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La familia de la guardia nacional hallada muerta en Acapulco descarta que se suicidara

Dalila Acosta, de 28 años, es la segunda víctima en tres meses dentro del destacamento militar del Estado de Guerrero

Dalila Acosta Medina quería ser desde muy pequeña policía o militar o cualquier cosa que le permitiera acabar con la injusticia. Era, según ha contado su familia, la persona más humana, solidaria y alegre que conocían. Intentó varias veces entrar a la Guardia Nacional hasta que lo consiguió, hace apenas tres años. Sin embargo, ya trabajando como agente de carreteras, en la sede de ese cuerpo militar en Acapulco, Guerrero, Acosta Medina comentó en varias ocasiones a sus hermanas que ya no se sentía a gusto y que estaba considerando darse de baja por cuestiones de acoso, sin especificar nada más.

La madrugada del 6 de enero, el cuerpo de la mujer, de 28 años de edad, fue encontrado en el estacionamiento de su destacamento, en Acapulco, con un tiro en el rostro, vestida de civil y con una arma y su teléfono móvil a un lado. Las autoridades locales comenzaron a investigar el hecho como un suicidio, sin embargo, la familia asegura tener evidencias de que el relato oficial es contradictorio, deficiente y revictimizante, al querer culpar a Dalila Medina de algo que, aseguran, es un asesinato.

Este periódico ha consultado con la oficina de prensa de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), de quien depende la Guardia Nacional, solicitando detalles sobre el caso: “Hasta el momento no contamos con ninguna información al respecto”, dijeron mediante un mensaje.

La familia de Dalila Acosta recibió la noticia por la madrugada del pasado martes. En la comunicación que las autoridades tuvieron con ellos, se les dijo que se había disparado ella misma con una arma. Pese a que es una instalación militar y que existen varias cámaras de vigilancia, esa madrugada ninguno de los aparatos estaba funcionando. “Eran inservibles”, según declararon algunos testigos.

La imagen que ha circulado del cuerpo de Dalila Acosta la muestra cubierta por una manta azul, justo entre dos patrullas de la corporación, con una mano extendida. Al fondo la oficina de la entrada aparece con las luces encendidas y una puerta abierta que no está a más de cien metros de distancia. Para María Guadalupe y Eréndira Acosta, dos de las hermanas de la guardia, la escena parece muy forzada, incluso medida y cuidadosamente preparada. “No tenemos todavía el reporte pericial de las autoridades, pero sí tenemos esa misma foto sin censura, donde nosotros, sin ser profesionales, creemos que todo está arreglado. Desde la posición del cuerpo y de su arma”, aseguran.

De acuerdo con el relato de sus familiares, originarios como ella del municipio de Zumpahuacán, en el Estado de México —a poco más de 310 kilómetros de distancia de Acapulco, Guerrero— la madre de Dalila Acosta llegó a recibir el cuerpo al Estado de Guerrero cerca de las 10.00 horas de ese mismo martes. Solo la dejaron ver el cuerpo de su hija a través de un cristal y durante un tiempo de aproximadamente 30 segundos, “no más”, aseguran.

El cuerpo estaba totalmente desnudo y después de sacarlas de la habitación, esperaron el día entero hasta aproximadamente las 0.30 horas del miércoles, cuando finalmente les fue entregado. “Lo que yo quiero es que la muerte de mi hermana no quede impune, y que la gente no esté pensando que mi hermana hizo lo que se cuenta [quitarse la vida]. Nosotros tomamos la decisión de que revisaran el cuerpo de mi hermana y tenemos evidencia y testigos de cómo es que no solo tenía un tiro en la cara. A mi hermana le falta un diente —que es ilógico que solo un diente se le cayera con la detonación con un impacto tan fuerte—, tiene signos de golpes y de maltrato en todo el cuerpo, tiene una huella de una bota marcada en el cuerpo, marcas en la espalda de lo que parece ser un cinturón, rasguños en la cara y en la pelvis. Y en la parte de la cabeza, de atrás, tiene una herida muy grande”, aseguran.

Inconsistencias: golpes, rasguños y dos celulares desaparecidos

Hace unos seis meses que Acosta Medina comentó esporádicamente y sin detalles a su familia que dentro de su corporación había “mucho acoso laboral”. Parte de esa inconformidad la llevó a comenzar a estudiar la carrera de Derecho, en la que ya llevaba un semestre. A través de mensajes en el grupo familiar, Acosta Medina compartía sus calificaciones y su entusiasmo por cursar una nueva carrera. Aspiraba a convertirse quizá en policía estatal y tenía entusiasmo por su futuro.

Incluso, sus hermanas recuerdan cuando les contó sobre el caso de Stephany Carmona Rojas, la joven mujer integrante de la Guardia Nacional, de 19 años, que fue asesinada dentro del 51 Batallón de ese cuerpo militar, también en Acapulco, el 14 de octubre pasado. Las autoridades dijeron inicialmente que se trataba de un accidente ocurrido durante una práctica de tiro. Después, se supo que el sargento Yair Manuel N, le disparó en dos ocasiones y más tarde se dio a la fuga. El sargento fue detenido el pasado 18 de octubre.

Como en el caso de Acosta Medina, la investigación sobre la muerte de Stephany Carmona Rojas, originaria de Ajalpan, en el Estado de Puebla, no cuenta con respaldo de video: “Las cámaras del batallón 51 no tenían luz, por lo mismo no tienen videos. Y en un inicio manejaron la versión de un accidente cuando realmente se le privó de la vida”, dijo el abogado de la familia, Pedro Jorge Guerrero. “A mi hija la mataron, no fue accidente. Se las entregué en perfectas condiciones y me la devolvieron muerta”, declaró a medios de comunicación la madre de Carmona, María Fernanda Rojas.

Eréndira Acosta asegura: “Mi hermana nos llegó a contar sobre ese caso. Me platicó incluso que por esas razones también ella ya se quería salir, que porque la cosa estaba delicada adentro”.

Entre todas las inconsistencias que han relatado los familiares de Acosta Medina, están, además de las muestras físicas de violencia en su cuerpo, el hecho de que solo uno de los dos teléfonos móviles que usaba para comunicarse fue encontrado a un lado de su cadáver. Inclusive, una de sus hermanas le mandó un mensaje que no fue leído sino hasta después de su muerte. “Están borrando la información, porque el mensaje ya no estaba. Quiero pensar que tal vez el teléfono del que ella nos hablaba fue el que desaparecieron y dejaron el que tal vez a las personas o la persona que cometió el delito no le beneficiaba, y solo fue el que colocaron ahí, porque un teléfono de ella está desaparecido” aseguran.

Dado que Acosta Medina vestía de civil y que no estaba en funciones en el momento de su muerte, su familia se cuestiona sobre el uso de su arma. “Los elementos [de la Guardia Nacional] trajeron a mi hermana, pero no la fueron a enterrar al panteón porque dijeron que ella no estaba trabajando, que no estaba de guardia. Entonces, ¿si ella no estaba trabajando por qué tenía su arma en la mano, si hay una persona encargada del resguardo de las armas?”, se cuestionan.

La tarde de este jueves, en medio de una multitudinaria procesión en el poblado de Zumpahuacán, Dalila Acosta Medina fue enterrada. Su cuerpo, en un ataúd de color blanco con flores rosas, fue depositado en la tierra del panteón municipal. Al grito de ¡Justicia! Y, de fondo, una banda que tocó sus canciones favoritas hasta el final.

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Sobre la firma

Erika Rosete
Es periodista de la edición mexicana de EL PAÍS.
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