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México y Estados Unidos estrechan la colaboración con una reunión de alto nivel dos días después de la caída del Mencho

La cita entre la plana mayor del Gabinete de Seguridad mexicano con el embajador Ronald Johnson y la zar antidrogas estadounidense escenifica los avances en la agenda bilateral

Ronald Johnson, Sara Carter, Ernestina Godoy, Ricardo Trevilla, Rosa Icela Rodríguez, Omar García Harfuch y funcionarios de Estados Unidos, en una reunión en Ciudad de México, en febrero de 2026. GOBIERNO DE MÉXICO

Dos días después de la caída del Mencho, el narco más buscado a ambos lados de la frontera, México y Estados Unidos han escenificado los avances en la colaboración bilateral con una reunión de alto nivel. Además de la presidenta, Claudia Sheinbaum, a Palacio Nacional asistieron este martes la plana mayor del Gabinete de Seguridad, incluyendo los titulares de la Marina y el Ejército, los secretarios de Seguridad y Gobernación, además de la Fiscal General. Por la parte estadounidense, el embajador Ronald Johnson y la zar antidrogas, Sara Carter. La muerte el domingo del jefe del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), el mayor golpe contra el crimen organizado en la historia reciente del país, supone también un espaldarazo a la posición de México en las delicadas negociaciones con la Administración de Donald Trump, que lleva unos meses amenazando incluso con una intervención en territorio mexicano para combatir a las mafias del narcotráfico.

Desde la caída del Mencho, se han sucedido las buenas palabras entre México y Estados Unidos. El domingo, el mismo día de la operación militar que acabó con la vida del narco, el Gobierno mexicano reconoció que la colaboración de las autoridades estadounidenses fue clave. La presidenta Claudia Sheinbaum ha incidido estos días en que el liderazgo lo ha llevado siempre la Secretaría de Defensa, alejando lo más posible cualquier hipótesis de una intervención estadounidense, aunque fuera de baja intensidad. Una retórica compartida por el embajador Ronald Johnson, que se ha referido a ambos países como “socios soberanos”. Menos diplomática suele ser la directora de la Oficina de Política Nacional para el Control de Drogas. Durante un recorrido el mes pasado por la frontera sur, Sara Carter mandó un mensaje en tono amenazante destinado a los carteles: “Sus días están contados”.

Tampoco ha bajado su tono habitual el presidente Trump. Durante su discurso del Estado de la Unión de este martes en el Capitolio, el mandatario se ha atribuido casi en solitario el crédito de la operación que acabó con El Mencho. “Hemos eliminado a uno de los más siniestros líderes de los carteles”. Además de repetir uno de sus mantras, que “grandes partes de México están controladas por sanguinarios carteles de la droga”.

El arranque del año ha sido convulso, marcado por la ofensiva de Estados Unidos en Latinoamérica. Un reciente documento de la Estrategia de Seguridad Nacional, firmado personalmente por el presidente Trump, desempolva explícitamente una vieja doctrina de finales del siglo XIX que justificaba el intervencionismo de EE UU sobre el resto del continente americano. En este contexto se produjo el ataque militar contra Caracas, que acabó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro; o la asfixia petrolera impuesta sobre Cuba, que ha obligado al Gobierno mexicano a detener sus envíos de crudo a la isla.

Bajo esa escalada de presión, agravada por la búsqueda de golpes de efecto ante la proximidad de las elecciones intermedias en Washington, la agenda bilateral entre ambos países se ha estrechado durante los últimos meses. La caída del Mencho, localizado gracias a las labores de inteligencia estadounidenses, es la cristalización de esa colaboración y el episodio de más envergadura. Pero México ha ido sumando más puntos con la tercera tanda de presos vinculados al crimen organizado enviados a cárceles estadounidenses (y ya van más de 100), o las capturas de objetivos prioritarios para las autoridades, en concreto del FBI. Por un lado, el canadiense Ryan Wedding, acusado de tráfico de drogas y varios homicidios en territorio estadounidense. Y por otro, un delincuente común que contaba con una ficha de búsqueda y orden de arresto con fines de extradición.

La buena relación del gabinete de seguridad mexicano con el estadounidense, particularmente con el FBI y el Comando Norte del Ejército, ha apuntalado estas operaciones. Mientras que en el plano militar, también se ha acelerado la cooperación. Hace dos semanas, el Senado aprobó la entrada de 19 militares estadounidenses al país para adiestrar a personal mexicano en operaciones especiales. La misma justificación dio la presidenta cuando a finales de enero, un avión militar aterrizó en el aeropuerto de Toluca. Sheinbaum explicó que se trató de un programa de capacitación para policías mexicanos dentro del marco de cooperación binacional y “regulado por el sistema de seguridad nacional”.

Cada uno de los movimientos, cada resultado en seguridad, cada captura, cada decomiso y desmantelamiento de laboratorios de droga, ha ido acompañado, además, de la metódica estrategia de comunicación con la que México busca destacar los logros, tanto en clave interna como de cara a la turbulenta relación bilateral. Sus comunicados insisten en “el trabajo coordinado en beneficio de ambas naciones, con pleno respeto a la soberanía y la integridad territorial”, o en que “la responsabilidad compartida continuará siendo el principio rector de esta colaboración”.

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