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Mundial 2026
Opinión

Solo el oro brillará: por qué fui el único diputado que votó en contra de las monedas del Mundial

Las piezas conmemorativas serán lo único resplandeciente en medio del desdén del Gobierno y, particularmente, de la Administración de Ciudad de México

Trofeo del mundial, en Jalisco.Simon Barber - FIFA (Getty Images)

Soy diputado federal por Movimiento Ciudadano. Voté en contra de las monedas conmemorativas del mundial. Como fui el único, eso llamó la atención de algunos medios. Es probable que sea un amargado —no lo sé—, pero estos son mis motivos.

Extraordinariamente, una nación sabe que será observada por millones de personas de todo el mundo al mismo tiempo y tiene la posibilidad, derivada de esa condición, de condensar en unas semanas aquello que cree ser —o aquello que aspira a parecer— y mostrarlo al mundo. Pasa, si acaso, en los Mundiales de futbol y los Juegos Olímpicos, y eso suele obligar a la política de los países a preguntarse qué relato nacional quiere proyectarse y cómo mostrarlo materialmente de modo serio y creíble.

Organizar un Mundial no equivale a montar un evento más en el calendario; implica reorganización urbana, logística y simbólica que suele tomar años. Exige planeación meticulosa, inversión sostenida, leyes fiscales extraordinarias, coordinación entre órdenes de gobierno y una idea de país que otorgue sentido a los esfuerzos dispersos. Nada de eso ha existido en esta legislatura del Congreso. Dejando todo a la buena de Dios y a lo que la señora presidenta pueda acordar con los gobernadores y la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, en nuestra política se actuó como si la infraestructura pudiera improvisarse, como si los puentes, las vialidades, los sistemas de transporte y los servicios públicos respondieran a la lógica de la inmediatez. Lo más parecido a discutir una política de Estado de cara al Mundial fueron algunas menciones al vergonzoso trato que nuestra Ley de Ingresos da a la FIFA para 2026: cero impuestos. No se atrevieron a ello ni Estados Unidos ni Canadá, y nosotros no nos atrevimos a concertar con estas naciones una política conjunta de América del Norte porque tampoco hemos discutido el lugar de México en el mundo.

Acuñar monedas conmemorativas es un mero trámite y menor, pero creo que la forma de hacerlo en el Congreso es reveladora de una incomprensión profunda. México albergará por tercera vez un Mundial de futbol, bajo la fórmula compartida con Estados Unidos y Canadá, y el personal político confirmó que oscila entre la rutina administrativa y el entusiasmo protocolario. No nos produce inquietud votar monedas en un dictamen que dice que dicho acto contribuye a lograr la “igualdad de oportunidades y prosperidad compartida” en el marco del Mundial y caer en cuenta que solo eso hemos “discutido” al respecto. No caemos en cuenta de que esa moneda será lo único que brille en medio del desdén del Gobierno federal y, particularmente, del Gobierno de la Ciudad de México, cuya respuesta ante el desafío mundialista ha sido opaca y mediocre.

Conviene recordar que no siempre fue así. En las discusiones que precedieron a los mundiales de 1970 y 1986, el Estado mexicano asumió el acontecimiento como una oportunidad y un mandato para transformarse. Hubo políticas constructivas ambiciosas, reformas legales específicas y una voluntad explícita de mostrarse ante el mundo como una nación capaz de organizar, hospedar y modernizarse al mismo tiempo. No es un elogio. Eso hacen normalmente los gobiernos. Antes de 1970, incluso, se aprobaron disposiciones especiales para facilitar obras y coordinar esfuerzos institucionales. En 1986, tras el sismo, el gobierno impulsó la construcción y reconstrucción de alrededor de 40.000 viviendas (el objetivo eran 70.000), un proceso que comenzó tan pronto como febrero de 1986.

El aparato público podía coordinarse, movilizar recursos y ofrecer resultados palpables. Hasta la mitad del año pasado se construyeron poco más de mil viviendas (la meta anunciada, aparentemente sexenal, es de 27.000). En 1986, México ofreció al mundo un Distrito Federal en reconstrucción, limpio de sus escombros, y un pueblo aun así indignado que coreó enojado y festivo ante la primera dama Paloma/ Cordero/ ¡Tu viejo es un culero! El gobernante en cuestión se sometió al juicio del Estadio Azteca.

En 2026, sin sismo a cuestas, la primera vez que la Ciudad de México, siendo autónoma y gobernada por una izquierda autopercibida, recibe un Mundial, lo hace con vacíos estructurales en tres frentes decisivos: hospedaje, seguridad y movilidad. En materia de alojamiento no existe un diagnóstico, menos un sistema de información verificable sobre número de habitaciones, localización, rangos de precio, estándares de calidad y capacidad operativa. Las cifras difundidas en prensa —42.000 habitaciones hoteleras y 26.000 en plataformas como Airbnb frente a una expectativa de cinco millones de visitantes— muestran una presión potencial significativa, agravada por la ausencia de mecanismos claros para prevenir incrementos desproporcionados en tarifas.

¿Dónde se van a quedar, de entre los cinco millones que dice el Gobierno que llegarán a la ciudad, los que no quepan? En el Estado de México, obviamente, pero ¿en qué condiciones están Naucalpan, Huixquilucan y Atizapán, por poner tres casos, de recibirlos y tratarlos bien? ¿Tienen un plan en el Estado de México y sus municipios conurbados? No sé. No hay nueva infraestructura masiva en la metrópoli. No sabemos nada de eso, no lo hemos discutido. Será algo que Dios y el mercado resolverán a saber cómo, pero las monedas van a estar bonitas, espero.

En seguridad, la falta de estrategia es, si cabe, más preocupante. No hay plan que detalle responsabilidades institucionales, protocolos ante incidentes, delimitación de perímetros operativos metropolitanos, ni mecanismos de coordinación en tiempo real entre corporaciones. Aunque se han anunciado subcomités y acciones de modernización tecnológica, no existen documentos técnicos accesibles que permitan evaluar la interoperabilidad entre sistemas de emergencia, protección civil y seguridad pública, ni protocolos específicos de evacuación o atención masiva ante contingencias.

La movilidad completa el panorama de incertidumbre. No se conoce una estrategia formal que articule conectividad aérea, transporte interurbano y transporte urbano bajo una lógica unificada y evaluable. Tampoco se han definido rutas específicas, tiempos objetivo de traslado ni esquemas de prioridad de paso entre aeropuertos, zonas de hospedaje y estadios. El Gobierno se consuela diciendo que, como ya tuvimos mundiales, la infraestructura ya está, con la arrogancia de que "esa ya nos la sabemos".

En 2026, México ofrece al mundo una anarquía semiorganizada y un Gobierno de la Ciudad de México que pasará sin haber comprendido la magnitud del desafío. El Congreso tiene fe en ese Gobierno y en el federal. Y nosotros, los capitalinos, no tendremos el consuelo de haber gritado al primer damo algo como María/ Tarriba/ tu esposa es una tibia —o lo que al público se le ocurra—, porque la jefa de Estado no asistirá al ritual abucheo inaugural al que todo gobernante responsable asistiría. Ojalá me equivoque, pero esas monedas serán, a la larga, la memoria de un fracaso, de un Mundial que, en sus dimensiones política, urbana, social y hasta futbolística, será evocado más por sus insuficiencias —ojalá que solo por eso y no por la desaparición de ningún turista, ojalá que solo por eso y no por el turismo sexual infantil impune—, que por lo positivo que mostró de México, del futbol y de nuestra propia América del Norte al mundo.

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