La ley del frigorífico busca dignidad para los californianos
Alrededor de 15 millones de personas viven de alquiler en el Estado, pero hasta este 1 de enero sus casas no estaban obligadas a tener algo esencial: una nevera


Enero siempre aterriza con novedades: buenos propósitos, matrículas de gimnasio, nuevas dietas y cambios legales. Si en España la llegada de la célebre famosa baliza V16 ha estado en las conversaciones, en la lejana California, más que de lucecitas, se habla de neveras. Los frigoríficos son el centro de la charla porque, desde el pasado día 1, es obligatorio que todas las casas de alquiler cuenten con uno de ellos. Porque sí, en la quinta economía del mundo muchas, muchísimas casas, llegaban a sus ocupantes sin un lugar donde guardar la leche. Y en este país, donde casi toda es fresca, la nevera es obligatoria.
Parece cosa de otra época o de otro lugar del planeta, pero no. Unos 15 millones de californianos viven de alquiler, pero en ciudades como San Francisco o Los Ángeles, encontrar un lugar donde vivir es todo un peregrinaje. Que levante la mano quien no haya visto cucarachas, piscinas con tanto moho que no se ve el fondo, pisos a los que da entre miedo y asco entrar sin mascarilla y, por supuesto, habitáculos sin nevera. No están solo en el extrarradio o en zonas deprimidas: en West Hollywood (el Hollywood más guay, digamos), Santa Mónica o Beverly Hills también ocurre. Es decir, en apartamentos que cuestan ya una media de 2.700 dólares al mes, según el principal portal inmobiliario del país, Zillow. Y quien quiera cuatro habitaciones, que calcule en dejarse 5.000 dólares al mes.
En California, la mayoría de las casas se alquilan vacías, apenas con los muebles de la cocina, un plato de ducha y un inodoro; muchas de ellas no cuentan ni con tomas de luz o interruptores para poner bombillas en el techo. Pero esa primera vez en la que uno llega a ver una casa sin refrigerador y pregunta: “¿Y entonces qué hago?“ Para obtener por respuesta un simple y seco: ”Pues tendrá que comprarla". Causa una impresión imborrable.
Y eso por unos 3.000 dólares al mes. Pero es que muchas de esas viviendas exigen una mensualidad extra como entrada, además de una cierta inversión por amueblarlas, al menos con una cama y cuatro platos. Eso hace que, de media, haya que contar con, pongamos, 7.000 dólares para empezar. ¿Y sumarle otros 500 o 1.000 del frigorífico? ¿Para luego llevarlo arrastrando a otra casa o a otra ciudad? Imposible para la mayoría, pese a que algunos propietarios de viviendas de alquiler —muchos, grandes empresas que poseen edificios y calles enteras— no estén de acuerdo.
Estos propietarios han pedido ayudas e incentivos fiscales, tachando la medida como “un reto financiero, administrativo y legal”, tachando de “riesgo legal” el hecho de que alguien tenga donde enfriar su comida.
El horno, por cierto, tampoco era obligatorio. Hasta ahora. Ha sido Tina McKinnor, mujer, demócrata, negra y miembro de la asamblea de California por el condado de Los Ángeles, quien se ha plantado para lograr esa llamada ley AB 628. “Un horno y un frigorífico que funcionen no son lujos, son necesidades de la vida actual”, ha afirmado, alto y claro. “California provee a sus residentes de un lugar más seguro, asequible y digno al que llamar hogar”.
McKinnor no solo ha conseguido eso: también dos leyes más. Una para proteger a las familias víctimas de los fuegos de California que perdieron sus casas hace un año ante los especuladores inmobiliarios (“especialmente por familias de los barrios negros históricos de Altadena”, ha reconocido) y otra por el derecho de los trabajadores de California a organizarse en asambleas y sindicatos. De nuevo, en la quinta economía del mundo.
Dignidad para quien alquila pedía McKinnor, simplemente. Dignidad para el segundo Estado, tras Nueva York, donde más gente alquila, un 44% (la media nacional es del 35%). Dignidad para los millones de personas que sufren para llegar a pagar por un techo (un millón de rentistas van retrasados en su mensualidad), y para las que es imposible comprar: jóvenes, en su mayoría, y muchos de ellos negros, latinos y sin título universitario, según el Instituto de Políticas Públicas de California. Pese a que un tercio de quienes alquilan ganan más de 100.000 dólares, ese dinero es insuficiente para pagar una hipoteca: hay que ingresar más del doble para poder comprar. Hoy día, el dinero muchas veces no permite un alquiler. Algunas, ni siquiera un frigorífico.
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