consentimos, implícitamente ellos llevan la voz cantante y nosotras seríamos el receptáculo connivente de la acción masculina. El machismo se halla tan integrado en las minuciosidades cotidianas que el matrimonio se celebra no con una fiesta de bienvenida, sino con “despedidas” de soltero que suelen conllevar el último despiporre lascivo antes de sentar la cabeza. Una pensaría que casarse no acarrea decir adiós —no se trata de una privación—, pero algunos aprovechan para echar “la última canita al aire”, a menudo en un burdel. Incluso varios estudios demuestran que la violencia de género aumenta después de los grandes acontecimientos deportivos —especialmente de fútbol—, pues la exaltación de las emociones por el equipo de turno puede terminar en paliza.
Así que la guerra, el imperialismo, el latrocinio más sucio y la emergencia climática guardan un nexo común, a veces difícil de desengranar, pero concluyente: la misoginia. Y la raíz filosófica de esta tragedia responde en buena medida a la consideración de los ecosistemas como objetos que pueden ser caprichosamente poseídos, y a un distanciamiento entre lo humano en teoría civilizado, racional, y lo menos humano, simbólicamente cercano a la tierra. Ahora bien, visto el resultado de tal ecuación, ¿no debería impulsarse otro paradigma basado en los cuidados, la atención a la perpetuación de la vida, la ruptura de una perversa dicotomía que causa estragos? Un ecofeminismo estructural transformaría la ambición de riquezas en satisfacción del bienestar común; reduciría la violencia en sus múltiples vertientes, y hasta reconfortaría a todos esos señores cuya ranciedad e irrelevancia, cuyos complejos, sólo parecen ser recompensados con la humillación sexual de una mujer. A la igualdad cosmética del rédito electoral se opondría entonces la abolición de la prostitución y una mirada de tú a tú, a la misma altura, tanto como para ser capaz de reconocer los errores civilizatorios y el asco de un coito no deseado.
Sugería Griffin una nueva fórmula de periodizar el tiempo a partir del “día en que la primera violación de una mujer tuvo lugar”. Que esa agresión se produjese mediante transacción económica o no es irrelevante para el propósito de su argumentario, pues lo que importa es la experiencia fundacional en nuestras anatomías subyugadas. En la carne femenina se inserta el espejo que devuelve al hombre su fracaso; por eso quiere romperlo en mil pedazos, y esto se teorizó hace casi medio siglo (yo no había nacido). Se va haciendo tarde para articular una sociedad donde el machismo genere tal vergüenza en los mismísimos machos que lo ejercen como orgullo entre quienes descartan esa identidad tóxica sin sentirlo como una renuncia. Un reloj parado marca la hora correcta dos veces al día; eso no significa que funcione.
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