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¿Cómo afecta a tu hijo que le compares con otros niños? Baja autoestima, rivalidad o frustración

Los padres deben crear un espacio seguro donde sus hijos no se sientan juzgados desde la competitividad insana con hermanos o amigos, aceptando su individualidad y ritmo de evolución

La única comparación que puede resultar saludable para un niño, porque favorece su desarrollo, es consigo mismo.Scandistock (Getty Images)

Las comparaciones son odiosas. Y en el caso de los niños, que tienen menos herramientas de gestión emocional que un adulto, les pueden generar frustración y afectar a su autoestima. Lo que en principio puede ser una estrategia de los padres para animar a sus hijos a mejorar se puede convertir en un freno que les genere malestar si no se plantea de la manera adecuada. “Puede parecer inocente, incluso motivador, pero la comparación normalmente tiene el efecto contrario, porque el mensaje que recibe el niño es que le falta algo y no vale lo suficiente”, explica Belén Robles, psicóloga infantil-juvenil de Afectiva, escuela de desarrollo emocional.

Equiparar a un menor con otro puede crear una competitividad insana con familiares, como hermanos y primos, o con amigos. “Se sienten en la obligación de cumplir expectativas que les pueden resultar inalcanzables y se genera mucha rivalidad, además de baja autoestima y vergüenza al no sentirse valorados como el otro, lo que debilita los vínculos”, asegura Robles. “Es importante respetar la individualidad del niño y su propio ritmo para centrarse en su evolución y esfuerzo sin tener siempre un referente al que imitar, a la vez que destacar sus alternativas para conseguirlo, como poner el foco en los logros y mejoras de los hijos”, agrega. De esta manera, sostiene la psicóloga, se genera confianza y motivación interna al sentirse valorado por sí mismo.

Según Robles, los padres tienden a comparar a sus hijos porque repiten el patrón con el que ellos fueron educados: “Recordar cómo nos hacían sentir de niños las comparaciones es una forma de ayudar a revisar modelos heredados que generan malestar y a no perpetuarlos con los hijos”.

“La educación suele estar muy en la comparativa y el juicio constante, y los padres caen de forma automática en la costumbre de utilizarla como herramienta para conseguir resultados rápidos con los hijos, a través de mensajes como: ‘Mira cómo lo hace tu primo”, asegura también la psicóloga familiar Diana González. La única comparación que puede resultar saludable para un niño, porque favorece su desarrollo, es consigo mismo. “El planteamiento adecuado es desde cómo se está acercando a lo que le hace sentir bien, como forma de superación. Y se le puede ayudar con reflexiones como: ‘¿Te acuerdas de que antes te costaba mucho y ahora lo haces con mucha facilidad?’. De esta forma, se consigue que tenga una sensación real de progreso y empoderamiento”, detalla.

Si los padres tienden a comparar a los hermanos trasladan a los hijos ese modelo de comportamiento. “Conviene predicar con el ejemplo al no equiparar los resultados escolares, elegir la no competencia y la colaboración y poner el foco en el proceso, el esfuerzo personal o el aprendizaje y no tanto en el resultado”, añade González. “Lo más probable es que de fuera provengan mensajes contradictorios y se promueva la comparación y el juicio, pero si en casa se aporta un espacio de seguridad eso se va a amortiguar, porque ya hay unos pilares establecidos”, afirma la especialista.

Para Robles, los niños pueden tender a compararse de forma espontánea, aunque en casa no se haga, porque lo aprenden de otras interacciones que se producen fuera del ámbito familiar: “Conviene validar la emoción que le provoque la situación, sin reforzarla, y darle mensajes como: ‘Entiendo que te gustaría hacerlo tan rápido como otro compañero, pero cada uno tiene su ritmo’. También hay que destacar las habilidades y fortalezas para que comprenda que cada persona tiene sus propias destrezas”, aconseja esta experta.

Enseñar a los niños que no pueden controlarlo todo les ayuda a reducir la tendencia a compararse. “Conviene que aprendan desde pequeños que hay cosas que pueden conseguir con su esfuerzo y otras que escapan a su dominio, como los resultados académicos de los demás o las habilidades artísticas de un amigo”, retoma González. “Se trata de ver a los demás como aliados, por ejemplo a la hora de trabajar en equipo en el colegio para obtener mejores resultados, y que cada uno aporte lo que mejor se le da”, explica la especialista.

Pero, ¿a qué edad comienzan los niños a compararse con otros? Según González, a los 7 años, que es cuando empiezan a tener una mayor conciencia social y a fijarse en cómo actúa su entorno. “Lo importante es que construyan su autoimagen desde sus propias cualidades sin que se genere malestar al ver cómo son otras personas y los resultados que obtienen”, aclara la psicóloga, a la vez que señala cómo viven los adolescentes la situación: “Toma más importancia porque adquieren más relevancia las relaciones sociales y cómo son percibidos por sus iguales, por lo que los padres tendrán que volver a hacer hincapié en aspectos como el respeto de la individualidad y el camino o ritmo únicos de cada persona”. González advierte que el cerebro en esta etapa se vuelve hipersensible a la aceptación social porque los chicos tienen que enfrentarse no solo a la comparativa con compañeros de clase, “sino también a la de personas en internet con filtros y con la capacidad de contar lo que quieren”, por lo que se debe tener un cuidado especial con cómo se perciben los jóvenes con respecto a terceros.

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