Muere el ministro de Defensa de Malí en la ofensiva de grupos rebeldes y yihadistas
Las milicias tuareg estrechan el cerco a la estratégica Kidal, con una fuerte presencia de mercenarios rusos en el bando del ejército maliense


Las consecuencias de la ofensiva insurgente que este sábado sacudió Malí siguen conociéndose con cuentagotas, pero de manera constante. Este domingo se ha confirmado la muerte del ministro de Defensa, Sadio Camara, en el ataque a su residencia de Kati, cerca de la capital, Bamako. La información, adelantada por medios internacionales, también ha sido contrastada por este periódico y figura en un comunicado emitido, presuntamente, por el Gobierno del general Assimi Goïta, en el poder desde que dio un golpe de Estado en 2021.
Un día después de la ofensiva coordinada lanzada por los rebeldes tuareg y grupos yihadistas en varios puntos de Malí, entre ellos Bamako, los combates continúan en Kidal, ciudad estratégica en el centro del país y bastión de los tuareg implicados en la ofensiva. El ejército maliense asegura controlar gran parte de la ciudad, que posee una fuerte carga simbólica en el conflicto del norte porque encarna la disputa histórica entre el Estado maliense y los grupos insurgentes. Aunque ha estado bajo el control relativo de la Junta desde que la tomaron hace tres años con ayuda de los mercenarios rusos del Grupo Wagner, su dominio nunca ha estado plenamente consolidado.
La operación, que se han atribuido el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM), vinculado a Al Qaeda, y a facciones rebeldes tuareg del Frente de Liberación del Azawad (FLA), constituye uno de los ataques coordinados más graves en el país en los últimos años. El balance final de muertos y heridos sigue sin estar claro. Las Fuerzas Armadas se han limitado a dar un saldo de 16 heridos en un comunicado, pero se presumen numerosas bajas.
Naciones Unidas ha pedido una respuesta internacional frente a la violencia y el terrorismo. “El secretario general está profundamente preocupado por las informaciones sobre ataques en varios puntos de Malí. Condena firmemente estos actos de violencia”, ha indicado un portavoz de la ONU en la red social X. La Unión Africana, la Unión Europea y numerosos países han mostrado su condena en las últimas horas.
También se han registrado enfrentamientos en Kati, al norte de la capital y sede de una de las principales bases militares. Testigos citados por Reuters afirman haber escuchado disparos durante la mañana del domingo, pese a que el ejército sostiene haber “recuperado el control” de la zona.
En Bamako la situación se mantiene tranquila. Las autoridades han impuesto un toque de queda nocturno, de nueve de la noche a seis de la mañana hasta el lunes, pero durante el día la población se mueve con aparente normalidad. El aeropuerto internacional, escenario de combates en la jornada anterior, ha reabierto tras permanecer cerrado y bajo vigilancia aérea de fuerzas rusas del denominado Africa Corps, que apoyan a la junta militar en sustitución del Grupo Wagner.
La situación más alarmante es la de Kidal, donde se han producido enfrentamientos entre combatientes tuareg y rusos. Según el portavoz del FLA, Mohamed Elmaouloud Ramadane, ambas partes están cerca de alcanzar un acuerdo para la retirada de los mercenarios rusos.
En un mensaje difundido en redes sociales, Ramadane aseguró que se ha pactado garantizar una retirada segura. “Los pocos francotiradores rusos que estaban atrincherados en los edificios de Kidal han sido evacuados y escoltados por las fuerzas del FLA hacia el antiguo campamento de la Minusma [la misión de paz de Naciones Unidas disuelta en 2023], donde deben reunirse con el resto de sus compañeros de cara a su retirada definitiva”, ha difundido en sus redes sociales.
Más de una década de violencia
Malí arrastra más de una década de violencia insurgente y una profunda inestabilidad institucional, factores que han facilitado la persistencia de este tipo de ofensivas coordinadas en distintas regiones del país, aunque una como esta no se veía desde 2012. Ese año, los tuareg del norte iniciaron una rebelión a la que se sumaron, por motivos distintos, grupos yihadistas como el JNIM, cuyo objetivo es tomar el control territorial y político del país e imponer su agenda ideológica, basada en el islamismo más estricto.
Las distintas ofensivas militares, incluidas varias impulsadas por Francia y otros socios internacionales, no han dado fruto y el país permanece sumido en la inestabilidad.
La debilidad institucional se ha visto agravada por sucesivos golpes de Estado; el último, el del general Goïta en 2021. La junta militar ha roto alianzas con sus socios occidentales, especialmente Francia, y se ha acercado a Rusia y a países vecinos también gobernados por el ejército, como Níger y Burkina Faso. Este nuevo equilibrio de poder no ha supuesto una mejora para Malí, donde la inseguridad y la pobreza siguen siendo elevadas.
Los grupos yihadistas, como el JNIM, han sabido capitalizar el descontento popular y las tensiones locales para sumar adeptos a su causa. Su capacidad de coordinar ataques simultáneos como los de este fin de semana demuestra hasta qué punto existe una implantación territorial y operativa que contradice las narrativas oficiales sobre los avances militares.
La presencia de mercenarios rusos tampoco ha ayudado a resolver la larga crisis, sino que ha añadido complejidad al conflicto. Los miembros de Africa Corps y, antes, del Grupo Wagner, han sido acusados por organizaciones internacionales de distintas violaciones de derechos humanos, pero la verificación independiente de estas denuncias y el seguimiento de la situación sobre el terreno es prácticamente imposible.


























































