El chino y los Reyes Magos
No importa donde fuera, allí estaba, observándome medio oculto desde algún lugar


No supe que aquel hombre me seguía hasta que dejó de hacerlo. Era un chino alto y muy delgado, sin gafas. Digo sin gafas al modo en que de un manco diría sin manos, pues aquel rostro parecía sin ellas incompleto. Vestía un traje oscuro y una camisa blanca abrochada hasta el cuello, sin corbata. Los zapatos, marrones, hacían juego con el cinturón. En invierno, llevaba sobre el traje una gabardina clara y ligera. No podría señalar la primera vez que reparé en su presencia porque había formado parte del paisaje desde que tenía memoria. Aparecía en una esquina, vigilándome, cuando yo salía de casa, y en otra cuando entraba en el colegio, y detrás de un árbol cuando íbamos al parque, y en el espejo de la peluquería cuando me cortaba el pelo... No importa donde fuera, allí estaba el chino, observándome medio oculto desde algún lugar. Por eso noté su ausencia cuando desapareció al poco de que yo cumpliera ocho años. Entonces le pregunté a mi madre:
—¿Dónde está el chino?
Se lo pregunté con la naturalidad con la que habría preguntado, al volver del colegio, por la desaparición de un mueble familiar.
Ella se encontraba en la cocina, batiendo un huevo, y dejó de hacerlo para observarme con un gesto de preocupación que me alarmó.
—¿Qué chino? —dijo.
Me di cuenta de que estaba preguntando algo incongruente, de modo que respondí:
—No sé, un chino.
Y abandoné, inquieto, la cocina, todavía sin saber qué ocurría, pero intuyendo que el chino no formaba parte del mundo, sino de mi mundo.
Al poco de esta desaparición, un compañero de clase me reveló que los Reyes Magos eran los padres.
—¿Y el chino quién es? —le pregunté por ver si alguien más compartía mi experiencia.
—¿Qué chino? —dijo él con una expresión parecida a la de mi madre.
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