Nipobrasileños, la íntima relación entre dos culturas en las antípodas
Brasil es la patria de la mayor comunidad de descendientes de japoneses en el extranjero


La empresaria Andrea Terumi Nakagaito, de 50 años, camina con paso ligero por Liberdade, un barrio de São Paulo donde ancianas encorvadas de ojos rasgados eligen con mimo las verduras, triunfan el sushi y los palillos, las tabernas más genuinas guardan la botella de sake del cliente hasta próxima visita, y, al alzar la vista, aparece un gigantesco mural del monte Fuji. ¡Bienvenidos al rincón más japonés de Brasil! Tres de los cuatro abuelos de Terumi Nakagaito llegaron desde el imperio del sol naciente a principios del siglo XX. Arribaban gracias a programas de emigración organizada, la mayoría a trabajar en las fincas de café del interior de São Paulo, aunque algunos fueron enviados incluso a colonizar remotos rincones de la Amazonia.
Los nipobrasileños —descendientes de pioneros pobrísimos que embarcaban hacia lo desconocido con el sueño de prosperar— componen la mayor comunidad japonesa en el extranjero. Suman entre uno y dos millones de brasileños, según las fuentes. Ellos personifican la íntima relación histórica entre dos culturas en las antípodas. El carácter expansivo, la timidez extrema; el bullicio de la samba, la calma de la caligrafía.

Abolida la esclavitud en 1888, Brasil se asomó al mundo en busca de mano de obra para continuar construyendo un país en un territorio continental. De paso, las autoridades brasileñas intentaron blanquear la población, en sintonía con la falsa ciencia racista de aquella época.
Por décadas, la comunidad japonesa fue extremadamente cerrada, la más enigmática entre los recién llegados. La derrota de Japón en la II Guerra Mundial supuso un cambio sísmico. Dinamitó cualquier sueño de regresar y, en su patria adoptiva, multiplicó la desconfianza. Durante la contienda, las autoridades los encerraron en campos de internamiento (con italianos y alemanes).
Tras la capitulación de Tokio, un episodio de película desgarró la comunidad nipobrasileña. Una organización de fanáticos nacionalistas, Shindo Renmei, asesinó a una veintena de compatriotas por traidores, porque reconocían la victoria de los aliados. Prohibidos los periódicos japoneses en Brasil, la banda recurrió a la violencia dentro de una campaña masiva de desinformación para hacer creer a los suyos que Japón era vencedora, no la vencida.
Miles de nipobrasileños hicieron en los noventa el camino inverso. Emigraron a Japón, que vio en ellos mano de obra barata que contaminaría menos que otros foráneos su preciada cultura. Terumi Nakagaito, y su familia se instalaron en Toyota. “Allí, si no abría la boca, era japonesa. Pero, al hablar, era evidente que soy brasileña”, explicaba una mañana reciente frente a la parada de metro Japão-Liberdade. De su larga etapa japonesa, añora la seguridad, la calidad de la educación y el nivel de vida. Pero también recuerda momentos amargos: “Los más antiguos nos consideraban traidores porque creían que nuestros abuelos habían huido de la guerra”.

Muchos entre los nipobrasileños se han sentido en un limbo entre universos dispares. Incomprendidos. Demasiado japoneses en su patria y demasiado brasileños en la de sus antepasados.
Solo a partir de los setenta siguieron los pasos de las otras grandes comunidades de inmigrantes —portugueses, italianos, españoles, alemanes…— y empezaron a mezclarse con paisanos de otras culturas. Por el camino, buena parte de ellos prosperó. En dos generaciones dieron un gran salto de clase social. Lo ilustra bien la familia de la señora Ivonne Kawano, de 74 años, que se detiene lo justo porque ha quedado a comer con su hijo y llega tarde. Es médico, una profesión muy habitual entre los nipobrasileños paulistas. Su madre regentó un salón de belleza. Y sus abuelos, como tantos, se ganaron la vida de jornaleros en el café.
Los pasaportes brasileños son de los más cotizados en el mercado ilegal porque cualquiera tiene aspecto de brasileño, incluso Kim Jong-un, el dictador norcoreano. Cuando estudiaba en un colegio para niños bien en Suiza y era un chaval entregado al basket, Kim viajaba con un pasaporte de Brasil obtenido por medios fraudulentos. Junto a su foto real, una falsa identidad: Josef Pwag, nacido en São Paulo en 1983, camuflado como un nipobrasileño, compatriota de Pelé y de Gisele Bündchen.
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