El poder de tres frente a la posibilidad de lo bilateral
Si México optara por estrechar relaciones bilaterales aisladas con Estados Unidos o Canadá estaría dejando un espacio estratégico para que economías asiáticas consoliden nichos de mercado en Norteamérica

El deseo de revertir los procesos globalizatorios que han tenido lugar a partir de la segunda mitad del siglo pasado es evidente. Si bien este deseo es liderado por la economía más grande del mundo – o por su líder- sería ingenuo pensar que esto sucede en un vacío. El mundo se ha ido transformando, los liderazgos se han ido moviendo hacia el populismo y más allá del movimiento tradicional de un péndulo es ahora la competencia por la hegemonía global la que lleva la batuta en todas las conversaciones, incluyendo desde luego, la comercial.
El comercio hoy no es solo un intercambio de bienes, en el que se aprovechan las ventajas comparativas que cada economía tiene para lograr canastas de consumo más diversificadas y sobre todo con menores precios. El comercio se ha vuelto una batalla geopolítica por cadenas productivas, inversiones y liderazgo tecnológico. América del Norte se enfrenta a uno de sus mayores desafíos en décadas: mantenerse competitiva frente al avance tecnológico y económico de Asia.
Es en este contexto donde un acuerdo de comercio trilateral robusto entre México, Estados Unidos y Canadá – como el TMEC – no debería de ser una reliquia del pasado sino una herramienta estratégica indispensable para darle a la región mayor peso geoeconómica en s. XXI. El tratado trilateral en sí mismo no asegurará prosperidad para los tres países que lo conforman, pero sí daría mayor peso específico para resolver como bloque un mundo en el que los riesgos geopolíticos se acrecentan.
En este proceso de revisión del acuerdo que, en teoría ya se está llevando a cabo, si el interés es fortalecer este bloque la integración y cooperación deberían de ir mucho más allá de la ya existente. Habría que pensar fuera de la caja, no reaccionar frente a cada afrenta o amenaza del presidente de Estados Unidos. No digo que esto sea posible y mucho menos me atrevería a asignarle una probabilidad dado el carácter mercurial del presidente Trump, pero estratégicamente el acuerdo debería de profundizarse. No solo acordar términos comerciales. El momento amerita algo más que aranceles, cuotas y proteccionismo individual.
Como bloque, si acaso se desea que sigamos operando como tal, el acuerdo debería ir más allá de lo comercial. Fortalecer la cooperación en muchos más ámbitos: seguridad, migración, mercados laborales, infraestructura estratégica, tecnología, educación, mercados financieros, por ejemplo.
En los últimos años, las economías asiáticas en conjunto con otros países han consolidado alianzas comerciales amplias que desafían el predominio occidental. Acuerdos como el Comprehensive and Progresssive Agreement for Trans-Pacific Partnership (CPTPP) o los lazos estrechos entre otras economías del sudeste asiático están creando una red comercial que combina producción manufacturera, innovación tecnológica y acceso a mercados emergentes. Esta integración no es neutra: compite directamente con las zonas comerciales occidentales por inversión, mercado y poder en sectores como semiconductores, vehículos eléctricos y productos digitales.

Si Norteamérica no refuerza sus cimientos, corre el riesgo de ver cómo Asia domina arenas comerciales que antes estaban más equilibradas. La fragmentación global – con aranceles más altos y bloques aislados -podría reducir el comercio y el crecimiento global.
El impacto que hasta el momento ha tenido el TMEC no se limita a cifras de intercambio. La suma de las tres economías norteamericanas representa 30% de la producción mundial y solo el comercio de bienes dentro de la región sostiene millones de empleos. La integración de cadenas de suministro en ciertos sectores ha sido crucial. Un vehículo puede cruzar muchas veces las fronteras y los bienes contienen partes procedentes de donde es más eficiente producirlas conduciendo a mayor accesibilidad de los mismos. La interdependencia no es accidental, sino un producto de reglas, acuerdos y trabajo conjunto.
La trilateralidad tiene sentido estratégico si se quiere funcionar como bloque en el juego geopolítico. En ese sentido, la revisión que ya está en marcha debería de contener mucho más allá de lo comercial.
Pero sería ingenuo no reconocer que no estamos ahí. No es solo el proteccionismo del presidente de Estados Unidos, sino también su creencia de que puede extraer más del socio – sea quién sea—en una negociación cuando es uno a uno. La asimetría del poder le permitiría a Estados Unidos obtener más concesiones del potencial socio.
La realidad para México -y para Canadá, en todo caso- es que el socio relevante es el país de en medio.
En 2024, México exportó 512.710 millones de dólares a Estados Unidos e importó 261,4 millones de dólares. Entre enero y noviembre de 2025, las exportaciones aumentaron 6,8% respecto al mismo periodo de 2024. 83% de las exportaciones de México a Estados Unidos. En esos mismos meses, México importó 229,64 millones de dólares de Estados Unidos, casi 5% menos de lo importado durante el mismo periodo del año previo. Del total de las importaciones, 37,9% provienen de Estados Unidos. Es el principal país del que México importa. La segunda posición, concentrando casi 20% de las importaciones, la ocupa China.
La relación México y Canadá tiene otra proporción. En 2024, México exportó a Canadá 18,6 millones de dólares e importó 13 millones de dólares. Entre enero y noviembre de 2025 las exportaciones crecieron, en periodos comparables, 15,4% y las importaciones cayeron 4,32%. De todo lo que México exporta, lo enviado a Canadá represenra 3,35% y de lo que se importa, únicamente 1,9%.

¿Podría hacerse más para profundizar esa relación? Es probable, pero el alcance es limitado. Además, la relación podría intensificarse aún sin un acuerdo trilateral. Es por eso que cada vez toma más fuerza, aunque con probabilidades todavía acotadas, la conversación sobre acuerdos bilaterales.
Además, una política comercial conjunta crea palancas más fuertes para negociar con potencias como China o el bloque de la ASEAN. Un bloque trilateral fuerte puede exigir estándares laborales y ambientales más altos, atraer mayor inversión en tecnología avanzada, y coordinar estrategias industriales sin los vacíos que deja una negociación bilateral aislada entre México y uno solo de sus vecinos.
Más allá de los números: cohesión estratégica frente a tensiones externas
La relevancia de mantener un frente unido no es solo una cuestión de cantidades de comercio, sino de estabilidad frente a choques externos. Por ejemplo, durante olas de protección comercial en Estados Unidos, muchos productos canadienses y mexicanos siguieron entrando sin aranceles gracias a las disposiciones del T-MEC, amortiguando impactos adversos en las economías de los tres países.
¿Y si México pacta solo con EE UU y Canadá bilateralmente?
La idea de desmantelar el eje trilateral y reemplazarlo por acuerdos bilaterales —una posibilidad que ha surgido en discursos políticos recientes— parece seductora por su simplicidad, pero se topa con problemas estructurales.
En primer lugar, el peso asimétrico de EE UU frente a sus socios haría que México quedara en una posición negociadora más débil. En acuerdos bilaterales, la economía más grande —en este caso la estadounidense— tiende a imponer términos que maximicen sus ventajas, reduciendo el espacio para contrapesos conjuntos que sí existen en un marco tripartito equilibrado.
Esto es particularmente delicado para México, cuya economía depende enormemente del mercado estadounidense (alrededor del 80% de sus exportaciones totales), mientras que el comercio con Canadá —aunque menor— ofrece una diversificación no despreciable. En un escenario bilateral con EEUU, México perdería esa palanca relativa que le otorga la opción tripartita de equilibrar intereses, y Canadá, por su parte, vería reducida su capacidad de negociar ciertas condiciones sin la presión complementaria de México.
Por otra parte, acuerdos bilaterales no replican automáticamente los beneficios de las cadenas regionales integradas que nacen de un tratado único. La simplificación de reglas de origen, el acceso recíproco prioritario y el alineamiento de estándares laborales y ambientales, todos elementos diseñados para operar en conjunto, se diluirían sin un marco trilateral coordinado.

El peligro de la fragmentación: dónde ganan los asiáticos
Si México optara por estrechar relaciones bilaterales aisladas con Estados Unidos o Canadá, sin una visión global conjunta, estaría dejando un espacio estratégico para que economías asiáticas consoliden nichos de mercado en Norteamérica. China, Corea y los países del CPTPP no están esperando; ya han tejido redes de inversión y comercio que desafían la hegemonía manufacturera global. Fragmentar el norteamericanismo comercial solo facilita la entrada de competidores externos que no comparten los mismos estándares laborales, ambientales o de propiedad intelectual, debilitando la influencia global de Norteamérica.
Además, la diversificación regional —como la que permite un acuerdo trilateral robusto— actúa como un amortiguador frente a crisis globales, algo que no garantiza una serie de acuerdos bilaterales disgregados.
Conclusión: la suma de tres es más que la suma de dos
La evidencia empírica y las dinámicas geoeconómicas actuales convergen en un punto: un frente comercial trilateral sólido entre México, Estados Unidos y Canadá es la mejor herramienta para enfrentar los retos del comercio global en el futuro cercano. No solo porque ha demostrado su capacidad de crecer, integrar y atraer inversión, sino porque consolida un bloque competitivo frente a estructuras comerciales cohesivas en Asia. Fragmentarlo en acuerdos bilaterales a corta vista puede parecer conveniente, pero a mediano y largo plazo debilitaría la posición estratégica de México dentro de un mercado que necesita más coordinación, no menos.
México se encuentra en una encrucijada histórica: puede optar por la atomización de relaciones comerciales —un camino que favorece ganancias fragmentadas a corto plazo— o fortalecer un bloque norteamericano que proyecte estabilidad, crecimiento y competitividad frente a las fuerzas tectónicas del comercio global. La decisión, sin duda, tendrá repercusiones profundas en el rumbo económico del país para las próximas décadas.
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