Mi hijo tiene altas capacidades, ¿qué debo saber?
Este diagnóstico implica mucho más que ser más inteligente o aprender más rápido que la media. La detección precoz, el sostén emocional en la familia y la adaptación educativa en el colegio son fundamentales para ayudar a estos niños

Ser madre o padre va ligado al deseo de ofrecer lo mejor a los hijos, unido al miedo a que sufran o a no saber ayudarles a ser felices. Temores que son intrínsecos a la paternidad, pero que se ven incrementados cuando un diagnóstico de altas capacidades (AACC) llega a la familia. Sin embargo, hasta tener esa confirmación, las familias recorren un largo camino en el que la sospecha de que algo es diferente está ahí casi desde el principio, por eso tampoco es extraño que el diagnóstico se reciba como una liberación.
“Una vez finalizó el proceso de evaluación, el resultado llegó como un alivio: saber que tenía altas capacidades nos ayudó a poner sentido. Nos permitió comprender mejor a nuestra hija, identificar su perfil y trabajar en los desafíos que no sabíamos gestionar”, explica Beatriz Belinchón, madre de una niña con AACC y con un máster universitario en talento y autismo por la Universidad de La Rioja. Ella reconoce que la sospecha derivó de una suma de señales que observaron desde que su hija era muy pequeña: “Su mirada analítica, su capacidad de observar y de registrar cada espacio, su gran memoria, un vocabulario poco habitual para su edad, un ritmo de aprendizaje muy ágil y autónomo… una forma de mirar el mundo muy profunda y con mucha intensidad”, detalla.
Cuando se habla de AACC, según informa Belinchón, el foco suele ponerse en las habilidades intelectuales y el aspecto emocional se deja de lado, cuando es fundamental: “No era solo que nuestra hija aprendiera rápido, sino cómo sentía, cómo preguntaba, cómo se implicaba emocionalmente en lo que vivía. Había una madurez en algunos aspectos y, al mismo tiempo, una gran vulnerabilidad en otros”. La Asociación Española para Superdotados y con Talento (AEST) señala que el término alta capacidad ha evolucionado desde los primeros estudios que lo asociaban a alto rendimiento académico y, más tarde, a un elevado cociente intelectual, hasta la definición actual como un potencial a desarrollar. En esta misma línea, Olga Carmona, experta en psicopatología infantoadolescente y diagnóstico de niños, adolescentes y adultos con AACC, matiza la diferencia: “Todo superdotado tiene AACC, pero no todas las personas con AACC son superdotadas”.
Según los últimos datos del Ministerio de Educación y Formación Profesional, en el curso 2023-2024 había 58.540 alumnos con AACC en las enseñanzas no universitarias. Pero la realidad es que las cifras oficiales registradas son muy inferiores a las estimaciones teóricas debido a que la mayoría de los casos no se detectan ni se identifican.
Para identificar a un niño con AACC hay que observar un conjunto de características, junto con una evaluación psicológica especializada. Además, tal y como apunta Carmona, la observación en casa es fundamental: “Muy pocos casos son detectados por los centros educativos. En nuestra experiencia, en el 95% de los casos son los padres, principalmente la madre. El proceso debe incluir pruebas estandarizadas de capacidad intelectual, aptitudes, creatividad y perfil emocional. También estilo de aprendizaje y del desarrollo evolutivo”. El abanico de características que suelen presentar es amplio y diverso; pero pueden apuntarse rasgos comunes, como que aprenden rápido y profundizan con facilidad, sienten gran curiosidad y hacen preguntas complejas para su edad. Además, muchos tienen un pensamiento lógico o creativo muy avanzado, muestran una alta sensibilidad emocional y sentido de la justicia, tienen intereses intensos o muy específicos y, a veces, puede haber un desajuste con iguales o desmotivación escolar.
De hecho, Carmona insta a no caer en el error de creer que tener altas capacidades implica necesariamente buen rendimiento y resultados académicos excelentes: “Cada menor con talento es diferente y no todos sacan buenas notas ni destacan. Por eso, una identificación adecuada tiene que ir más allá del rendimiento académico”.
Un desarrollo con fases desafiantes
A las familias les suele preocupar la evolución de la alta capacidad. Carmona sostiene que la clave está en detectarla y acompañarla a tiempo: “Cuando hay detección precoz y una adecuación educativa el menor puede desarrollar su potencial de forma equilibrada, aumenta la motivación, el bienestar y la autoestima. Cuando no se acompaña, suele aparecer aburrimiento, desmotivación o bajo rendimiento, surgen dificultades emocionales y, a largo plazo, pueden aparecer trastornos como ansiedad, depresión, ira o baja autoestima”.

Para esta experta también es importante conocer que las personas con AACC pasan por diferentes fases desde la infancia y, aunque se suele señalar la adolescencia como una etapa especialmente intensa, la fase más difícil para muchas familias es la que coincide con el desconocimiento de la condición de su hijo o hija: “Cuando las AACC no están identificadas, los padres viven una etapa de mucho desgaste, probando estrategias que no funcionan, interpretando conductas como desobediencia, inmadurez o falta de esfuerzo y con la duda constante de en qué se están equivocando”.
Acompañar en casa y en el colegio
Para Belinchón es clave entender que no todo se resuelve desde la razón o la inteligencia: “Acompañar una mente muy brillante implica, muchas veces, sostener emociones intensas, miedos profundos y una gran autoexigencia”.
Para acompañar el desarrollo de estos niños, casa y colegio deben ir de la mano. “La familia acompaña desde lo emocional: comprensión, límites claros, escucha y validación. La adaptación escolar es la base legal y pedagógica”, explica Carmona. El papel de la familia es vital y el apoyo se sostiene en dos pilares clave: “Observar, escuchar y tomar en serio las señales. Confiar en la intuición familiar y pedir una valoración adecuada. El otro pilar es tomar decisiones alineadas con el bienestar del hijo, priorizando el equilibrio emocional, ajustando expectativas y respetando su forma de ser”.
La adaptación educativa en el colegio está regulada por ley, según informa Carmona. “No es un favor ni un privilegio”, prosigue, “es un derecho educativo”. “Sin estas medidas, muchos niños con AACC acaban aburridos, desmotivados o invisibilizados, derivando demasiadas veces en fracaso escolar”, incide. Sin embargo, en los centros escolares queda mucho por hacer. “Todavía no hay una respuesta educativa real que permita desarrollar su potencial de forma óptima, aunque la evolución es buena. En el colegio, el reto está en ofrecer estímulos, sin sobrecargar”, considera Belinchón.
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