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Cómo evitar que viajar con los hijos sea una fuente de estrés para niños y adultos

Una escapada en familia saludable es aquella en la que se deja espacio para descansar, improvisar, jugar y en la que el adulto está presente emocionalmente

Viajar con niños

Viajar en familia se ha convertido en uno de los ideales contemporáneos de la crianza. Nunca ha sido tan fácil moverse, cruzar países, enlazar vuelos o improvisar escapadas de fin de semana. Lo que para padres y abuelos resultaba excepcional, hoy forma parte de la normalidad. Esa facilidad ha ampliado horizontes y ha regalado a muchas familias experiencias valiosas. Pero también ha introducido una tensión de la que se habla poco: cuando lo extraordinario se vuelve obligatorio deja de ser libertad y empieza a parecerse a una exigencia.

La psicóloga Carmen Durang invita a mirar este fenómeno con cierta distancia. “Viajar con hijos puede ser un regalo, pero también una trampa si se confunde movimiento con convivencia”, explica. En su experiencia clínica, uno de los errores más frecuentes es reproducir en el viaje el mismo nivel de estrés que se intenta dejar atrás. “Puntualidad, aeropuertos, prisas, itinerarios cerrados, el ‘hemos pagado esto y hay que verlo’. El adulto está físicamente con sus hijos, pero mentalmente atrapado en la logística. Y el niño lo percibe”, añade.

Desde esa perspectiva, subraya que los menores no recuerdan destinos ni monumentos, sino climas emocionales: “No se acuerdan de cuántos lugares visitaron, sino si hubo presencia, juego, disponibilidad emocional. Si el viaje se llena de tensión, lo que debía unir puede desgastar”. No porque viajar sea negativo, insiste, sino porque se ha confundido la experiencia compartida con la acumulación de planes.

Más allá del estrés puntual, Durang señala un fenómeno más profundo: la presión cultural asociada al viaje. “Vivimos en un contexto en el que parece que ‘vales menos’ si no viajas. Eso acaba colándose también en la crianza”, afirma. Cuando cada fin de semana o cada periodo vacacional exige “hacer algo grande”, el mensaje implícito puede ser inquietante: lo cotidiano no basta. “La vida ya es suficientemente intensa, imprevisible y llena de aprendizajes”, explica. Educar a un niño también consiste en enseñarle a apreciar la realidad en lo sencillo: el hogar, la conversación, el estar juntos sin necesidad de escenarios extraordinarios. “Si siempre hay que salir, moverse o consumir experiencias, se siembra una inquietud que no se calma con más planes”.

De ahí surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿de quién es realmente la necesidad de viajar? “A veces, es una exploración compartida; otras, una válvula de escape del adulto”, apunta Durang. Reconocerlo no invalida el viaje, pero sí permite ordenarlo: “Un viaje saludable es aquel que deja espacio para perderse, descansar, improvisar y no aprovechar cada minuto. Solo funciona si el adulto está de verdad ahí”.

Recuerdos que no se compran

“No hace falta irse a Bali ni tener cuenta en Instagram. A los niños les da igual cuántas estrellas tenía el hotel”, afirma el psicólogo Luis Miguel Real. Lo importante, desde su punto de vista, es la experiencia emocional compartida. “Los recuerdos de la infancia no se almacenan como hechos exactos, sino como emociones asociadas, y muchas de esas emociones tienen que ver con sentirse acompañado, mirado y tenido en cuenta”, prosigue Real. “Cuando una familia viaja, aunque sea cerca, se rompe la rutina y se crean contextos nuevos donde aparecen conversaciones, juegos y formas de estar juntos que en el día a día no siempre son posibles".

En consulta, según cuenta Real, los recuerdos que los adultos evocan con más cariño rara vez están ligados a grandes viajes: “Hablan de tardes en bicicleta, de viajes en coche cantando, de perderse buscando un sitio. Ninguno de esos recuerdos cuesta mucho dinero. Todos implican presencia”. Por eso insiste en desterrar la idea de la infancia perfecta basada en experiencias extraordinarias: “No se trata de crear momentos inolvidables, estilo parque temático, sino de sumar momentos. Pequeñas vivencias que el cerebro del niño guarda como señales de seguridad, afecto y pertenencia”.

Real subraya que viajar, además, no implica necesariamente grandes desplazamientos. Una casa rural, un camping cercano o el pueblo de los abuelos pueden cumplir la misma función emocional: “Cuando viajamos, incluso a 30 kilómetros de casa, se interrumpe el piloto automático. Comer en otro sitio, dormir en otra cama, compartir tiempo sin prisas. Eso es oro”. También es, añade, una forma de educar: “Viajar enseña a adaptarse, improvisar, tolerar el aburrimiento y convivir en espacios distintos”. “Si se gestiona bien, es una pequeña escuela de vida. Si se gestiona mal, es una fuente de estrés y reproches”.

Uno de los temores habituales de los padres es la sensación de tener que “entretener” constantemente a los hijos durante el viaje. Para Real, ahí está el error. “No se trata de entretener, sino de compartir tiempo. A veces aburrirse juntos, mirar las nubes o explorar sin plan. A los niños les encanta. Lo que no soportan es un adulto que está físicamente presente, pero emocionalmente ausente”.

Durang introduce otro matiz: el equilibrio. No existe una edad correcta para viajar, pero sí el riesgo de saturar la infancia y la adolescencia de experiencias diseñadas desde fuera. “Si todo está organizado, pautado y decidido, se corre el riesgo de que la motivación propia no aparezca”, advierte. Especialmente en la adolescencia, explorar por deseo interno es clave para el desarrollo personal. “Viajar, como vivir, no consiste en llegar a un lugar y obtener algo por haber estado allí”, resume. El valor está en lo que aporta, en lo que se aprende de uno mismo, del hijo y de la relación. “Viajar con hijos funciona cuando se entiende como una oportunidad para estar más presentes y menos ocupados en nosotros mismos como adultos”, incide Real. El gran viaje no siempre está en un mapa: “A menudo está en acompañar a un hijo a conocerse, a tolerar la realidad y a descubrir el mundo —y su mundo interior— con alguien disponible al lado. Eso no lo garantiza ningún destino, pero puede aparecer en cualquier trayecto compartido".

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