Atrocidades en la venta de perros: tinte para imitar razas o alambres incrustados para enrollar la cola
La ley reconoce a los animales como seres sintientes y castiga su maltrato, pero la realidad es que la compraventa de perros de raza y “exóticos” está sostenida por prácticas abusivas ante las peticiones de los compradores de unas especies o apariencias específicas

Achira llegó a casa de María a través de una compra en Mercado Libre que anunciaba “Cachorros Welsh Corgi blanco/naranja en $6.000″. Tras contactar al vendedor, recibir fotografías vía WhatsApp y acordar la compra, pactó su entrega en una estación del Metro de Ciudad de México. Al llegar, se encontró con un perro visiblemente distinto al de las imágenes; aun así decidió adquirirlo. María, que prefiere no identificarse por miedo a las críticas, llevó a su nuevo cachorro al veterinario y allí comprobó que Achira, como cientos de perros comercializados en marketplaces, había sido modificada estéticamente para simular la apariencia de esa raza.
Su historia es apenas una pieza dentro de un engranaje más amplio: la comercialización de los perros como mercancía, modificados para responder a la moda o al capricho de quienes quieren una especie concreta.
Brownie, que pasó a ser Canela y terminó llamándose Arena, una perrita bichón maltés atendida, fue pintada para pasara por un maltipoo marrón. O Anastacia, quien pasó mes y medio hospitalizada. Tenía quemaduras en la piel, daño ocular casi irreversible y una sensibilidad extrema al tacto. Había sido decolorada con peróxido para venderla como una raza que no era. Su historia no ocurrió en un criadero clandestino oculto en el campo, sino en el Mercado de Sonora, uno de los más conocidos de Ciudad de México. Estos casos se repiten con distintos nombres, razas y colores, pero bajo un mismo patrón. Perros pintados, decolorados, con orejas o colas mutiladas, ofrecidos como razas que no son y vendidos a través de mercados, redes sociales y plataformas digitales. La promesa suele ser la misma: un cachorro “exótico”, “de moda” y a bajo costo. El resultado, en muchos casos, es el maltrato animal, el fraude al comprador y, eventualmente, el abandono.
De acuerdo con el veterinario Alejandro Antares, de la clínica Círculo Azul, estas prácticas generan daños físicos y emocionales severos. Las decoloraciones, explica, se realizan con productos no aptos para animales, como peróxido, lo que provoca quemaduras, cambios en el pH de la piel, intoxicaciones y, en casos extremos, ceguera. A ello se suman las mentiras sobre la edad de los cachorros, que suelen venderse con semanas de vida pese a anunciarse como perros de tres meses, una irregularidad detectable a través del desarrollo de la dentadura.
Desde 2016, el corte de orejas y cola está prohibido en México. Aun así, continúa realizándose de manera clandestina. “No es estética, es maltrato”, advierte Antares. A esto se suma la proliferación de las llamadas razas nuevas o exóticas, muchas de ellas sin registro en la Federación Canófila Mexicana y producto de cruces genéticos y consanguíneos que duplican o triplican la probabilidad de enfermedades cardiacas y problemas de crecimiento. Las modificaciones no siempre son visibles desde el exterior. En algunos casos, el daño ocurre debajo de la piel, lejos de la vista del comprador.
Jacobo tampoco quiere dar su apellido porque sabe que es un tema sensible. Descubrió una atrocidad en el cachorro que compró a través de internet, tras contactar a un criadero ubicado en Puebla mediante grupos especializados de Shiba Inu. La compra no fue improvisada: acudieron personalmente por el perro y, en apariencia, todo parecía estar bien. Sin embargo, desde los primeros días el animal mostraba un comportamiento inusual. Dormía en exceso y permanecía apagado. “Pensábamos que era porque estaba bebé”, relata.
Al ver que su estado no mejoraba, decidieron llevarlo al veterinario. En una primera revisión no se detectó ninguna anomalía evidente, por lo que el médico optó por realizar una radiografía: al cachorro le habían introducido un alambre en la cola para forzar a que se enroscara, una característica altamente valorada dentro del estándar estético de la raza. Ese alambre le estaba provocando una reacción alérgica y afectaciones en su salud general.
El perro tuvo que ser intervenido quirúrgicamente para retirar el objeto. Tras la operación, su estado mejoró por completo. “Cuando reclamamos al criadero, jamás nos dieron la cara”, cuenta Jacobo. El contacto se cortó por completo, una constante que se repite en muchos de estos casos: una vez concretada la venta, los responsables desaparecen.
La demanda de estas razas no responde al bienestar animal, sino al estatus. Perros blancos, pequeños, de colores inusuales o con rasgos “adorables” concentran la atención del mercado. La lógica es simple: mientras más rara la apariencia, mayor el precio. En ese proceso, los animales se convierten en objetos intercambiables, sujetos a la moda y al consumo.
Cuando la novedad se agota, el destino suele ser el abandono. En México, un país con altos niveles de maltrato y abandono de perros y gatos que ha intentado frenar estos casos con regulación, los refugios operan al límite. La asociación Adopta un Ángel, con seis años de trabajo y más de 3.300 adopciones, enfrenta una realidad compleja: seis de cada diez perros adoptados son regresados. Los motivos suelen ser conductas normales como orinar en el piso, morder objetos o subirse a la cama.
La organización clasifica a los perros según su “adoptabilidad”. Cachorros, de raza y perros pequeños son los más solicitados; los grandes, ancianos, negros o mestizos son los últimos en encontrar hogar. Los huskys, una de las especies más populares en redes sociales, encabezan la lista de abandono en el país. Diciembre concentra la compra impulsiva; febrero y marzo, el abandono.
En los casos más extremos, la falta de control institucional agrava el problema. En Chimalhuacán, Estado de México, vecinos denunciaron a un acumulador que mantenía a más de 40 perros en condiciones de hacinamiento al punto de que algunos se atacaban entre sí. El abandono institucional, coinciden rescatistas, es tan grave como el social.
Desde el ámbito legal, el diagnóstico es claro: existen leyes, pero no instrumentos para aplicarlas. Marisol Taboada, abogada y fundadora de Mundo Woof, señala que la venta de animales es competencia municipal, pero la venta informal no se vigila. Las modificaciones estéticas pueden constituir faltas administrativas y delitos, pero la falta de reglamentos y homologación entre Estados impide sanciones efectivas. Mientras no haya normas claras, tampoco se puede exigir responsabilidad a las plataformas digitales donde se comercializan animales.
Sofía Morin, abogada y activista, advierte que el maltrato no se limita a la apariencia. La creación de nuevas razas por capricho humano, explica, también constituye una forma de violencia animal. En otros países, estas prácticas están prohibidas. En México, aunque los animales ya son reconocidos constitucionalmente como seres sintientes, la protección sigue siendo limitada en la práctica.
El 11 de diciembre, durante la conferencia matutina de Claudia Sheinbaum, se anunció el avance de una nueva Ley de Bienestar Animal y PETA Latino reconoció a la presidenta por impulsar reformas constitucionales en la materia. Sin embargo, asociaciones y especialistas coinciden en que el reto no está en el discurso, sino en la ejecución. Sin reglamentos, supervisión ni recursos, la ley queda en el papel.
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