El fin de la hiperglobalización
No quiere decir que el enfoque propuesto por el presidente Trump sea el correcto. Sin embargo, es importante entender los factores fundamentales detrás de los cambios que estamos viviendo

Hace poco, el Secretario de Economía de México, Marcelo Ebrard, sorprendió a muchos cuando declaró que el mundo sin aranceles difícilmente regresará. Muchos incluso se sintieron traicionados y le reclamaron que cómo podía decir eso, justo cuando estamos en medio de un proceso de revisión sobre la continuidad o no del tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá. Otros incluso llegaron a sugerir que ya había claudicado en el proceso negociador.
Los sorprendidos y enojados quizá no han puesto suficiente atención a lo que está pasando en el mundo. Son nostálgicos de una era que difícilmente volverá. La época de la hiperglobalización llegó a su fin. Quedó a deber en sus resultados. La idea teórica y conceptual de que el libre comercio traería un mayor bienestar para todos quedó corta. Es cierto que la apertura comercial benefició a muchas personas, que sacó a millones de la pobreza (especialmente en Asia), y que los consumidores, en general, nos beneficiamos ampliamente de esta. Sin embargo, hubo dos grandes problemas con la hiperglobalización: por un lado, hubo abusos y no todo el libre comercio resultó ser un comercio justo (free but not fair); por el otro, no hubo una suficiente atención a los perdedores de la apertura comercial. Veamos estos dos temas por separado.
Hubo países que abusaron de la apertura comercial mundial. Países que, amparados en su escala de producción y en sus bajas remuneraciones iniciales, justificaron niveles de producción y exportación que generaron enormes desequilibrios en el comercio mundial. Estos países nunca respetaron realmente ni la reciprocidad comercial ni la propiedad intelectual. La práctica de subsidiar la producción y exportación a través de empresas o instituciones estatales era común. Todo el mundo sabía de esto, pero todos optaban por mirar a otro lado.
La lógica era simple: si ellos quieren subsidiar a nuestros consumidores, es su problema. Esa fue la lógica prevaleciente durante los años de la hiperglobalización: el consumidor como el agente supremo. No el empleo, no el ingreso, no la estabilidad laboral, no la capacidad productiva, no las cadenas de producción, no la soberanía económica, nada de eso, se trataba simplemente del reino del consumidor. Si el producto era barato, no importaba dónde se producía, no importaba si había sido producido con mano de obra forzada o infantil, no importaba si la producción era desleal al estar subsidiada por instituciones estatales. Estos abusos y los desequilibrios que contribuyeron a generar ya no pueden ni deben continuar.
Por otra parte, la teoría económica era muy clara: la eliminación de aranceles es benéfica para la sociedad, elimina distorsiones y permite una mayor especialización y productividad. La teoría, sin embargo, reconocía que en el proceso no todos ganarían por igual. Se aceptaba que pudiera haber perdedores. Pero la lógica de la teoría era muy poderosa: los beneficios de los ganadores excederían a las pérdidas de los afectados. Por lo tanto, sería posible compensar a los perdedores y la sociedad como un todo estaría mejor. Esto, que sonaba muy bien en la teoría, nunca ocurrió en la práctica. La realidad fue que en el proceso de apertura comercial muchos sectores, regiones, empresas y personas salieron perjudicados. En general, nunca hubo planes ni programas para proteger a estos grupos afectados. No los hubo en el mundo desarrollado y mucho menos en otros países.
Muchas de estas regiones y personas son las que votaron por Trump en Estados Unidos, por el Brexit en el Reino Unido y por López Obrador en México. Son los manifestantes en Washington D.C. del “we are the 99%”, en oposición al 1% más rico que perciben como el gran ganador de la globalización. Estos individuos, sectores y regiones representan lo que en su momento Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, definió como el malestar con la globalización. Stiglitz tenía razón: no todos se habían visto beneficiados por igual, muchos incluso perdieron sus empleos, su estabilidad, su bienestar.
Esto explica el retorno de los aranceles y el fin de la hiperglobalización. No cumplió con las expectativas. Sin embargo, hubo otros factores que hicieron cambiar nuestro entendimiento de la realidad mundial: la pandemia y la ruptura de las cadenas de suministro; la invasión de Rusia a Ucrania y el aumento en los precios de energéticos y alimentos; ahora el cierre del estrecho de Ormuz y su impacto en el precio del petróleo. Todo esto explica el cambio en el discurso y la definición de las nuevas prioridades: se busca recuperar algunos empleos, se busca retomar y reintegrar nacional o regionalmente las cadenas de suministro, se trata de garantizar la soberanía alimentaria y energética. Esto no quiere decir que el enfoque propuesto por el presidente Trump sea el correcto. Sin embargo, es importante entender los factores fundamentales detrás de los cambios que estamos viviendo. De no hacerlo, seguiremos añorando un mundo que no volverá. Como dijo Mark Carney en Davos: la nostalgia no es una estrategia.







































