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Acné en la adolescencia: qué ocurre realmente en la piel y cómo tratarlo de la mejor manera

Los expertos coinciden en que tener granos no es solo una cuestión estética, sino un proceso inflamatorio complejo en el que influyen hormonas, genética, hábitos… Los errores más comunes pueden dejar huella y afectar a la autoestima en una etapa especialmente compleja

Existe la idea de que la piel grasa no necesita hidratarse, pero si no se hidrata, la piel produce más sebo como mecanismo de defensa.apomares (Getty Images)

Durante la adolescencia, el cuerpo cambia. Y la piel —como órgano especialmente sensible a las transformaciones hormonales— se convierte en uno de los primeros escenarios donde esas modificaciones se hacen visibles. El acné, lejos de ser un simple problema estético, es una de las afecciones dermatológicas más frecuentes en esta etapa y también una de las más malentendidas. Para muchos adolescentes comienza de forma leve, con puntos negros o pequeños granos, pero puede evolucionar hacia formas inflamatorias que afectan no solo al rostro, sino también a la espalda o el pecho. En paralelo, el impacto emocional no es menor: inseguridad, frustración o incluso retraimiento social forman parte de la experiencia de muchos jóvenes.

“Existe la idea de que el acné es simplemente grasa, pero es bastante más complejo”, explica Montserrat Fernández-Guarino, dermatóloga en el Hospital Ramón y Cajal. “En realidad, se trata de un proceso inflamatorio que afecta al folículo pilosebáceo —la estructura donde se produce el sebo— y que responde a varios factores que confluyen, especialmente en la adolescencia". Fernández-Guarino señala que el detonante principal es hormonal y que, durante esta etapa, el aumento fisiológico de los andrógenos estimula las glándulas sebáceas, lo que incrementa la producción de sebo. Pero no es solo eso. Según explica, el acné es un proceso inflamatorio vinculado a los cambios hormonales y a la predisposición genética, cuya evolución puede verse influida por factores como el estrés o determinados hábitos.

Los errores que lo empeoran (y se repiten)

Si hay algo en lo que coinciden los especialistas es en que el problema no suele ser la falta de información, sino cómo se utiliza. Y ahí aparecen errores muy frecuentes. “El primero es manipular las lesiones”, advierte Fernández-Guarino. Apretar, rascar o intentar eliminar granos no solo aumenta la inflamación, sino que eleva de forma clara el riesgo de cicatrices. A esto se suma el uso de productos demasiado agresivos, con la idea de secar la piel. “Eso irrita, altera la barrera cutánea y, en muchos casos, empeora el problema”, alerta.

También es habitual la falta de constancia. Muchos adolescentes —y sus familias— cambian de tratamiento con rapidez, influenciados por recomendaciones externas o expectativas poco realistas. “La piel necesita tiempo”, subraya la dermatóloga. “Y eso es algo que cuesta aceptar”. Desde la farmacia, esa misma realidad se repite. Teresa Bueno, farmacéutica, observa a diario cómo las rutinas se complican innecesariamente. “Uno de los errores más frecuentes es utilizar demasiados productos a la vez, influenciados por lo que ven en redes sociales”, explica. “Se mezclan activos potentes sin conocimiento, se sobreexfolia la piel y se acaba irritando”. En ese contexto, la recomendación es clara: simplificar. “Una rutina básica, bien hecha y constante, funciona mejor que una rutina compleja”, resume. Marta Masí, también farmacéutica, insiste en esa idea de equilibrio. “Más no es mejor”, afirma. “Combinar activos sin control puede dañar la piel y empeorar el acné”. En adolescentes, lo recomendable es avanzar paso a paso, observar la respuesta y ajustar: “La mejoría no es inmediata. Suele empezar a notarse entre las cuatro y ocho semanas. Cambiar de producto constantemente es una de las principales razones por las que los tratamientos fracasan”.

Esa rutina, según los expertos, no necesita ser sofisticada. Por la mañana, se basa en una limpieza suave, un tratamiento equilibrante —con activos como la niacinamida o el ácido salicílico—, hidratación y protección solar. Por la noche, limpieza —doble si hay maquillaje o fotoprotector—, tratamiento y, de nuevo, hidratación.

Puede parecer sencillo, pero ahí reside precisamente la dificultad: mantener la constancia. Uno de los puntos donde más persisten los mitos es la hidratación. “Existe la idea de que la piel grasa no necesita hidratarse, y es justo al contrario”, explica Bueno. “Si no se hidrata, la piel produce más sebo como mecanismo de defensa”, agrega. El resultado: mayor brillo, mayor obstrucción y, en muchos casos, más brotes. “Además, una piel bien hidratada tolera mejor los tratamientos habituales del acné, como los retinoides o los ácidos, y responde mejor a ellos”, señala la experta.

En cuanto a los activos, hay cierto consenso. “El ácido salicílico ayuda a desobstruir el poro”, propone Bueno, “la niacinamida regula la producción de grasa y reduce la inflamación; el peróxido de benzoilo es eficaz en el acné inflamatorio. Pero todos deben introducirse de forma progresiva y adaptarse a la tolerancia de cada piel”.

No es solo estética

Más allá de los aspectos clínicos, el acné tiene una dimensión emocional que no siempre se aborda. En una etapa marcada por la construcción de la identidad y la imagen personal, las lesiones visibles pueden afectar de forma significativa a la autoestima.

Por eso, los especialistas insisten en la importancia de no minimizar el problema ni retrasar su abordaje. “Cuando hay lesiones inflamatorias importantes, nódulos o tendencia a cicatrizar, es fundamental consultar”, advierte Fernández-Guarino: “En esos casos, el objetivo ya no es solo tratar el acné, sino prevenir secuelas permanentes”. Ese enfoque cambia la perspectiva del problema: no se trata únicamente de mejorar el aspecto de la piel, sino de evitar consecuencias a largo plazo.

En paralelo, hay otro elemento clave que suele pasarse por alto: el fotoprotector. “No es opcional, es parte del tratamiento”, subraya Masí. La exposición solar, especialmente en pieles tratadas con ácidos o retinoides, puede empeorar las marcas y aumentar la sensibilidad. La clave, como en todo, está en elegir un producto que el adolescente esté dispuesto a usar: ligero, no comedogénico y agradable.

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