Por qué conocer a la pareja de tu hijo adolescente es buena idea
A pesar del vértigo que suele provocar la primera relación afectiva de un hijo, poner rostro a su pareja puede fortalecer el vínculo familiar y abrir nuevas vías de comunicación en una etapa clave de su crecimiento emocional


Frases como “Mamá, estoy saliendo con alguien” o “Papá, tengo novia” pueden provocar un huracán en la vida familiar. Que los hijos inicien una vida afectiva independiente suele suscitar dudas e inquietudes en los padres, sentimientos que se resumen en “una mezcla de miedo, incomodidad y negación”, según Sandra Gómez Marrupe, psicóloga especializada en adolescencia. “Para muchos padres, ese paso implica aceptar que su hijo está creciendo, que ya existe una intimidad emocional fuera de casa y que ellos dejan de ser el centro”, apunta la también fundadora de Talento Adolescente, proyecto para orientar, potenciar el desarrollo personal y mejorar la autoestima de jóvenes durante sus cambios cerebrales.
Los progenitores no suelen estar preparados para el primer noviazgo, menos aún si se tiene en cuenta que la edad media de la primera relación afectiva es de poco más de 13 años, según el estudio La situación de la violencia contra las mujeres en la adolescencia en España de 2020 del Ministerio de Igualdad. Es más habitual que se centren en cuestiones como los estudios o el uso de las pantallas que en el mundo afectivo de los hijos y, cuando llega el momento, no siempre saben cómo afrontarlo. De hecho, es frecuente llegar tarde a la conversación, es decir, cuando la relación ya existe. “Al igual que sucede con otros aspectos de la adolescencia, las primeras relaciones sentimentales despiertan muchas preocupaciones en los padres: la sexualidad, el sufrimiento emocional o el temor a que se vea afectado el rendimiento académico y la relación familiar”, indica Gemma Ortiz, psicóloga sanitaria experta en adolescencia en GOG Psicología. Para la también formadora de la Universidad CEU San Pablo, algunos padres encuentran tan difícil gestionar este tipo de situaciones que directamente tienden a negarlas o a evitarlas.
A pesar de las reticencias, las ventajas de conocer a la pareja son mayores que los inconvenientes. “En primer lugar, facilita la comunicación con el hijo, que percibirá que puede hacer a sus padres partícipes de esa parte de su vida y que la aceptan”, explica Natalia Ortega, psicóloga sanitaria en Activa Psicología. Ortiz apunta que, además, “se genera mayor conexión y vínculo con el adolescente; es una forma de decirle: ‘Si es importante para ti, también lo es para nosotros’, y puede propiciar que compartan más información sobre sí mismos”, algo que no siempre es fácil de conseguir en una etapa en el que la comunicación con los padres suele sufrir frecuentes cortocircuitos.
Ponerle rostro y voz a la persona con la que sale el adolescente tiene otra ventaja nada desdeñable para Ortega: “Permite observar dinámicas relacionales (cómo se tratan, cómo se comunican) que pueden ser relevantes para detectar posibles situaciones de malestar”. La también autora del libro Mariposas de cristal (Editorial Sar Alejandría, 2019) recuerda “que están viviendo una etapa de alta sensibilidad emocional y de construcción de su identidad, en la que las primeras experiencias afectivas pueden influir en su autoestima, los modelos de apego y la forma de vincularse en relaciones futuras”. Así lo corrobora el estudio Competencia romántica y habilidades de cortejo: del primer impulso romántico a la gestión de la reciprocidad (2025), elaborado por el Laboratorio de Estudios sobre Convivencia y Prevención de la Violencia (LAECOVI) de la Universidad de Córdoba, según el cual, durante la adolescencia se entrenan las relaciones sentimentales y se adquieren competencias conforme se van sumando años y experiencias. Es decir, “se puede aprender a construir parejas y a hacerlo de forma satisfactoria”.
Una vez que se ha decidido dar el paso de conocerles, hay que prepararse y pensar que no se trata de fiscalizar, sino de acompañar, para no provocar en los hijos la actitud contraria a la que se pretende conseguir. “Si los padres convierten ese acercamiento en un examen, una invasión o una forma encubierta de control, el adolescente puede cerrarse más y sentir que su intimidad no se respeta”, sostiene Gómez, quien sugiere mantener una actitud que sea “una mezcla de respeto, naturalidad y criterio”. “No hacer como si no existieran, pero tampoco darles un estatus casi adulto que no les corresponde”, agrega. “Lo ideal es tratarlos como si fuesen un amigo importante para ellos; conviene recibirlos bien, sin burlas ni interrogatorios, pero sin perder el papel de padre o madre”, añade. Es decir, según esta psicóloga, que tengan presente que sigue habiendo normas en casa, incluso si esas normas crean conflictos entre padres y adolescentes.

Preguntas como “¿Se puede quedar a dormir en casa?”, “¿Podemos cerrar la puerta de la habitación si estamos solos?” o “¿Puede venir de vacaciones con nosotros?” suelen ser las culpables de esos conflictos, para los que conviene estar preparados. “La clave es que los padres estén de acuerdo y lo hayan hablado antes entre ellos para responder siempre en equipo y transmitir la misma idea”, puntualiza Ortiz. Además, hay más posibilidades de eludir el conflicto si se explican los motivos y no se imponen, al tiempo que se les da espacio a los jóvenes para opinar, según señala. “Hay que escuchar su punto de vista, aunque luego la decisión adulta se mantenga. Los adolescentes toleran mejor los límites cuando perciben respeto y escucha. Lo que peor llevan no es el límite en sí, sino no ser tenidos en cuenta”, afirma Gómez.
Existe una dificultad añadida: no hay límites universales que sirvan para todas las familias, por lo que siempre pueden surgir comparaciones con otros padres, más o menos permisivos. “No hay una norma universal para todas las casas, pero sí una idea útil: intimidad no es ausencia de límites. Se puede respetar su vínculo y, a la vez, decidir si se permite que vengan a casa, estén solos en la habitación o duerman juntos. Lo importante es que esas decisiones no nazcan del miedo o de la improvisación, sino de valores claros, edad, madurez y responsabilidad. Un límite pensado y explicado educa mucho más que uno autoritario o cambiante”, asegura Gómez, para quien es clave que “los límites se pongan donde la familia pueda sostenerlos con coherencia, calma y sentido educativo”.
Finalmente, hay que estar preparados para acompañarles ante una posible ruptura, validando sus emociones —muy intensas en la adolescencia— y sin minimizar su dolor. “En el fondo, el objetivo es ayudarles a construir una forma más consciente y sana de vincularse”, resume Gómez. Para esta experta, no importa si esa relación es la definitiva, sino que esté aprendiendo a relacionarse mejor: “Cuanto mejor acompañemos, más posibilidades habrá de que cuiden a sus futuras parejas o de que establezcan límites”. Y es contundente: “No podemos olvidar que acompañar en el amor y el afecto forma parte de la crianza”.


























































