Sheinbaum reconoce que el uso de ‘fracking’ en México está “a discusión”
La presidenta informa de que un grupo de expertos evaluará si es factible generar más gas natural en el país partir de la fractura hidráulica

La reactivación de la extracción de gas natural a través del fracking o fracturación hidráulica en México está en evaluación. Como adelantó EL PAÍS, la presidenta Claudia Sheinbaum ha reconocido este miércoles la posibilidad de emplear esta polémica técnica para elevar la producción energética en el país y, así, dejar de depender de las importaciones de Estados Unidos. “Sí es un tema a discusión”, ha dicho sin mencionar directamente esta técnica. Al ser cuestionada por el fracking. México cuenta con yacimientos potenciales de gas natural, sin embargo su aprovechamiento requiere del empleo de la fracturación hidraúlica. Ese método ha generado un intenso debate, interno y externo, debido a que utiliza grandes cantidades de fluidos, aditivos y químicos.
Sheinbaum ha indicado que, en aras de alcanzar la soberanía energética, es necesario que un grupo de especialistas evalúe la viabilidad del fracking. La presidenta reconoció que México depende en un 75% de las importaciones de gas natural de Estados Unidos y, por ello, la pregunta central es cómo se fortalece la soberanía energética del país. En la evaluación de este tema controversial, la mandataria echará mano de un equipo de especialistas: “Un grupo de trabajo de expertos que vea si es factible el gas no convencional con reciclaje de agua, con el uso de otros químicos que no tengan los impactos ambientales que tenga la fractura hidráulica. Todo el gas que importamos de Texas viene de la fractura hidráulica. Pero está en estudio todo esto”, dijo.
La frase marca un viraje de 180 grados en un Gobierno que heredó de la llamada Cuarta Transformación una postura pública de rechazo a esa técnica. Durante años, el fracking fue presentado como el emblema del extractivismo neoliberal: alto consumo de agua, riesgo de contaminación de acuíferos, sismos inducidos. Un tabú político en el discurso oficial.
Ahora, el matiz. No se trata —dice la presidenta— de replicar sin más el modelo estadounidense, sino de explorar si existe una vía “con reciclaje de agua” y “otros químicos” que mitiguen el impacto ambiental. La apuesta se coloca en el terreno de la ciencia y la viabilidad técnica, no en la consigna.
El contexto aprieta. México importa cerca del 75% del gas natural que consume, y casi todo proviene de Texas, donde la revolución del shale convirtió al Estado en potencia energética gracias, precisamente, a la fractura hidráulica. La paradoja es evidente: el país rechaza en casa lo que compra afuera. La autosuficiencia energética proclamada en discursos tropieza con la dependencia estructural del gas texano. La presidenta no habló de permisos ni de reformas legales. Habló de expertos. Pero en política energética, el lenguaje importa. La sola posibilidad de estudiar el gas no convencional con técnicas “mejoradas” envía una señal a la industria y a los mercados: el dogma puede revisarse.
La apertura llega, además, en un momento de tensión presupuestaria y presión sobre Petróleos Mexicanos, que arrastra una deuda histórica y enfrenta el declive natural de los yacimientos convencionales. El gas shale, concentrado en el norte del país, ha sido durante años una promesa suspendida. Activarlo implicaría inversión, regulación ambiental robusta y, sobre todo, un costo político frente a las bases que hicieron del “no al fracking” una bandera.
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