El Estadio Azteca o el sacrilegio de ponerle patrocinador a Teotihuacan
Despierta, una vez más, el Coloso de Santa Úrsula, aún con algunas heridas y una nueva identidad


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Los mexicanos miden su grandeza en colosales construcciones. De Chichén Itzá a la Pirámide del Sol, México está plagado de grandes monumentos que lo sitúan como un destino mundial obligado para conocerlos. Ese talento milenario por erigir grandes templos se volvió un rasgo hereditario y prueba de ello fue la idea monumental del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, el padre del Estadio Azteca, quien vio nacer su proyecto en mayo de hace casi 60 años. Hoy, tras varias cirugías, encara la mayor prueba: estar al nivel de los estadios europeos.
El Azteca ha sido un sitio turístico y emblema mexicano gracias a las dos Copas del Mundo que albergó. En 1970 con la alegría de Brasil y en 1986 con la euforia de ver al futbolista que combinó una de las mayores trampas (o travesuras) del deporte y uno de los mejores goles de la historia en un mismo partido cortesía de Maradona. Ambos torneos hicieron que México fuese uno de los mejores anfitriones, no solo por la calidez de su gente, sino por la organización y el frenesí que se vivió en cada uno de sus estadios. El favorito fue el que emergió del barrio de Santa Úrsula, mismo que ahora, seis décadas después, defiende su territorio, su agua y su paz ante la gentrificación.
El Azteca fue señalado por los analistas del balón como la Catedral del fútbol. Y conforme pasaron los años, los campeonatos, las generaciones familiares, los goles y las lágrimas, el estadio ganó más fuelle, más historia y un aura que pocos estadios del mundo podrían compararse, quizás Wembley, Maracaná o el Santiago Bernabéu.
Esa melosa historia futbolera se topó con el fútbol más mercantilizado, el que usa cada espacio del campo para ser usado para promocionar una marca. A estas alturas a nadie sorprende decirle que el fútbol es un negocio. Lo que sí sorprendió fue que a menos de un año del Mundial de 2026 el nido del fútbol mundial fuera rebautizado de una forma dolorosa y artificial. El banco Banorte invirtió una fortuna para hacerse con el nombre del estadio propiedad de Televisa. Años de historia se derrumbaron ante esa decisión que fue un alivio para la empresa mediática, que pudo encontrar financiamiento para remodelar el estadio que se estrena este sábado (aunque no tenga estacionamiento todavía). El revés, sin embargo, fue el que el recinto no podrá tener un nombre comercial durante la Copa del Mundo, por lo que todos pensaban que el Azteca sería otra vez el Azteca, pero no. Se usó un nombre genérico y sin alma: Estadio Ciudad de México.
Los aficionados, rebeldes como ningunos, no le llaman Estadio Banorte. No es orgánico, ni natural. Ellos siguen refiriéndose al Azteca como siempre, con el nombre que hace referencia a una cultura sorprendente y guerrera. El Azteca tendrá cinco partidos en este Mundial, donde mayormente jugará la selección mexicana. La remodelación, la cuarta en su historia, ahora puso foco en cambiar el pasto para hacerlo híbrido, el cambio de butacas, de cromática y la instalación de miles de focos para montar espectáculos audiovisuales por la noche, aunque los grandes partidos mundialistas ocurrieron bajo la luz del día. El Azteca volverá a ser la casa de tres clubes de Primera División: América, Cruz Azul y Atlante.
La tendencia es que los estadios tengan ya nombres de marcas, como el Spotify Camp Nou o el Etihad Stadium del Manchester City. El que se haya cambiado el nombre del gran recinto mexicano es como si hubiesen renombrado la Pirámide del Sol como la Coca-Cola Pirámide del Sol o la Zona arqueológica Corona de Calakmul. Todo un sacrilegio.
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